– Yo sólo digo que el mostrador sigue metido en La Venta. Yo sólo digo eso -dice Xotil el de Bukuena.
– ¿Y qué quieres decir con eso que dices? -dice Pedro Murua.
– Pues que si el jodido mostrador fuera de Dios estaría en la ermita o en la iglesia -dice Xotil el de Bukuena-. Si dejó que se quedara en La Venta es porque no era suyo, porque sabía que Etxe o Larreko le habían ganado la partida.
– ¡Mecagüen! ¡Apuesto mis gallinas y mis conejos por Larreko y por Dios contra Etxe! -dice Martín Larreko.
La gente que ya abarrota La Venta abre paso y entra el viejo Gasento Ibaeta, el lechero.
– ¿Qué pasa? -dice, plantándose delante de Benito Ibaeta.
– No pasa nada -dice Benito Ibaeta.
No se oyen las risas de la gente porque se las aguantan.
– ¿Qué pasa? -dice otra vez Gasento Ibaeta.
– Tenía sed y he entrado -dice Benito Ibaeta.
– Y te ha dado el mediodía y las leches sin repartir y tú dándole a la lengua como si fuera domingo -dice Gasento Ibaeta.
Abre la puerta para que salga su hijo.
– Yo sólo he dicho que a ver contra qué Etxe íbamos a apostar si son muchos los Etxes que han visto los primeros el mostrador en la Campa del Roble y que había que llamar a don Eulogio para que diga la última palabra sobre Dios. Yo sólo he dicho esto, lo demás lo han dicho los demás -dice Benito Ibaeta.
Entra más gente. La Venta está tan llena que los de atrás ni a codazos se pueden acercar al mostrador. La gente va llegando porque oyen por allá fuera que en La Venta se está apostando. La botella de aguardiente me ha durado hasta el mediodía y voy al mostrador a por otra y Zacarías Ermo me mira como queriendo saber si sirviéndome la segunda botella me pondría de su parte en lo del mostrador, y yo le digo: «Cuando haya en Getxo un sindicato te quemará el rabo», y él me dice: «Déjate de sindicatos y vete a dormir la mona», y saco otros tres reales del bolsillo y los pongo en el mostrador y entonces Zacarías Ermo me saca otra botella, y se me acerca Bertol Sangroniz, el alpargatero, y me dice: «Vamos a apostarles tú y yo juntos a ésos a que el mostrador es de quien lo gasta con los codos», y yo le digo: «El mostrador no es de éste ni de aquél, es de todos y no es de nadie, y si ahora sólo es de Zacarías Ermo es porque no tenemos un sindicato». «¿Un qué?», dice Bertol Sangroniz, pegando su vaso vacío junto a mi botella. «¿Quieres que tú y yo fundemos un sindicato?», digo, descorchando la botella. «¿Un sindicato?», dice Bertol Sangroniz. Levanto la botella y digo: «Es el mejor día para fundar un sindicato». Le lleno el vaso y digo: «¿No es el mejor día para fundar un sindicato?». «Sí, creo que es el mejor día», dice Bertol Sangroniz. Se echa dentro el vaso de un trago. «Vamos a esa mesa a fundar un sindicato», digo.
Es de noche y voy hacia la casa de don Estanis Goiburu. Atrás dejo las voces que salen de La Venta. He cogido prestada una pala que Zacarías Ermo tenía apoyada en la pared de fuera. Hoy Zacarías Ermo ha hecho el gran negocio. Apostando, a los hombres les ha llegado la noche sin comer, y como Zacarías Ermo no los eche a todos a escobazos les dará la mañana. Algunas mujeres ya han asomado la cabeza para llevarse a sus hombres, pero como si no, ellos ni caso, emperrados en su toma y daca. Yo también habría apostado, pero por mi cuenta, no como Altube de Altubena, porque ya no soy de Altubena, pero es que tengo la cabeza en otra cosa. Después de fundar el sindicato, cuando Bertol Sangroniz me ha querido seguir, le he dicho: «Es mejor que se quede aquí alguien del sindicato», y se ha quedado.
Don Estanis vive en la casa de dos pisos junto a la estación del tren. Vengo donde él porque no es don Eulogio sino el nuevo coadjutor. A don Eulogio no me atrevería a pedírselo. Le atizo a la aldaba del portal y alguien sale al balcón del segundo piso.
– ¿Quién es? -dice la voz de don Estanis.
– Uno del pueblo. Quiero hablar con usted -digo.
– ¿Quién se está muriendo? -dice.
– Nadie, que yo sepa -digo.
– ¿Qué quieres, entonces? -dice.
– Baje y se lo diré -digo.
Baja. Sin sotana. En pantalones y camisa. No parece el cura don Estanis.
– ¿Quién eres? -dice.
– Roque Altube -digo.
– Ya he oído hablar de Altubena -dice.
– Ya no soy de Altubena -digo.
– ¿De dónde eres, pues? -dice.
– Tengo que hacer un viaje con usted -digo.
– ¿Caza? -dice.
– No -digo.
– Sólo te acompañaría si es para cazar -dice. Mueve su cabezota-. Tengo sueño.
– Le necesito -digo.
– Tu aliento huele a alcohol -dice-. Será mejor que lo dejemos para otro día, sea lo que sea.
Se da la vuelta y se mete en el portal. Lo sigo y lo agarro por la camisa.
– Le necesito -digo.
– Más respeto -dice.
Pero no le suelto. Si he de romperle la camisa para que venga, se la rompo.
– ¿Por qué no se lo pides a don Eulogio? Lleva muchos años entre vosotros y os conoce a todos. Yo soy nuevo -dice.
– Don Eulogio ya no está para muchos trotes -digo.
– Dijiste Roque, ¿no? ¿Por qué no buscas a cualquier otro cura para dar trotes de noche, Roque? Yo estoy muy gordo -dice.
– Se dice que anda muy bien por los montes cuando caza -digo.
– Eso es cosa muy distinta. ¿Para qué necesitas a un cura a estas horas? -dice.
– Para enterrar a un muerto -digo.
Se queda tan quieto que suelto mis manos de su camisa. Da un paso atrás.
– ¿Has matado a alguien? -dice.
– No, pero esta noche podría matar a un cura -digo.
– ¿Lo que quieres hacer lo haces con intención cristiana? -dice.
– Lo que vamos a hacer los dos es de lo más cristiano del mundo -digo.
– ¿Lejos? -dice.
– ¿Se marea usted en bote? -digo.
Se ha mareado como un trompo al cruzar El Abra hasta Portugalete. Sólo he remado yo. Le he cogido prestado a Anselmo el de Torretxea el bote que tiene en la playa. En el muelle de Portugalete esperé a que a don Estanis se le fuera el mareo. Ahora ya estamos en el cementerio y será la una de la madrugada.
– Esto no me gusta -dice don Estanis-. Parecemos ladrones de tumbas. Me pregunto por qué te hago caso.
– Ustedes los sacerdotes están para enterrar a la gente, ¿no? -digo.
– Pero no de noche y en una parroquia que no es la nuestra -dice-. No doy un paso más sin saber quién es el muerto.
– Se llamaba José -digo.
– ¿Dónde está su cadáver? -dice.
– ¿No ve que lo estoy buscando? -digo.
– ¿Entre las zarzas? ¿Has escondido tu cadáver entre zarzas? -dice.
– No meta ruido -digo.
– Todo esto me huele muy mal. Me vuelvo a casa -dice.
– ¿A nado? -digo.
– No sólo me huele a pecado sino a delito. Confié en ti y me has traído a una trampa -dice-. Y además, por lo que veo estamos en un cementerio de los sin Dios.
– Es que al entierro de José no fue ningún cura -digo.
– ¿Y tú andas mezclado con esta clase de gente?… ¿Qué dices?, ¿que a ese José ya le hicieron entierro? Yo creí que veníamos a enterrarlo -dice.
– Venimos a enterrarlo -digo.
Esto ha cambiado mucho desde aquel tiempo. Hay más tumbas y todas cubiertas de zarzas. Las tablas hincadas en el suelo que se ven aquí y allá tendrán escrito el nombre de su muerto, pero de noche no se ve nada. Creo que a José ni siquiera se le puso tabla.
– Yo no puedo enterrar a nadie en un cementerio que no es el mío -dice don Estanis.
– No hable tan alto -digo-. No vamos a enterrar a nadie en este cementerio.
– ¿Dónde está tu muerto? -dice.
– Por aquí. Aquí -digo.
La tierra es dura, la pala no entra a la primera.
– ¿Qué haces? -dice don Estanis.
– Desenterrar a mi amigo -digo.
– ¿Pero es que ya está enterrado? ¿No veníamos a enterrarlo nosotros? -dice.