– Es tan verdad como Dios -dice Anselmo el de Torretxea.
– Así es -dice Bertol Sangroniz, el alpargatero.
– He apostado mis seis cerdos a que la Campa del Roble borra para siempre a la playa y que en la Campa hay que empezar otra vez con el mostrador, con Etxe y con Larreko -dice Juanón Lecumberri.
– Ah -dice Xotil el de Bukuena.
– Cosas serias -dice Martín Larreko.
– Sí, pero no para hablarlas en horas de trabajo -dice Xotil el de Bukuena-. La última vez que se habló de esto fue hace un cuarto de siglo, teniendo yo setenta años. Y ahora, después de tanto tiempo, se os ocurre hoy y en día de trabajo…
– Ése empezó -dice Zacarías Ermo, señalándome con el brazo.
– ¿Roque Altube?
– Dijo que yo había robado el mostrador -dice Zacarías Ermo.
– Aún está por ver de quién es el mostrador -dice Xotil el de Bukuena.
– ¿De quién? ¡Un Ermo levantó La Venta alrededor de una mala madera y la convirtió en mostrador y lo salvó de la lluvia, el viento y las heladas, y si ahora tenéis donde apoyar los codos para beber y soltar mentiras es porque aquel pariente mío lo cuidó y los demás Ermo lo hemos seguido cuidando! ¿Qué hacían Etxe y Larreko mientras tanto? Uno llorar como un niño por la madera, y otro esperar a tener unos bueyes mejores para sacarlo de la Campa -dice Zacarías Ermo.
– ¿Quién te dio permiso para rodear con muros mi mostrador? -dice Martín Larreko-. ¿El jodido Etxe te dio permiso? Yo no, que recuerde.
– Nadie protestó entonces, nadie nos vino con reclamaciones. Por el contrario, todo el mundo se sintió muy contento de poder echar unos tragos con más comodidad -dice Zacarías Ermo.
– Con un sindicato no habría ocurrido eso -digo.
– ¿Sindicato? -dice Xotil el de Bukuena.
– Habrá más robos mientras no tengamos un sindicato -digo.
– ¿Sindicato? -dice Xotil el de Bukuena.
– Con un sindicato, los de arriba no explotarían a los de abajo, Zacarías Ermo no tendría el mostrador y los mineros de las minas no vivirían en barracones mientras los amos de las minas viven en palacios -digo.
– ¿Mineros? ¿Qué tenemos que ver nosotros con esos mineros de la hostia? -dice Martín Larreko.
– Tanto los mineros como nosotros estamos abajo y por eso tenemos que unirnos contra los de arriba -digo.
– ¿Qué les he hecho yo a los mineros? -dice Zacarías Ermo.
– El mostrador no sólo nos lo has robado a nosotros sino también a ellos -digo.
– Esos muertos de hambre nunca han tenido un mostrador como éste -dice Zacarías Ermo.
– Como si sólo a los muertos de hambre les robaras tú mostradores -digo.
– ¡Pues que se queden en su tierra si no quieren que les roben mostradores! -dice Bertol Sangroniz.
– Si nosotros tuviéramos un sindicato, como tienen ellos, nadie nos habría robado el mostrador -digo.
– De modo que a pesar de tener un sindicato les han robado un mostrador -dice Zacarías Ermo.
– Pues si ni siquiera con un sindicato te libras de que te roben mostradores, pues no quiero para nada un sindicato -dice Bertol Sangroniz.
– Debe de ser porque los mineros no sabían que eran dueños de un mostrador. Nosotros sí que lo sabemos y sólo nos falta un sindicato para que nadie nos lo robe -digo.
– ¿Tenía yo un mostrador? -dice Bertol Sangroniz.
– ¡Claro que tenías un mostrador, todos teníamos un mostrador! Pero como no teníamos un sindicato, pues Zacarías Ermo nos lo robó, y ahora ahí está, usándolo para cobrarnos lo que nos sirve -digo.
– En esto sí que tiene razón Roque Altube. Mi abuelo y mi padre me contaron que, antes, todo el mundo traía comida y bebida a la Campa del Roble y lo dejaba todo sobre la Madera a disposición de los demás, sin cobrar nada, invitando -dice Xotil el de Bukuena.
– Sería en el tiempo de Maricastaña -dice Zacarías Ermo.
– Sí, cuando el mostrador era de todos -dice Xotil el de Bukuena.
– Es de todos. Aquí estáis, encima de él, y luego a limpiarlo yo de vuestras babas -dice Zacarías Ermo.
– Si, al menos, el jodido de Zacarías no cobrara lo que nos sirve… -dice Anselmo el de Torretxea.
– ¿Por qué no va a cobrar? -dice Panpili Ermo, que también anda por aquí-. Le cuesta sus dineros lo que coméis y bebéis.
– Ahí está la prueba de que el mostrador es suyo -dice Anselmo el de Torretxea-. ¡Apuesto mi bote de pesca a que Zacarías Ermo no debe cobrar!
– ¡Yo, mis herramientas de carpintero a que mi hermano debe cobrar! -dice Panpili Ermo.
– ¡Mala memoria tienes, Anselmo! -dice Xotil el de Bukuena-. Un antepasado tuyo tiene apostado un campo de mijo a que Ermo debe cobrar lo que saca al mostrador, y un antepasado mío le cogió la apuesta, y no se diga que los de Torretxea faltáis a vuestra palabra.
– Yo no quiero faltar a nuestra palabra. Y tampoco me he olvidado de esa apuesta heredada del campo de mijo. Pero una cosa es la apuesta y otra lo que Anselmo el de Torretxea piensa hoy sobre el cobro o no cobro de lo que Zacarías Ermo saca al mostrador, y lo que pienso hoy es que no debe cobrarlo, y si pienso esto tengo derecho a apostar en contra de la apuesta de ese antepasado mío que no me consultó -dice Anselmo el de Torretxea.
– Entonces siempre ganarás por un lado lo que pierdes por el otro, y a eso se le llama cubrirse y no habla bien de quien lo hace -dice Xotil el de Bukuena.
– ¡Eres la hostia! ¿Y habla bien apostar en contra de lo que se piensa? -dice Anselmo el de Torretxea.
– Sólo te queda una solución: no apostar si no estás de acuerdo con tu antepasado. No es la primera vez que aquí mismo se ha discutido esa cuestión, y hace ya muchos años se ha puesto la costumbre de que nadie apueste al revés que sus mayores, por no complicar las cosas más de lo que ya están -dice Xotil el de Bukuena.
– Bueno, pues, por un lado, pienso que Ermo no debe cobrar lo que sirve, y por otro, no apuesto porque otro de Torretxea ya apostó que sí debe cobrar. Los de Gernika también tendrán que decir algo sobre esto, a ver si de una puta vez se cierran los pleitos viejos y uno puede apostar a sus anchas… ¿Y qué leches pasará si pierdo y debo pagar un campo de mijo?, ¿de dónde saco yo un campo de mijo? -dice Anselmo el de Torretxea.
– Eso es lo que pasa con las viejas apuestas arrastradas -dice Juanón Lecumberri-. ¿Sabéis lo que tengo que pagar si pierdo la apuesta de mi antepasado? ¡Un búfalo! ¿Cómo voy a cazar un búfalo si ni los Baskardo de Sugarkea los encuentran ya por aquí?
– Llegado el caso, se pagaría en borona en vez de mijo, y el búfalo se cambiaría por un par de bueyes -dice Xotil el de Bukuena.
– ¡Apuesto mi prado de hierba a que dos búfalos sacarían sin parpadear y del mismo tirón el mostrador de La Venta y de la misma de la Campa del Roble! -dice Pedro Murua.
– ¿Queréis los Murua meter vuestro prado de yerba en dos apuestas? -dice Xotil el de Bukuena-. Ya lo tenéis metido cuando en la Campa alguien nombró a Dios y algunos de los presentes se preguntaron si el mostrador era de Etxe, de Larreko o de Dios. «¡Apuesto mi prado de hierba por Dios!», dijo aquel Murua.
– Bueno, pues yo también apuesto mi prado de hierba a que el mostrador es de Dios -dice Pedro Murua.
– ¡Y yo apuesto mi caserío contra Dios a que el mostrador es de Etxe! -dice Lander el de Bukuena.
– ¡Y yo apuesto también mi caserío contra Dios a que el mostrador es de Larreko! -dice Anselmo el de Torretxea.
– Que venga don Eulogio. Los curas son los que más entienden de Dios -dice Benito Ibaeta, el lechero.
– Yo digo que Dios lo puede casi todo, pero no todo -dice Lander el de Bukuena-. Si Dios lo pudiera todo, habría visto el primero el mostrador en la playa, y no Etxe.
– Y sus bueyes habrían sacado el mostrador de la playa, y no los de Larreko -dice Anselmo el de Torretxea.
– Dios no necesita hacer esas demostraciones -dice Pedro Murua.