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Al diluirse el asombro por la irrupción en Getxo del Efrén de dieciocho años, la gente siguió asombrándose de la humildad de los negocios que emprendía, aquella compañía de seguros cubriendo un solo riesgo y después la funeraria regentada por un niño desde un carro tirado por un caballo sarmentoso, habiendo podido encargarse de la dirección de una, de dos o de todas las empresas de su madre. A mediados de aquella década Ella ya poseía una mina de hierro, un astillero de gabarras, una compañía de pesca con ocho vaporcitos, tres fundiciones, un calero y una parte del territorio de Getxo expresada en los nueve caseríos vaciados de sus inquilinos seculares (ésta era su primera condición al comprarlos. Me decía don Manueclass="underline" «¿Qué más pruebas necesitas para convencerte de que era el Mal? Destruía paulatinamente los basamentos de nuestro pueblo, actuaba con odio, su meta era diabólica»). Sin embargo, creo que acertaba al enjuiciar las razones que pudo tener Efrén para hacerse a sí mismo.

– Nos resultaría muy cómodo -pensaba don Manuel- relacionar su dura iniciación con el tipo de poder perfecto que ya había de tener entonces como meta. Se puso en marcha como lo podía intentar un vehículo sin motor en medio de un desierto, sólo confiando ciegamente en sí mismo. La implacable disciplina que se impuso en ese principio no sería la que imprimió a su trayectoria posterior el carácter metálico que la caracterizó. Fue un acto de pureza, una elección ética. O de orgullo, pues también hay una ética en el orgullo.

Pudo perfectamente apoyarse en su madre, en su ya consolidado poder económico. Pudo, al menos, empezar desde abajo en el puesto más sórdido de cualquiera de sus negocios e ir subiendo por méritos propios hasta instalarse en la dirección. Pero partió de cero desde el centro de un desierto. La madre se sentiría orgullosa del hijo que había formado, nadie mejor para comprenderle que una mujer que también había partido de cero, armada, exclusivamente, de odio y orgullo. Tanto le había enseñado a odiar que pareció que el odio se desbordaba de Efrén para odiar también a la madre hasta el punto de despreciarla, incluso, en aquel difícil comienzo. Si don Manuel advertía en mí un asomo de admiración por esa ética, moral heroica o caballeresca o como se llamase, se apresuraba a decirme:

– Era un tipo listo puesto en el brete de aprender bien una profesión. Nada más que eso, o poco más. Se trataba de aprender a dominar las tramas de Getxo, sus achaques, para dominar a Getxo. Bueno, se trataba de aprender también hacia dentro de él mismo. Fue un aprendizaje místico, una interiorización, tanto de sí mismo como de nosotros. Ella llegó a Getxo sabiendo ya todo eso por instinto; Efrén lo llevó a cabo de una manera, digamos, científica. Era muy listo, supo descifrar el mensaje de las llamas, es posible que ellas le mostraran el camino, es decir, su antítesis, el no camino, su camino para cortarnos a nosotros nuestro camino. ¿Te das cuenta de que siempre que los nombramos acabamos hablando de la libertad?

Abrió la funeraria en octubre de 1908, sin duda contando con que a comienzos del invierno crece el número de defunciones. Alquiló a Blasa la lonja vacía de abajo y el pueblo se preguntó qué tendría ahora en la cabeza. En tres días, Ángelo Altube blanqueó las paredes y el techo del local, frotó con un cepillo de alambre las losas ennegrecidas del piso y, al concluir, regresó a su puesto en la oficina. Días después se le vio salir de ella a una hora inhabitual -las cinco de la tarde- y dirigirse carretera abajo hacia el cruce de Laparkobaso. Regresó minutos después llevando de una cuerda cierto animal bastante parecido a un caballo. En mejores tiempos, quizá luciera un color azabache, pero las costras, llagas y desgarrones de su piel daban la impresión de estar construido de piezas sueltas. Le faltaba media oreja, cojeaba de su mano izquierda y caminaba con el cuerpo en ángulo, como si alguna vez hubieran forzado su columna con una palanca para encajarlo en un establo de poco fondo. El niño lo metió en la lonja y cerró la puerta, no sin que antes alguien que pasaba por allí descubriera paja en el suelo de un rincón, un pesebre y un cercado de tablas. Cuando dos semanas después el pueblo volvió a ver al animal, también Ángelo lo llevaba de una cuerda y, bueno, lo que llevaba tenía que ser el mismo caballo, pero muchos lo dudaron: ahora, la mirada podía recorrerlo sin obstáculos, ya no cojeaba y su tronco estaba recto. Seguía sin media oreja, pero un milagro así quedaba fuera incluso de las posibilidades de Ángelo. «El crío tiene mano de santo», comentó la gente. Luego apareció el carro. Llegó un anochecer, tirado por el caballo y con Ángelo en el pescante. Era de cuatro ruedas y alargado. Su aspecto ruinoso no preocupó a la gente. «Si ha sido capaz de dejar presentable un animal como aquél, qué no hará con algo donde se pueden meter clavos.» El carro salió a su primer servicio casi finalizando octubre, y para entonces ya tenía todas las tablas en su sitio, sin la más leve rendija entre ellas, y los ejes giraban tan silenciosos como si fueran sólo de grasa. Varias capas de pintura negra cubrían la vejez del vehículo y hacían juego con el caballo.

Naturalmente, el niño era también la cara visible de este segundo proyecto. A lo largo de aquel mes la lonja recibió en media docena de ocasiones la visita de Efrén, se supuso que para inspeccionar los preparativos y dar instrucciones a su empleado. A éste no le quedaba un momento de respiro, como cuando se dedicaba únicamente a los seguros. Hubo apuestas acerca de por qué había abierto Efrén un nuevo negocio, si por su vocación de fenicio o porque no podía ver a su empleado mano sobre mano. Y aún se ignoraba qué les iba a vender.

El primer muerto que transportó el carro al cementerio despejó la incógnita. «¡Demonios, una funeraria en San Baskardo!», se exclamó. «No teníamos ninguna, pero tampoco nos hacía falta.» El único servicio de pompas fúnebres que funcionaba por entonces era de un Ermo, Gervasio, y estaba en Algorta, y los muertos de San Baskardo también le pertenecían. Pero ocurrió que los de Bukuena ni siquiera tuvieron necesidad de avisar a nadie del fallecimiento, al nacer, del primer hijo de Kamila Bukua, pues la misma tarde descubrieron el carro negro -al que no habían oído llegar- detenido en el camino al borde de sus huertas portando un féretro de medio metro. «Lo que enterneció a mi hija fue el muñequito vestido de blanco tan quietecito en el pescante», contaría Xotil Bukua. Así era: por alguna razón, Efrén había uniformado a Ángelo con una bata blanca hasta los pies, y contra el negro de carro y caballo su figurita no sólo ofrecía gran contraste sino que a los deudos doloridos les inducía a imaginar el espectro entrañable de un ángel bajado del cielo para hacerse cargo del alma del difunto. Nada más verlo, Kamila Bukua eligió el entierro que le ofrecía la nueva funeraria. Incluso salió de casa a admirar de cerca al cochero y pedirle encarecidamente la cajita para su muertecito. No sonó a irreverencia que el indio se presentara descalzo, como era habitual en él.