Durante una semana un muchacho repartió las octavillas por Getxo. Realizó su trabajo a conciencia, introduciéndolas por debajo de todas las puertas, tanto de comercios como de viviendas, apostándose ante los mercados, entregándolas en mano a los viandantes, depositando montoncitos de ellas en mostradores y mesitas de sala de espera de médicos y dentistas, sin que se salvaran los más apartados caseríos de la zona rural. Sería en el octubre que siguió al junio de la cacería. Así fue como Getxo se enteró de la existencia de la compañía aseguradora que indemnizaba a las víctimas del rebaño de fieras…, o esto se creyó entender. La gente leyó varias veces el texto de la octavilla antes de que desapareciera su asombro. Su redacción era clara y escueta, casi telegráfica. No figuraban nombres propios, sólo el de la compañía recién fundada -La Bolsa- y la dirección: Sobre la tienda de Blasa. Barrio de San Baskardo. Como entendiendo que la curiosidad por saber quién estaba detrás del asunto era suficiente gancho, la propaganda no recurría a efectismos tales como dibujos enigmáticos, frases o palabras explosivas con dos o tres admiraciones seguidas, nada que sonara a secuestro del cliente: sólo la hojita volandera inmune a todo desprecio, tan orgullosa como la persona de dieciocho años que los más madrugadores encontraron sentada tras la pequeña mesa de pino en la minúscula habitación del viejo piso. Aquellos primeros en acudir al reclamo extendieron la noticia: les recibió un Efrén pálido y pétreo que no se levantó de su silla, aunque les invitó a sentarse en las otras dos únicas con un gesto de su brazo izquierdo, de modo que, si eran tres los clientes, uno debía quedarse de pie.
Efrén se ahorraba las explicaciones pasándoles, sin más, el contrato por encima de la mesa, una cuartilla impresa por las dos caras con letra casi ilegible de puro chica. «No hay dos clases de párrafos, unos con letra grande, para ser leídos, y otros con letra pequeña, para no ser leídos. Todos tienen letra pequeña», informaban los más entendidos en contratos. No sólo los analfabetos pedían a Efrén que les leyera el texto, sino los miopes o, simplemente, quienes preferían cerrar el trato a la manera tradicional, olvidando los monigotes escritos y tomando al de enfrente su palabra hablada, es decir, leída en este caso. Pero todos, incluso los de buen oído, recogían, en el mejor de los casos, un cuarenta por ciento de la lectura de Efrén, no rápida ni, menos, nerviosa o precipitada, ni expresando la urgencia de concluir para poder atender al nuevo cliente que esperaba en el pasillo, sino fría, con sonido a metal, inhóspita, instalando una atmósfera desapacible. Aunque los visitantes estaban allí para aceptar o no la oferta de Efrén -e incluso a Efrén mismo-, recibían la impresión de lo contrario, de estar siendo sometidos a una prueba, de que era Efrén quien debía aceptarles o no a ellos. Todo se confabulaba para que el contenido del contrato resultara lo menos importante. Firmaron cuantos desfilaron por el cuartito a lo largo de dos semanas y pagaron por adelantado la cuota anuaclass="underline" 22 reales. Con todo, salían con una imagen de Efrén mejorada. En la calle, de pronto, les sorprendía que no hubiera mostrado interés en conocer en cuánto evaluaban las pérdidas causadas por las bestias, pero enseguida lo consideraron un detalle que hablaba en su favor al expresar que estaba dispuesto a pagar, incluso, la indemnización más alta.
El primero en llamar con los nudillos a la puerta apolillada fue mi tío abuelo Saturnino Altube y, en cierto modo, era lógico que fuera el primero en acudir a aquella oficina que existía sólo por sus llamas. Llevaba tres meses abonando a propietarios de Getxo los destrozos del rebaño y parece que su desesperación hizo que propusiera a Efrén ser indemnizado por ello. Efrén ni siquiera se lo negó, limitándose a tomar de encima de la mesa un grueso libro de pastas de cuero y a abrirlo por una página ya señalada con una larga pluma de ave y ponérselo bajo los ojos, diciéndole: «Lea lo que es un seguro». Mi tío abuelo ya sabía lo que era un seguro y no leyó, sin contar con que el libro estaba escrito en inglés. Movió la cabeza y suspiró, susurrando: «Mi caso es único. Soy responsable de unas fieras que no eran mías ni conocía sus costumbres ni sabía qué julepe podían armar, así que cómo iba a venir aquí previamente a asegurarme». «Tampoco habría podido: hace tres meses no existía esta oficina. Por otra parte, el libro no dice nada especial sobre llamas», dijo Efrén. Seguía mostrándose seco y lejano, aunque no despectivo; era la suya una actitud más bien deportiva, pero fuera de competición, en relajado entrenamiento. Añadió, seguramente divertido: «Esas fieras eran suyas. Al menos, cobró por ellas». En efecto, todos sabían que mi tío abuelo había vendido veintisiete cadáveres al carnicero Braulio Apraiz. Mi tío abuelo lo miró con ojos de carnero. «Apenas para cubrir gastos», gruñó, «y sin incluir los destrozos en… en esa mansión.» «Si el dueño le pide una indemnización por los destrozos, usted deberá cobrarle el safari que le ha proporcionado con las bestias», dijo Efrén. Mi tío abuelo tardó unos segundos más de lo debido en comprender que acababan de regalarle el argumento para soslayar aquel gasto que no le dejaba dormir, pues en ese instante todos sus sentidos colgaban de los labios rectos del hijo bastardo al que suponía capaz de pronunciar impunemente el nombre Baskardo de un momento a otro. Aguardó, en un silencio lleno de pavor, hasta que se encontró pensando: «¡Qué demonios, es él quien debería temblar y no yo!».
Camilo Baskardo no le reclamaría seriamente ninguna indemnización -si bien jugueteó un poco manteniéndolo varias semanas en la incertidumbre-, pero parece que fue el agradecimiento a Efrén por su consejo gratuito lo que decidió a mi tío abuelo a suscribir un seguro. Contaría después que percibió tan limpiamente su mirada atravesándole, que levantó los ojos cuando aún estaba escribiendo la b y la e de Altube y se enfrentó a unos ojos impregnados de una fiebre repentina. «¿Por qué lo hace? ¿Acaso sabe que se verá en el futuro necesitado de pagar a terceros las consecuencias de otra correría de los monstruos? ¿Significa que sabe que el macho está esperando en su guarida una nueva oportunidad? ¿Dónde lo tiene escondido el maldito mocoso? ¿O es que le van a enviar de América otra legión de diablos?» Fue como una pedrisca cayendo sobre la cabeza de mi tío abuelo, y sólo porque firmaba el contrato. Se puso en pie antes de meter en el bolsillo de su chaqueta la copia firmada por Efrén. Nunca se alegró tanto de marcharse de un sitio.
Un nuevo hecho vino a tranquilizar a los más escépticos: otro de los que visitaron a Efrén fue Camilo Baskardo. En persona. Quienes revoloteaban por los alrededores de la tienda de Blasa cuando ocurrió, dejaron de respirar. Sabían que entre el marqués y su hijo bastardo no existía la menor relación, que la simple proximidad de sus mansiones creaba tal estado de guerra entre las dos familias que sus resonancias se extendían por todo el territorio, y la última había sido el reciente duelo entre Efrén y su hermano de padre Josafat Baskardo. Bueno, pues allí se presentó Camilo en su birlocho con el cochero y otro ocupante. Para alivio de los curiosos, el único en subir al cuartito fue el desconocido, un sujeto totalmente de negro, incluido el sombrero y la cartera, y el pisar cauteloso de los abogados. El cochero había detenido el carruaje a la vuelta de la casa, a un lado de la carretera, entre la fachada lateral sin ventanas, por un lado, y la entrada a La Venta, por el otro; no hay duda de que Camilo lo había ordenado así para evitar el posible espionaje del bastardo desde la ventana. En contrapartida, hubo de soportar la atención de los clientes de La Venta -más numerosos a raíz de la inauguración de la compañía de seguros-, que aprovecharon bien la oportunidad de contemplar al mito viviente. Si había ido hasta allí, ¿por qué no subía? Comprendían que no lo hiciera, pero, entonces, ¿por qué había ido hasta allí? Creyeron explicárselo por su necesidad de conocer al punto el resultado de la entrevista, lo que revelaba una curiosidad – ¿o preocupación?- por descubrir qué se escondía en aquel primer negocio de su bastardo, pues a un hombre como él no se le engañaba tan fácilmente en asuntos de esa especie. ¿Y por qué no pensar que se trató de un brumoso orgullo de sangre? Era aún pronto para sospechar siquiera algo así, pero, al conocerse en 1942 su testamento, Getxo se puso a hacer cábalas acerca de si no habría sido aquella su medio visita al cuartito de los seguros el primer aviso de lo que acabaría en desvío hacia su otra sangre.