Vivía su segundo año en los seguros cuando don Eulogio cayó en la cuenta de que el pequeño no asistía al catecismo ni a la escuela. Jamás había pisado la mansión de Ella -era el único hogar de la parroquia que no conocía- y entonces tampoco lo hizo. Abordó a Efrén en una de sus visitas mensuales a su oficina. Ángelo asistió a la entrevista en el cuartito. Por lo que se pudo saber, el más nervioso de los tres era don Eulogio, a pesar de sus setenta años y de llevar más de cuarenta y cinco de párroco en San Baskardo. Sólo había visto a Efrén en dos ocasiones: al bautizarlo, en 1889, y en la cacería de llamas, año y medio antes. Al conocer el motivo de la visita, dijo Efrén: «Yo también he pensado en su educación, pero se niega». «Ningún niño quiere ir a la escuela ni al catecismo. Lo único que tiene que hacer usted es dejarle horas libres», dijo don Eulogio. «Éste es distinto. Escaparía del pueblo si se le obligara a hacer algo a la fuerza», dijo Efrén. «¡Tonterías!», exclamó don Eulogio. Entonces Efrén hizo con la mano una seña a Ángelo y éste recitó como un mecanismo: «Si me encierran, volaré de aquí como un pájaro». «¡Tonterías!», volvió a exclamar don Eulogio, añadiendo: «Lo intentaremos. No se atreverá a escapar». «Ya lo ha hecho una vez», le recordó Efrén. «En el último siglo ningún niño se ha fugado de Getxo por obligársele a ir a la escuela o al catecismo», aseguró don Eulogio. «Le he advertido que éste es distinto», dijo Efrén.
El piso era su mundo y, al parecer, en él se sentía libre. Transcurría un mes entero sin recibir una sola orden, y cuando llegaba su patrón tampoco perdía la sensación de libertad; no había nuevas órdenes, Efrén se limitaba a pasarle el dinero y revisar los impresos por si había alguno firmado -en la etapa de Ángelo se cerraron muy pocos contratos por encima de los 97; el número total quedaría en 109-, y a formularle alguna pregunta accidental.
A don Manuel siempre le confundió esa actitud de Efrén, aquella libertad que otorgaba a la pequeña criatura indómita:
– Era como si le bastara tener a Ángelo bajo su control, como si vigilándolo con ojos de amo dejara de representar un peligro… Sabes a lo que me estoy refiriendo: las llamas. No olvides que ellas y Ángelo procedían de la misma tierra. Pero así como se erigió en gran protagonista de la destrucción de todo el rebaño, excepto un ejemplar, ayudó a Ángelo a vivir, incluso a proporcionarle libertad, o sensación de ella, que es lo mismo; lo mejor de la libertad es que también nos permite ser libres sólo sintiéndonos libres. Ángelo se sentía así dentro de aquel piso, casi encerrado en él voluntariamente. La diferencia entre Ángelo y las llamas estribaba en lo que podríamos denominar pujanza contaminadora. Las llamas la poseían y de ahí ese peligro que Efrén intuía que jamás podría controlar. Considera, Asier, que hubo de regresar de su aprendizaje en Inglaterra con mentalidad imperialista. En algún momento de su curiosa relación con el niño empezaría a descubrir su naturaleza. Quizá cuando, según parece, le propuso asistir a la escuela (lo haría con su mejor intención, y esto hay que concedérselo. La oficina de seguros seguiría cumpliendo con su razón de ser aunque el empleado cerrara por las tardes para ir a la escuela; e incluso si cerrara mañana y tarde y colgara un aviso en la puerta advirtiendo dónde estaba) y chocó con su mirada irreductible y escuchó su amenaza: «Si me encierran, volaré de aquí como un pájaro». Y le creyó capaz de cumplirlo al recordar que estaba allí por haber hecho lo mismo en el otro pueblo. Como la rebeldía del niño le llegó tamizada por su condición de subalterno, no sólo no la consideró peligrosa sino que le agradó saberla bajo su control. Así se explica que consintiera aquella libertad a su lado y que, después, le responsabilizara con nuevas funciones, como las del servicio de pompas fúnebres. Y le habría permitido pilotar el César, el mercante de 11.000 toneladas de Josafat Baskardo, pues, ¿cómo no confiar un barco a un niño de trece años que ha sido capaz de adquirirlo para regalárselo a su antiguo patrón? -me decía.