Lo hicieron, también. Se revistieron de las mismas maldiciones que atribuían al enemigo y cerraron los ojos para cometer el mismo estropicio. Como cualquier bárbaro, caminaron por la ruta de la destrucción de la vieja herencia recibida y sus nombres -vascos, todo lo vascos que era ya posible- serían entronizados al advenimiento de la apoteosis de la Edad del Hierro. Su coartada fue la mayor de las coartadas: el propio sentimiento convertido en fe, golpes de pecho al ritmo de la respiración de los altos hornos para advertir al resto de los creyentes que lo que veían no era otro exceso de otros bárbaros -ellos- sino la guerra santa en defensa de la fe en la patria común. «Nosotros lo guisaremos y nosotros nos lo comeremos», dijeron. «Todo quedará en casa. Nada cambiará, todo seguirá igual. Lo que veis no es lo que veis. Nosotros no somos ellos.» En las fiestas patronales de las aldeas viajaban hasta las plazas disfrazados con kaikus y abarkas y bailaban a lo suelto al son del txistu y el tamboril y alternaban con las gentes sencillas, apostaban en las pruebas de bueyes y en la pelota, empapándose de lo rural hasta la otra fiesta. «Nuestro pueblo es inmortal», se consolaban. Lo hicieron, pues, también, y a mí me corresponde gritar por don Manuel, por si él ni siquiera a escondidas lo ha gritado nunca: ¡Malditos seáis! ¡Malditos! ¡Malditos!
De momento, parte del pueblo se entregó a la ilusión de la variante en las apuestas que representaba la aparición de el Roto en el birlocho, sentado junto a su suegra; la otra parte, es decir, las mujeres, fueron al grano, como siempre, se enzarzaron en conjeturas a media voz y pusieron en marcha los rumores. Porque no era lo mismo que cada mañana de día laborable -aunque no era raro verles a la misma hora siendo festivo, a uno solo e incluso a los dos, y la gente decía: «Los pobres como ellos no pueden perder un día de jornal si quieren comer patatas»-disputaran la carrera de rigor ambos birlochos con sendos ocupantes, a que de pronto uno de ellos empezara a viajar con dos. A las apuestas de un birlocho contra otro se añadieron las de un solo birlocho, cuánto tardaría el Roto en volver a quedarse en casa, es decir, en ser rechazado por los socios de Cristina; la persistencia de suegra y yerno, mañana tras mañana en el birlocho a lo largo de un año, trajo el decaimiento de estas apuestas y su olvido, hasta que empezó a faltar Cristina, al principio un día sí y otro no, y acabando por desaparecer, cediendo a Román todo el carruaje. La gente dijo: «Ahora sí que ha entrado en la familia», y las apuestas volvieron a la monotonía de los dos birlochos con un solo ocupante.
Sí, lo hicieron. Ella también. Ella, Cristina, principalmente. Cristina Oiaindia Kordaberatz. Cometieron la traición sin que se alterara un solo músculo de sus rostros. Los muy malditos lo hicieron. Ella no fue una excepción.
Roque Altube
1 de mayo de 1904
Zacarías Ermo abre siempre muy temprano La Venta, pero yo llevo esperando mucho tiempo. He oído sus pasos, luego cuando quita la tranca de la puerta y luego las vueltas de la llave en la cerradura. Asoma la cabeza y me ve sentado en el peldaño de piedra.
– ¡Coño! -dice-. Eres el último hombre que esperaba ver por aquí y menos a la hora de ordeñar las vacas. ¿Te han echado de casa?
– No hables tanto y saca de beber -digo, levantándome.
– ¿Beber? ¿Tú? ¿Y tan temprano?
– Aguardiente.
– ¿Aguardiente?
– Si no me quieres servir me voy a Algorta.
– ¿Quién ha dicho que no te quiero servir?
Entro por delante de él. Zacarías Ermo pasa al mostrador y saca un vaso.
– Es pequeño. Mayor -digo.
Me mira a los ojos con sus ojos de ratón y saca un vaso mayor.
– También puedes arreglarlo tirándote Galea abajo -dice.
Bebo de un trago el aguardiente y me quema. La mueca de Zacarías Ermo debe de ser una sonrisa, pero no estoy seguro.
– Puedes marcharte a tus cosas, me quedo con la botella -le digo.
– Es mucho una botella de aguardiente para uno que no gasta sus codos en mi mostrador -dice.
Saco setenta y cinco céntimos y los pongo sobre la madera. Zacarías Ermo les echa mano y los cuenta.
– No sé si debo dejarte solo con una botella de aguardiente -dice, metiendo las monedas en el cajón.
Me sirvo otro vaso.
– Quieto parao -dice Zacarías Ermo.
Esta vez no me lo bebo de un trago sino de dos.
– No quiero meterme en lo que no me importa, pero a Roque Altube le pasa algo -dice Zacarías Ermo.
Cojo la botella y el vaso y me voy a la mesa de la ventana.
– Bueno, bueno -dice Zacarías Ermo-. Me gusta ayudar a la gente que se deja ayudar.
Pasa mucho tiempo antes de que llegue otro cliente, y es Martín Larreko con su carreta cargada de arena de la playa para las obras. Cuando bajó Fermina, la mujer de Zacarías Ermo, me dijo: «Más temprano que Etxe andas», y siguió con sus cosas. Muy temprano también marchó su hijo Zacarías con el burro a traer suministros, y su otro hijo, Joseba, con un cesto y una redaña a por saborra a la playa para el fuego. Martín Larreko paró sus bueyes frente a La Venta, entró, me saludó con la mano, apoyó el acullu en el mostrador y no tuvo que abrir la boca para que Zacarías Ermo le llenara un vaso de aguardiente. Se lo acabó a pequeños sorbos, sin parar, uno detrás de otro. Etxe y Larreko. Etxe y Larreko.
– Te estás apoyando en una propiedad tuya -digo.
Martín Larreko vuelve del todo la cabeza y Zacarías Ermo levanta la suya.
– ¿Eh? -dice Martín Larreko.
– Que esa madera que tienes bajo los codos es tuya y no de quien la tiene -digo.
– ¡Hostias! -dice Martín Larreko.
– La vieja historia de siempre -dice Zacarías Ermo.
– ¿Qué historia de los cojones? -dice Martín Larreko.
– Algún día alguien vendrá a reclamar esa madera y se la llevará a casa y Zacarías Ermo tendrá que callar la boca. Y a lo mejor ese alguien es Martín Larreko -digo.
– Yo soy Martín Larreko y nunca me llevaría a casa este trasto -dice Martín Larreko riendo.
– Pues entonces será mejor que cuando hablen las leyes digan que su dueño es Etxe, porque él sí que se lo llevará a casa -digo.
Les oigo hablar por lo bajo. Martín Larreko se vuelve y mira mi botella, que está por la mitad, y mueve la cabeza.
– No estoy borracho… todavía. Lo que pasa es que yo tengo buena memoria y otros no. Escucha, Martín Larreko: los bueyes de uno de tu sangre subieron alguna vez esta astilla de la playa -digo.
– Eso dicen -dice Martín Larreko.
– Así que es tuya y alguien te la robó -digo.
Zacarías Ermo semicierra sus ojillos de rata para mirarme.
– Son historias Viejas y podridas del todo -dice-. Es mejor no hablar de ellas.
– Cuentos de los cojones para revolver las cosas -dice Martín Larreko.
– Pero la gente sigue apostando. Siguen haciendo suyas las apuestas que heredaron de sus antiguos, y las aumentan, y saltan nuevas -digo.
– De algo hay que hablar mientras se bebe -dice Martín Larreko.
– Ya ni me acuerdo cuándo oí hablar por última vez a alguien de esa sinsumbaquería -dice Zacarías Ermo.
– ¿Sinsumbaquería? -digo-. ¿Sinsumbaquería? Verás cuando un día un Etxe o un Larreko se lleve este mostrador a su casa. Si fuese una sinsumbaquería la gente no estaría esperando que los jauntxos que se sientan en Gernika metan de una vez en el Fuero una ley que diga a quién pertenecen las cosas encontradas en la playa, si al que las ve el primero o al que las sube con sus bueyes. Cuando los jauntxos se pongan de acuerdo y saquen esa ley, sabremos de una vez quiénes ganarán, si los que han apostado por Etxe o por Larreko. Lo único seguro es que Zacarías Ermo no ganará. Y entonces habrá que apostar por la mejor manera de sacar este mostrador a la calle sin romper demasiado La Venta.