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– No sólo el amor de ella sino también el de él -hubiera sostenido yo ante don Manuel, pero no hizo falta, porque esto sí se lo concedió a la sangre de Ella.

– En su visita de aquel junio, lo acompañaba Ángela -me contó alguna vez don Manuel-. Desde hacía media docena de años sólo me visitaba en junio, en el aniversario de la cacería de llamas. Una sola vez al año (no como en otro tiempo, que se presentaba todos los meses y, aún antes, todas las semanas, siempre con la pregunta lanzada con ferocidad: «¿Dónde escondiste al último diablo?», en la que introdujo una variante cuando, de pronto, dejó de tutearme, cosa que ocurrió, precisamente el día en que apareció, en 1918, con Ángela. Entonces la pregunta fue: «¿Dónde tiene usted escondido al último diablo?», que sonó más respetuosa, menos directamente acusadora, una pregunta que se la podría haber formulado a cualquier otro del pueblo si hubiera abrigado la más mínima sospecha de que estaba en condiciones de darle la respuesta. Pero sabía que sólo la tenía yo).

»Oh, sí, por aquel tiempo saqué la cuenta de las veces que llamó a mi puerta: unas cien en diez años. Mi pobre madre se cansó de invitarle a pasar y, a partir del segundo año, se limitó a desandar el pasillo para anunciarme: "Aquí tienes a la visita", sin una entonación especial, asumiéndolo como una tormenta de invierno. Y yo salía al umbral y allí estaba Efrén, tieso, duro, mirándome desde antes de que yo apareciera al fondo del pasillo: todo igual que la primera vez, en aquel lejano julio de 1907, recién salido de la clínica (fue su primer movimiento al abandonarla), en la que permaneció un mes curándose de la pérdida de la media libra de carne de su hombro. Ni siquiera a mis catorce años sentí miedo en aquella su primera visita: me duraba la emoción de lo vivido un mes antes, mi dolor por el asesinato del rebaño, mi asombro por el ensañamiento de los cazadores, en particular por el ensañamiento de Efrén. Yo, en aquel momento, aún seguía luchando por la salvación de las llamas, quiero decir que tal era mi estado interior. Lo tuve y lo tendría frente a mí, pálido, desencajado, clavándome sus ojos de acero. Deseé no tener a la madre a mi espalda (sólo se quedaba allí en los primeros meses, hasta que se aburrió de la monotonía), por si era ella la que sostenía mi entereza. Se lo dije todo con la expresión y supe que él recogió mi reto. Le comuniqué, así, que yo tenía al macho a buen recaudo, que jamás le revelaría el refugio, que me sentía feliz mortificándole con ello, que si la ocasión no me hubiera venido a la mano la habría provocado, habría traído las llamas a Getxo y superado la cacería con tal de salvar a la última superviviente del punto de mira de su rifle y luego reír a carcajadas el resto de mis días. Creo que todo esto le comuniqué con mi expresión. Y lo vencí. Me refiero a que le obligué a hablar: "¿Dónde está?, ¿dónde escondiste al último diablo?". La madre me miró y luego volvió a mirar a Efrén. "¿Qué dice?", me preguntó. Él se dio la vuelta (fue como si sólo su brazo en cabestrillo diera la vuelta) y se alejó escaleras abajo. "¿Qué decía de un diablo?", preguntó la madre. "Nada", dije. No sé si entonces empezó a respetar mi secreto o si en ese momento se olvidó de él (como le solía ocurrir) hasta la siguiente visita de Efrén, es decir, hasta la semana siguiente, o pasó de un salto a otro terreno. "Manolo", me dijo, "ten cuidado con esta gente fuerte y mala, no te les pongas delante.”

»Bien, pero en junio de 1918 no vino solo. Más exactamente, ella le siguió, sintió curiosidad por saber adónde iba y a qué, entendiendo que fuera lo que fuese se trataba de algo de él. Me refiero a que parecía interesarse por sus cosas hasta el extremo de acercarse a nuestra casa, entrar en el portal, subir las escaleras y soportar durante un tiempo ínfimo a la gente insignificante que saldría a la puerta. Una experiencia absolutamente innecesaria en su vida. Yo tenía entonces veinticinco años y creía entender algo de estos asuntos. Y si de verdad se interesaba por él hasta ese extremo, es que lo amaba. ¿Por qué no? Madia o Magda se casó con tu tío Roque por amor, pues en un principio se enfrentó a su parienta o lo que fuera por seguir a su esposo a Altubena: ya ves que puedo aceptar cosas así en gente… Es que, ¡maldita sea!, Ángela estaba ante mi puerta cuando Efrén me lanzó la pregunta que ya olía, bueno, su variante. Estoy seguro de que él habría preferido no tenerla entonces a su lado: su presencia rompía el estilo de aquellas visitas por primera vez en once años. Se sintió interferido. Limó su pregunta y, escuchándose, se sorprendería de sí mismo, porque me tenía delante y yo nunca dejaría de ser para él el chico de las llamas, el tiempo no transcurría ni para él ni para mí, por no mencionar mi expresión transmitiéndole todo aquello. Acaso, también, descubriera por primera vez que el chico de las llamas tenía ya veinticinco años, es decir, que el tiempo sí había pasado, al menos, para otros. Debilitó la agresividad de la pregunta por concesión a Ángela Lapaza, allí presente, a su noviazgo, a su felicidad, incluso a su amor por ella. Aunque sólo afectó a la piel, quedó así para el futuro: "¿Dónde escondió usted al último diablo?". No dejó de ser un alivio. El resto de Efrén siguió intacto.

»Ángela no perdió un solo latido de la escena. Yo nunca la había tenido tan cerca. Quizá fuera la primera vez que pisaba mi escalera una figura tan exquisitamente compuesta. La recuerdo con sedas blancas, puntillas, sombrero de pamela, un diminuto bolso de cerrada malla metálica y zapatitos de hada. Pero su boca era firme, sus ojos, incoloros, y, a pesar de su atavío celestial irradiaba un seco fulgor de faro lejano. Si alguien me preguntara cómo me miró, tendría que responderle que no recuerdo que lo hiciera; más exactamente, que no esperé que lo hiciera, o que a la escena le convenía que no lo hiciera, incluso que yo no la mirara a ella, pues podría verla, y ella sobraba allí, me refiero a que ella misma se sobraba allí, porque el momento era nuestro, de Efrén y mío, tampoco de la madre, que no se retiró, como lo hacía en los últimos años tras abrir la puerta y avisarme: le retuvo la presencia de Ángela, a la que jamás había podido fisgonear tan a sus anchas.

»Ángela esperó a un paso de la espalda de Efrén, inmóvil, observando, aún levemente divertida, las manos una sobre otra por delante sosteniendo el bolsito a la altura de sus muslos. Se me ocurrió pensar que lo habría seguido hasta allí sin su permiso, en una especie de travesura. Pero Efrén estaba en otra cosa y ella lo entendió así nada más oír su pregunta irrumpiendo brutalmente en la semioscuridad del descansillo. "No entiendo", murmuró Ángela enseguida y, de pronto, se había convertido en otra persona. Efrén y yo proseguimos con nuestra representación. Ángela no pudo sospechar que a su presencia le cabía el gran honor de haber alterado la vieja escena. Comprendí su asombro ante la, aún, ruda pregunta estallando en el vacío, sin palabras previas de presentación o saludo, como un meteorito procedente de la nada golpeando la Tierra. Y luego yo, mudo en el umbral, sin replicarle ni pedirle una explicación, cumpliendo con mi eterno papel de chico de las llamas. Efrén había marcado, once años atrás, cómo debía ser aquello y era el único que lo podía cambiar, porque yo nunca dejaría de ser el voluntarioso chico de catorce años que bastante tenía con enfrentarse al depredador. "¿Qué es esto?, ¿qué ocurre aquí?", exclamó Ángela sin mucha voz. La cuestión, para Efrén, no radicaba tanto en la dificultad de hacer a su novia una segunda concesión, violando nuestras normas, como en la naturaleza refractaria de la escena. Incluso llegué a desear que se desarrollara como las anteriores, pues no sólo era Efrén quien necesitaba probar fortuna con regularidad y verme para convencerse a sí mismo de que la dignidad, la irreductibilidad de la población de Getxo, su libertad, no eran abstracciones, sino que tenían un nombre y éste se ocultaba en algún sitio y, por tanto, eran susceptibles de ser destruidas; y yo necesitaba igualmente de sus visitas para seguir creyendo en el macho de las llamas como en algo más que un sueño.