– Resultó demasiado sencillo -decía don Manuel-. Ni siquiera lo tenía en su punto de mira. Me refiero al barco. Demasiado sencillo. Su madre pensaría, incluso, que humillante. Todo le vino a las manos, sin esfuerzo, por pura chiripa, y, lo que era peor, sin esperarlo. Nada me extrañaría que alguna vez nos enteráramos de que Efrén se excusó ante ella.
Se encontró dueño de un barco de 11.000 toneladas y siguió medrando a partir de él, pero ahora por una ruta más elevada. Efrén carecía del sentido épico de su madre, quien partió de la pobreza y la sordidez y luchó dramáticamente por un puesto en el mundo. La carne de Efrén no había sido herida. Se limitó a recoger el testigo de una obsesión transmitida por sangre y por ósmosis, que él transformó en espíritu deportivo. Debemos pensar en una influencia británica: el más peligroso antagonista desembarazado de toda moral por no estar compitiendo por odio.
Efrén registró su naviera en enero de 1911, abriendo oficina en la calle Correo, de Bilbao, número 12, piso 3. °, una planta demasiado alta para cualquier sede comercial. Tampoco aquella calle del casco viejo era la más indicada. O sí lo era, tratándose de una naviera con un solo barco. No lo podíamos saber, era el primer caso que se daba. Y luego, la otra originalidad, la pintura del César. No mantuvo el color negro del casco, como era casi de precepto para los barcos matriculados en Bilbao; lo pintó de un añil insoportable y, en sentido longitudinal, una franja rosa de cuarenta centímetros a media altura entre la línea de flotación y la cubierta. El César (enseguida Dover) y los hermanos que le siguieron serían siempre perfectamente identificables antes de descubrirse en la distancia el emblema de la compañía en su chimenea. La prisa de Efrén por sacarle rendimiento se manifestó en el contrato que ofreció a la tripulación estando todavía el barco en el dique. Ni uno de los hombres aceptó a su nuevo dueño. Lo que no indicaba necesariamente fidelidad a Camilo Baskardo. La razón estaba en el propio Efrén, en la madre de la que procedía. No le quedó otra opción que ponerse a buscar nueva gente. La encontró en tres o cuatro meses, justo cuando el César abandonaba el dique con su nuevo nombre. Todo estaba listo para su primer viaje, que sería a Inglaterra con mineral de hierro de la mina de Ella, es decir, de la familia. Sólo entonces salió a la luz el problema de los intestinos que culebreaban por las sentinas del César-Dover, aquella inextricable red de kilómetros de tuberías, válvulas y llaves de paso que constituía el terror de maquinistas, caldereteros y engrasadores de toda la costa cantábrica. Algunos primeros maquinistas habían intentado sacar un plano del laberinto y conseguían alguno que se aproximaba un poco a la realidad, aunque ni siquiera a su creador le resultaba digerible, menos a otros maquinistas, y mucho menos al calderetero, que era quien en la práctica lo tendría que usar, suponiendo que hubiera un solo calderetero que resistiera la visión de cualquier plano sin ponerse enfermo. Porque ellos son una raza con rancho aparte. Pertenecen más al mundo de las tripas de un barco que al de fuera, incluidos el puente y la cubierta. Viejos o avejentados, endurecidos y debilitados, chorreando sudor y grasa negra, recorren su feudo ardiente al ritmo de los cigüeñales y manoseando su único amigo, la bola de cotón secante. Llegan a caldereteros por una mala jugada del destino y odian tanto su profesión que nunca la dejan. Un barco no funciona sin un calderetero loco en sus entrañas. Algunos astilleros los construyen como una pieza más de las máquinas: se decía que éste era el caso del calderetero del César, botado al mismo tiempo que el barco. Sólo él entendía, en un treinta por ciento, aquella maldita maraña de tuberías.
Al probarse las máquinas, se levantaron las planchas de las sentinas y nadie se atrevió a meter mano en lo que apareció debajo. Habían oído rumores, incluso algunos fueron advertidos por parientes o amigos que ya habían trabajado en las máquinas del César, pero lo tomaron por exageraciones de marinos. «¡La hostia!», exclamaron. «Esto sólo lo entiende Lechuga.» «¿Quién es Lechuga?», preguntó el primer maquinista. «Jesús Ponposo.» «¿Y quién es Jesús Ponposo?» «El calderetero del César.» El nuevo capitán llevó a Efrén el informe y Efrén exclamó: «¿Es que he contratado a una tripulación de inútiles?». «Sólo ocurre que las tripas de ese barco son distintas de las tripas de los demás barcos», dijo el capitán. «¿No hay más que un hombre en el mundo capaz de echar a andar mi barco?», volvió a exclamar Efrén. «Nada más que uno», aseguró el capitán.
Un par de horas después Efrén se personaba en el domicilio de Jesús Ponposo. Tenía sesenta años, vivía en una minúscula casita del Puerto Viejo de Algorta y le llamaban Lechuga porque llevaba sus casi cincuenta años de calderetero repitiendo: «Cuando deje la mar plantaré lechuguitas en mi huerto». Abrió la puerta su esposa y Efrén fue derecho al grano: «Ya sé que tampoco quiso usted seguir en el Dover conmigo, pero le pagaré el doble de lo que le daban antes». «¿Por qué ha venido?, ¡maldita sea!», se supo también que exclamó Ponposo. «No tenía que haber venido, no se le hace esto a un viejo.» «Le estoy ofreciendo un puesto con doble paga en el mismo barco», dijo Efrén. «¡Es una oferta hecha por el demonio!», exclamó Ponposo. Parece que Efrén retrocedió un paso y sonrió. «¿Tanto me odia?» «¡No se trata de usted sino de ese barco!» «¿También le tiene miedo, como los otros? Me habían dicho que para usted no tiene secretos lo que hay…» «Mi parienta sabe que me había despedido de ese maldito barco para siempre. Pregúnteselo y sabrá que no miento. Fue mi gran ocasión de retirarme para siempre donde pisa el buey. Y ahora usted viene a decirme que el César me necesita.»
El pobre hombre suspendió su retiro feliz apenas iniciado y regresó a su verdadero amor. No aceptó ningún aumento de sueldo. Así son los caldereteros.
La Marítima Bilbao se estrenó con el primer viaje de su único barco, ahora bautizado Dover. Todos los que posteriormente fue adquiriendo Efrén serían bautizados con nombres de la costa de Gran Bretaña. Su salida del puerto despertó expectación por sus insólitos colores. «Lo ha pintado de carnaval porque son las pinturas más baratas que ha encontrado», dijo alguien. A pesar de su creciente prosperidad, al hijo siempre se le consideró tan antipáticamente mezquino como a la madre. A ella también se le descubrió en la punta de La Galea cuando el flamante carguero cruzó rumbo a Inglaterra. Sin bajar de su birlocho, tiesa, vestida de negro, allí permaneció hasta que el Dover fue sólo un puntito en el horizonte.
Un par de años después se enteró Getxo de que Efrén estaba comprando barcos a precio de chatarra, cuando a uno de ellos se le abrió una vía de agua a poco de rebasar los morros del puerto en un primer intento de viaje y hubo de ser remolcado al dique seco hundido hasta la cubierta y con toda la tripulación en lo alto del puente como ratas en un naufragio. Tres meses antes, al ser pintado como el Dover, al barco se le bautizó Cardiff. La tripulación llevó a la Marítima Bilbao a los tribunales por imprudencia temeraria, cargo que impuso el abogado sobre el de intento de asesinato propuesto por las víctimas. La querella no prosperó. El Cardiff fue parcheado en los astilleros familiares y botado con alguna posibilidad de que, esta vez, no se hundiera. Para entonces la tripulación había desertado y, para recuperarla, Efrén hubo de garantizarle el pellejo con una póliza de seguro de vida para cada miembro por un valor de mil duros. La compañía de seguros que lo respaldaba fue La Bolsa, es decir, la de Efrén.