– ¿Nuevos demonios? -balbucearon ellos-. ¿Es que le van a traer a Saturnino Altube otros bichos de las Américas?
– Los demonios siguen aquí -dijo Efrén. Su boca se endureció.
– Matamos a todos. No hay más. El seguro que firmamos hablaba de llamas y aquí no ha habido otras que aquéllas.
– El macho está vivo. Pregúntenle al maldito crío dónde lo metió. Es el único que conoce el escondite. -Efrén perdió su calma-. Está vivo y procreará. Se hará con otro rebaño. Algún día tendrá que salir de su refugio. Esta vez lo mataré.
– ¿Así que no tenemos derecho a cobrar nada? -preguntaron varios a la vez.
– Ustedes lo sabían desde un principio -deletreó secamente Efrén. Aún les miraba al tomar el picaporte. El grupo sabía que tenía que avergonzarse de sí mismo, pero habían depositado tanta ilusión en ese contrato, esa póliza, esperando un milagro, que ahora se resistían a dar marcha atrás. Efrén dejó de mirarles al abrir la puerta y dar el primer paso en el umbral.
– Usted nos engañó al dejar que siguiéramos creyendo… -gruñó uno.
Efrén se detuvo y las palabras parecieron brotar de su espalda:
– Estoy pensando en denunciarles por estafa. Por dos estafas.
– ¿Dos estafas?
– Se presentan aquí en grupo para coaccionarme a que les abone lo que no les corresponde por ley y por sentido común. El segundo intento de estafa es que firmaron un contrato cuando ya Saturnino Altube les había indemnizado. ¿Pretenden cobrar dos veces por lo mismo?
El argumento hizo mella. Pero lo que se estaban jugando les hizo saltar por todo.
– Estamos en este negocio por culpa de esos bichos, ¿no es cierto? Y ahora resulta que ya no hay bichos. ¿Qué hacemos con este papel por el que hemos pagado veintidós reales?
– Es una póliza de seguros contra la amenaza del macho superviviente -contestó Efrén, su espalda.
– Es un bicho solo, no es un rebaño, no vale veintidós reales.
– Voy a instituir un premio de doscientos duros a quien me traiga su cadáver -anunció Efrén.
– Creo que doscientos duros son cuatro mil reales. -El grupo se sumió en una inmovilidad muda-. ¿Cuatro mil reales? -repitió-. Si muerto vale cuatro mil reales…
Advirtieron con unos instantes de retraso que Efrén desaparecía escaleras abajo. Se precipitaron tras él. Lo alcanzaron en el portal.
– Eso es darle ventaja al hijo de Agustina, que parece es el único que sabe dónde está.
Efrén se volvió a mirarlos por última vez.
– Él nunca lo matará -dijo, con la boca cerrada.
De nuevo dándoles la espalda, Efrén aún alargó un poco más su paciencia y esperó, aunque luego se comprendió que no fue para recoger alguna última queja sino para informarles de otra ventaja de la póliza. Uno del grupo había dicho un momento antes:
– Los que hemos firmado quedamos fuera de la caza de ese bicho. Iría en contra de nuestros intereses el matarlo y perder toda esperanza de sacarles un beneficio a nuestros veintidós reales…
– Si a Saturnino Altube -le cortó Efrén- le enviaron de Perú un rebaño, nadie puede asegurar que no le enviarán otro. O enviárselo a otros indianos como él. Esta tierra está llena de indianos. Después de lo visto, ¿quién de ellos está libre de recibir un rebaño de demonios? Al término de la nueva cacería y la nueva devastación será inútil firmar una póliza de seguros. Hay que hacerlo antes, ahora, como ustedes lo acaban de hacer. El documento que guardan en sus bolsillos les permitirá dormir tranquilos el resto de sus días… siempre que sigan pagando las cuotas anuales.
Habló también así, de espaldas, y sin una despedida salió a la carretera y tomó la dirección de su casa. Le vieron alejarse muy tieso dentro de su chaqueta y pantalón de grueso paño inglés a cuadros, con su bombín, y les quedó la impresión de que allí acababa todo, no solamente el diálogo que, en realidad, no había aclarado nada, sino el asunto pendiente que tenían con aquel tipo, al que nunca como entonces sintieron tan lejano. Porque se volvía a lo que fue siempre. Inmóviles, contemplaron su retirada hasta perderlo de vista en el único recodo entre La Venta y su mansión y cómo se sumergía en ésta. Con dieciocho años, se había ofrecido a Getxo dos instantes en quince días, entre un junio y un octubre, dos raudas apariciones por intereses estrictamente personales, dos excepciones, incluso dos errores. Pero si antes se encontraba en su derecho de elegir no vernos, ahora no. Nadie fue a él, él vino a nosotros con la trampa de aquella oficina de seguros en la que ya habían caído 97 ingenuos -se obtuvo este número al constituirse, semanas después, el grupo de resistencia- que se preguntaban adónde acudirían con la póliza si el macho o su nuevo rebaño o el segundo rebaño que Saturnino Altube recibiera de las Américas o cualquier rebaño que recibiera cualquier indiano empezaban a hacer de nuevo de las suyas. Con todo, la verdadera alarma no procedía de la desaparición de la oficina -en último extremo, conocían el domicilio del dueño- sino del aire de deserción dejado a sus espaldas, pues no se trataba del cierre de la oficina por salir a un recado o a un viaje de una semana: supieron por Blasa que había alquilado el piso por días y que le pagó veinte y se despidió. En las octavillas de propaganda y en el contrato figuraba una dirección -en la que alguien se había embolsado más de cien duros-, y esta dirección había que respetarla, no era serio un desprecio así a las 97 víctimas. La inquietud se concretó en discusiones en La Venta, llamadas a los dispersos, nuevos encuentros y, finalmente, en una carta de reclamación escrita por don Cayetano, el maestro de Algorta de entonces, y firmada, con nombres o cruces, por los 97. Se le pedía la apertura de aquella oficina o de otra, por lo que pudiera pasar. Esto de
por lo que pudiera pasar no era ninguna amenaza, aunque sonara a ello; aludía, simplemente, a un nuevo ataque de las llamas. La carta se redactó meticulosamente en la propia Venta. Alguien propuso citar a Efrén a una entrevista, bien en su ex oficina, en La Venta o incluso a medio camino entre ésta y su mansión, es decir, en tierra de nadie; por abrumadora mayoría se rechazó el nuevo peligro que representaba el tratar directamente con él. «Que lea la carta y no nos envuelva con su palabrería», dijeron. La reacción de Efrén se produjo antes de lo previsto. A dos días del final de aquel octubre volvió a alquilar a Blasa el piso, que esta vez fue habitado por Ángelo Altube, el hijo natural que Saturnino mandó traer de América en 1901 y que ahora tenía diez años. Era un auténtico indio huitoto, sin la nariz vasca de los Altube. Un niño muy vivo, muy despierto, siempre alerta, al que se le echaban tres o cuatro años más. No sólo empezó a vivir en el piso sino que atendía la oficina; al menos, se sentaba en ella. Nadie de Getxo lo había visto hasta entonces, por culpa de Abeliñe, la mujer de Saturnino, la cual seis años atrás se negó a recogerlo en su casa, a pesar de ser ella la razón de su presencia entre nosotros: a ver si se convencía de que la esterilidad del matrimonio no era achacable al marido. Saturnino hubo de confinarlo en un caserío remoto, a cuya familia pasaba una cantidad por la comida y la cama. Lo visitaba de tarde en tarde. A los cuatro años se dio cuenta de que su hijo aportaba con su trabajo a la economía doméstica más valor que sus gastos, pero no suspendió la asignación por seguir cumpliendo como padre ante su propia conciencia. Hasta que, en ese octubre de 1907, el chiquillo huyó del caserío, recorrió medio país y llamó a la puerta de Saturnino, en Algorta. Su infalibilidad quedó como uno de los enigmas más indescifrables de Getxo. En seis años nunca había abandonado aquel caserío en los montes, y la negativa de Abeliñe a recoger al pequeño viajero recién desembarcado no se produjo ya en casa, ni siquiera en Algorta, sino ante el Puente de Vizcaya, cuando su barquilla aún no había ni rozado el muelle de Las Arenas y Saturnino, que llevaba al huitoto de la mano, no dio crédito a la presencia allí de su mujer previniéndole que su hogar no era un hospicio de paganos. De modo que el niño nunca había estado a menos de tres kilómetros de la casa de su padre. Sin embargo, y aun de noche, la encontró. El pequeño milagro se atribuyó a su instinto de criatura selvática, al olor especial de mi tío abuelo que pudo guiarle. Saturnino se apresuró a alejarlo de su casa, llevándolo a la de don Eulogio, el párroco de San Baskardo, donde durmió varias noches en espera de encontrarle un destino. Fue cuando Efrén lo contrató. Mi tío abuelo aún tardaría quince años en ponerle una frutería, convertirlo en autónomo y sentirse liberado de él. De momento, la oferta de Efrén le llegó como agua de mayo. «Además», solía decir, «era casi su obligación. Con sus seguros les estaba sacando jugo a las llamas y pienso que, por muchas semejanzas, Ángelo fue como una llama más, sólo que contra ésta no había que defenderse con ningún seguro. Me lo debía a mí y se lo debía al chico. ¿Por qué? Vino de Perú, como las llamas, y uno y otras me los enviaron a mí, no a unos o a otros, no a varias personas, sino a una sola, a mí. Es demasiada casualidad para pasarla por alto. La cosa debe tener algún sentido, aunque no sé cuál. Todo el asunto me obliga a creer que Ángelo, las llamas y yo somos una misma cosa. A mí me correspondía haber abierto esa oficina de seguros, pero para asegurarme yo mismo, asegurarme contra las llamas y que me dejen en paz los que todavía me vienen con reclamaciones. ¡Yo no pedí las llamas, me las mandaron sin consultarme! ¿Y qué diablos ocurrió? Pues que sacó beneficio de ellas quien puso esa oficina de seguros. De modo que, en contrapartida, era su obligación dar a Ángelo un lugar en el mundo.» La reapertura de su oficina sonó a concesión de Efrén, cuando, en todo caso, se trató de una concesión a sí mismo. Temía por algo. Se sospechó que, en ese comienzo, la compañía de seguros era ilegal, bien por no haber solicitado la autorización correspondiente o no habérsela concedido aún. El ruido que empezaban a armar los 97 podría atraer una investigación. Los calmó reabriendo la oficina. Algunos se asomaron a ella a echarle una ojeada y, en vez de a Efrén, encontraron al indio huitoto de diez años sentado muy formalito tras la mesa en disposición de atenderles. Miraba con una expresión tan despierta que se salía de allí con el convencimiento de que dominaba todos los resortes del negocio de seguros. Incluso se veía sobre la mesa el mismo montoncito de contratos en blanco esperando las firmas. «Así está mejor», comentaron las gentes. «Quizá sea lo más serio que nos puede ofrecer, ya no dudaremos de que detrás de nuestros contratos hay una oficina que responde por ellos.» El piso era su lugar de trabajo y su vivienda. Se advertía que Efrén le había cargado con toda la responsabilidad, incluida la de la llave, que colgaba con una cuerda de su cinturón, también de cuerda. Abría y cerraba la puerta siguiendo un horario de oficina, siempre se le encontró en su puesto dentro de este horario, y fuera de él se le suponía ocupado en sus cosas personales en el interior de la vivienda. Porque nunca se le vio en la calle durante el primer año. Cuando se le acababa la comida, colgaba un cestillo de su ventana con una cuerda larga y Blasa salía de su tienda y él le pasaba de palabra los artículos que necesitaba y ella los cargaba en el cestillo y Ángelo tiraba de la cuerda hacia arriba. Sabía cocinar, lo hacía en la vieja chapa del piso. Por lo que contaba Blasa y por los olores que se percibían, se supo que se alimentaba, principalmente, de talo de maíz y de un revuelto de verduras cocidas con un trozo de tocino. Como Blasa no le suministraba leña para el fuego -ni él la pedía-, se tuvo por seguro que salía por las noches a proporcionársela en los bosques próximos. Idéntica solución parecía haber encontrado para la fruta. «Nunca me la pide», decía Blasa, «pero le gusta. Veo pepitas y tronchos de manzanas en la carretera frente a la casa.» Es decir, la robaba. Algunos dueños de frutales montaron guardia, pero jamás le pillaron. Coincidieron en que era muy cuidadoso; no rompía ramas, no pisaba los sembrados, sólo se llevaba lo justo para un par de días. Llegaron a consentírselo. «A fin de cuentas», decían, «de alguna manera hemos de pagar el tenerle ahí. Es el seguro de nuestra póliza de seguros.» Acostumbró a Blasa a cobrar la renta el último día de cada mes, el mismo en que, por la mañana, se presentaba Efrén en su birlocho, subía, entregaba a su empleado las dos cantidades -los 30 reales de la renta y los de su sueldo (nunca se conoció este dato, ni aproximadamente; el único gasto que se le conocía era el importe de la comida que Blasa metía en el cestillo, tan ridículo, que por fuerza había de pensarse en una asignación por encima de él, aun tratándose de un tipo como Efrén. ¿En qué empleaba el sobrante? Lo guardaba. ¿Dónde? ¿Se lo ingresaba su patrón en una cuenta bancaria? ¿O la vivienda y la comida del cestillo -no la fruta que robaba- constituían la única paga? El pueblo se inclinó por esto último a medida que fue conociendo a Efrén y conociendo al propio Ángelo, la clase de escueta sangre india que circulaba por sus venas) -. Cuando sacó aquel genio para impedir que le llevasen a la escuela, se sospechó que una razón de esa clase sería la que le obligó a huir del caserío de los montes con sólo diez años; demostró agallas, madurez para tomar sus propias decisiones y un intenso anhelo de libertad.