Parece que hubo, igualmente, unas precipitadas convocatoria y asamblea de los ya anacrónicos Fundadores, como si no hubieran transcurrido edades ni eras y los vascos aún conservaran su primero y verdadero Árbol, el de la costa, el del Principio; no, ahora los 48, pues Baskardo y los de su tronco llevaban ya demasiado tiempo -incluso para los vascos- viviendo al margen de la Historia, recluidos, como piezas de museo, en su Sugarkea, la vivienda que muy pronto, sólo unos siglos después, sería calificada por un grupo de científicos extranjeros como la más vieja de la Humanidad; el intransigente, tozudo y troglodita Baskardo, la criatura estancada en la Libertad del Principio y denunciadora de las subsiguientes e irreparables claudicaciones-prostituciones del Hombre: evolucionando para qué, inventando y aceptando cada nuevo invento para qué; el monstruo solitario e incomprendido, pero presente en el único, último y minúsculo reducto lúcido e intransferible de ese profundo gen bloqueado y desoído, que clama, todavía, inútilmente: ¡No debió ser así! ¡No debió ser así! ¿Quién os dijo que lo hicierais tan mal? ¿Quién, malditos?
De manera que sólo 47 de los 48 reunidos, sin casi saber cómo ni para qué, bajo ningún árbol reunidos, ni siquiera bajo aquel roble en el que Totakoxe aún seguía viendo al ángeclass="underline" pues ya el Árbol no se levantaba en aquel territorio de Getxo, y el asunto a resolver era tan profundo que no valía otro, y el roble menos que ninguno, no en balde llevaba tres días inspirándoles un miedo creciente; así, que ni a uno solo de los 47 ancianos se le ocurrió proponerlo como lugar de reunión al sentarse a deliberar, a la vista de todo el pueblo y sin que mediara ninguna elección o votación que los convirtiera en representantes de ese pueblo: fue un maquinal regreso a la limpia organización de la vieja y exigua tribu de los Orígenes, cuando los 48 Fundadores de la raza -con Baskardo, naturalmente; con él- se constituían en meros apéndices velludos de una voluntad velluda necesitada de expresarse de alguna manera, no para disponer de un veredicto sino para que la Idea compartida saliera de alguna manera al exterior; se sentaron a deliberar en un lugar ni siquiera elegido: se sentó en el suelo el primero de los 47, la espalda contra el Catafalco, y los 46 restantes tomaron las mismas posiciones contra la Gran Pieza de madera bruñida que Ermo había ya adquirido, aunque no pagado, por no haberse resuelto aún, al cabo de un siglo, quién era su dueño, si Etxe o Larreko; y toda la tribu pudo oír puesto en palabras su propio pensamiento, es decir, su miedo a pronunciarse; y, en esta ocasión, cuando se acordaron del gen proscrito no fue para pasar a otro la responsabilidad: estaban tan asustados ante aquello NUEVO que se les venía encima que necesitaron urgentemente recuperar todo o algo de las viejas esencias; en cierto modo, convertirse en las viejas criaturas distintas y recuperar el valor, la lucidez, la senda que los homínidos jamás debieron abandonar, el valor, el valor, el insobornable coraje, el valor, el valor para mirar y decidir no volver la cabeza sino seguir mirando de frente a esos poderes desconocidos empeñados en que los homínidos no les llamen secreto sino misterio. De manera que la tribu reclamó a Baskardo.
Enviaron por él al único miembro de la comunidad que se atrevería: un niño de nueve años, hijo de Ermo, es decir, de la sangre que tradicionalmente más se había enfrentado al inmovilismo de los Baskardo. El momento revistió cierta tensión, pues nadie recordaba cuándo fue la última vez en que se había recurrido a los Ermo. Sólo el más anciano de los 47 Fundadores pudo hablarles nebulosamente de una perdida leyenda, de cinco o más siglos atrás, en que un Baskardo combatió duramente al invento del colchón de hojas secas, alegando que reblandecía la raza.