Nos mirábamos. Y yo, una vez más, había de salir de mi asombro perpetuo y repetirme: «Cuándo me convenceré de que si un adulto se distingue por el uso que hace de su razón, ellos no…». En ocasiones como ésta era él quien acudía en mi ayuda:
– Debes comprender también que nos sobraba Román.
Se adivinaba, incluso, un asomo de reto en su tono.
– No me lo jure -decía yo-. Ustedes están construidos a prueba de rayos.
– Cristina nos favoreció con ese regalo tranquilizador. No lo necesitábamos, ni siquiera era justo que se lo agradeciéramos, pero nos lo entregó, lo tuvimos.
– Y ella, ¿lo necesitaba?
– Hubo un momento, un día, la tarde de aquel día, en que sí, lo necesitó, pero el bache pasó pronto. Se trató de un mero decaimiento. Se encontraría, de pronto, desnuda ante sí misma y se asustó. Si entonces vino a la puerta de la escuela a solicitar un perdón fue porque el camuflaje de Román se le reveló vano. En realidad, no se había dispuesto para ella.
– Me cuesta creer que me esté hablando en serio.
– ¿En serio?
– Usted me está contando una situación de cuento de hadas.
– ¿De cuento de hadas?
– ¿Por qué repite mis palabras si ni siquiera le asombran?
Don Manuel añadió pacientemente:
– No necesitamos de ningún camuflaje y nos indigna que alguien piense que lo necesitamos. Si prolongo el juego es únicamente por ti, por vosotros.
– Entonces, si el juego con Román no se montó para ella, ¿para quién se montó?
– Nadie lo montó, nadie lo necesitó, surgió por sí solo. Nadie lo necesitó, excepto vosotros. Para que os tranquilicéis pensando que nuestro orgullo tiene fisuras.
Todo hace suponer que Román tardó menos de un año en dominar las interioridades de las empresas de su suegra y en que los otros socios asumieran al que desvirtuaba el espíritu que animaba todo el tinglado. Me imagino que Cristina hubo de mostrar cierta firmeza -quizá le bastara la naturalidad- para vencer la resistencia del grupo a la presencia del maketo; resistencia que no se expresaría en palabras, ni siquiera en gestos o actitudes. Se trataba de la misma firmeza -o naturalidad- que hubo de emplear antes contra ella misma, al sentirse huérfana de apoyo masculino y fijar su atención en el único pariente aprovechable y luego decidir elegirlo. Era la segunda intrusión de Román en el reducto sagrado. La primera fue su forzado matrimonio con Fabiola tras el escándalo de la pareja sorprendida durmiendo en la ermita del Ángel.
De modo que únicamente Román. Decía don Manueclass="underline" «Por suerte para ella, Cristina no podía pensar, le rodeaban tantos destrozos que sólo la movía el instinto de supervivencia». Si hubiera sido una mujer con sentido del humor, habría soltado la carcajada al anunciarle a su yerno: «Mañana iremos y te presentaré a todos», y, transcurrida aquella noche sin una sola de las carcajadas que se merecía el momento, realizaron juntos el primer viaje en el birlocho.
Ya que no su sentido del humor, Cristina pondría en juego toda su entereza y toda la carga de digno y contenido dramatismo. El sarcasmo perdió una buena oportunidad de suavizar lo irremediable, y fue ella quien salió perdiendo, pues agarró en crudo y con ambas manos su propia decisión y se encararía -don Manuel se negaba a sustituir esta expresión por otra más consoladora para él y para mí. «¿Acaso no demostró valor enfrentándose a lo que tenía toda la apariencia de un suicidio?», protestaba- a su pariente y le diría: «No sólo te he tratado siempre con respeto sino que he llegado a quererte, y me enorgullezco de ello. Hoy necesito que tomes a tu cargo, como hombre, una de las dos mitades de esta familia que no tiene hombre».
Pero ahora su problema era más amplio, desbordaba el mero ámbito familiar para alcanzar abstracciones tales como patria, destino e identidad de un pueblo, raza y cosas así. Estoy hablando de la especie de caballo de Troya que iba a introducir en aquel proyecto salvador de empresas vascas con amos vascos y obreros vascos, en el que a Román no le asignaba un irresponsable puesto de obrero sino de director, de ejecutor, de amo. Era la apoteosis del sarcasmo. «Pero no debemos verlo como derrota sino como rectificación. No habría dado ese paso sin la experiencia que le precedió, la forzada convivencia con ese hombre, que derivó en presencia soportable y acabó en buen entendimiento. Rectificación que le honra. El siguiente paso ya fue más fácil», decía don Manuel. Y si yo le apuntaba que el análisis del segundo protagonismo de Román no debía ser liquidado de manera tan simple, que lo que allí se hallaba en juego era nada menos que la reconquista del poder económico del país, es decir, del poder, y que Cristina no vaciló en echar mano de lo que fuera, incluso de lo más despreciado hasta entonces, él replicaba: «No le quedaba otra opción, y lo prueba que aquello tuviera un aire de suicidio». «Más bien, simulacro de suicidio», decía yo. «Un simulacro montado para impresionar a creyentes como usted, porque ni ella ni sus cosas corrían ningún riesgo. No le resultó cómodo, admito que temblaría su mala conciencia, pero lo hizo, como hizo lo otro. Ambos actos pertenecían a la misma desesperación. No pierda usted la esperanza de verla cualquier tarde, por segunda vez, a la puerta de la escuela. Lo hizo y basta. Se alió con el diablo, se sirvió de él.» «Ya no era diablo, comían a la misma mesa, se entendían.» «No fue decisión suya el meterlo en su hogar, pero sí lo fue el convertirlo en profanador de aquella guerra santa. ¿No ve la diferencia? ¿O es que aquella guerra no era tan santa?» Y lo mismo el grupo de industriales protovascos pretendiendo convencerse y convencer a los demás de que iban a traer una industrialización distinta, sólo porque sería vasca, en la línea de la fe que otorga diferenciación a cuanto toca: la vieja aristocracia del país estremeciéndose ante la pérdida de sus privilegios, su hegemonía política y moral, su papel de centinelas de la tradición, altos valores todos ellos dependientes de algo tan inicuo como el poder del dinero; la mentalidad rural de los míticos jauntxos precipitándose a tapar aquel agujero por el que se colaba la modernidad de los nuevos bárbaros, aquellos hombres del hierro -como decía don Manuel que decían los Baskardo de Sugarkea- a quienes los hombres de la madera sólo podrían vencer si se convertían, a su vez, en hombres del hierro, con todas sus consecuencias. Cristina llegó hasta ellos conduciendo a su yerno de la mano. El grupo miraría al intruso de arriba abajo en el gran despacho de noble roble con paredes tachonadas de pinturas y fotografías de hornos altos, escenas mineras y barcos de la Vasca de Navegación. «¿Román Pérez de Angulema? ¿Pérez ha dicho?», silbarían. «Es mi yerno», diría Cristina. «¡Oh, sí!», volverían a silbar ellos. Sabrían desde el primer momento que lo acabarían aceptando. Entonces lo hacían por Cristina, mañana, quizá, Cristina lo haría por ellos. Bueno, y aquel Pérez era de su familia. «Con todo», pensarían, «ojalá no existiera, ¡maldita sea!, ojalá a Cristina no se le hubiera ocurrido sacarlo de Getxo. No fue lo pactado. Lo pactado fue sin salirse de nuestra gente. Aunque, ¡maldita sea!, ¿cuándo dejaremos de ser aldeanos para ser realistas? Tampoco fue lo pactado que Cristina siguiera metiendo las narices como el primer día, pues ni uno solo de nosotros dejó de creer que regresaría a su cocina en cuanto su idea estuviera en marcha (la idea fue suya, nadie le quitará eso; quizá lo único que hizo fue adelantarse a lo que los demás pensábamos hacer de un momento a otro, pero fue la primera en hablar, de ello no hay duda, aunque no vamos a levantarle una estatua por ello; puestos a decirlo todo, era esperable que fuera la primera en soltar su lengua, tratándose de una mujer, y en esto sí que nos llevaba ventaja), en vez de andar refiteleando a nuestro alrededor, sin faltar a un solo consejo y, ¡maldita sea!, sentándose siempre en el sillón de la presidencia y paseando su mirada de etxekoandre industrial, financiera, naviera y demás por todos nosotros como si fuera una maestra vigilando que sus alumnos no se metan los dedos en las narices. Y sostenemos entre nosotros que una etxekoandre nunca podrá ser una capitana de empresa como es debido. Sería terrible, ¡maldita sea!, que quedara en la gran historia que entre los hombres elegidos por Dios para salvar a los vascos había metida una mujer.»