Los hombres lamentarían después haber desaprovechado la ocasión de espiar cómo Ella se movía en su cueva, cómo era ésta por dentro, cómo era el mundo alojado allí, porque la emoción del momento les impidió siquiera echar una fugaz ojeada a lo que tanta curiosidad despertaba en todos los habitantes de Getxo desde 1895. Finalmente, la mujer se detuvo ante ellos y les dirigió una mirada increíblemente quieta. Uno de los hombres la interpretó, si bien más tarde confesaría que cómo pudo él atreverse a pensar que ella les estaba pidiendo un favor, aunque fuera sin palabras. «Ya han ido a avisar al médico», le aseguró. Y salieron todos pronunciando «agur», por lo menos, dos veces cada uno y cerrando la puerta sin haber oído una palabra o siquiera un sonido de agradecimiento, la leve vibración de sus labios al paso, por descuido, de un soplo de aire.
No habría merecido la pena mover el carro únicamente para llevarlo ante la verja del otro lado de la carretera, pero hubo que tener en cuenta el trayecto por el jardín cargados con el pesado cuerpo del marqués -que había perdido el conocimiento-, de modo que alguien tiró de la campanilla y uno de los criados de polainas rojas abrió la puerta de hierro negro y el carro entró y viajó por el camino de guijo hasta el porche. Y allí estaba ya Cristina, de pie, esperando. Los mismos hombres tomaron a Camilo y lo bajaron y miraron a Cristina con la pregunta en los ojos: «¿Dónde lo ponemos?». «¿Está muerto?», preguntó Cristina, sin dejar de mirar la otra casa. «Todavía no», contestó uno de los hombres, y parece que entonces miró Cristina por primera vez a su esposo. «¿Qué ha pasado? Es igual. Tenían que cumplirse los presagios.» «Ya está avisado el médico», dijo uno de los hombres. «¿El médico?», repitió Cristina, añadiendo: «Que llamen a don Eulogio». Hizo una seña con la mano y el mismo criado que abriera la puerta del jardín indicó al grupo que le siguiera.
Remontando la escalera interior les salió al paso Fabiola. Acarició con su mano el rostro blanco de su padre y susurró lánguidamente: «Pobre papá», y se apartó para sentarse en un peldaño de la escalera y, encogida, llorar en silencio. Descargaron a Camilo en el lecho de soltero de su dormitorio y contarían los hombres que demoraron un par de minutos la salida por no dejarlo solo. «Estaba más muerto que vivo y no tenía a su lado un solo familiar», contarían.
Cuando bajaban las escaleras interiores se cruzaron con Cristina, que subía. «Muchas gracias por las molestias», les dijo. Se detuvo y los miró a los ojos uno a uno. «¿Ha sido un accidente?» Los hombres bajaron la cabeza. «Bueno…», mormojeó uno. «Pues si no ha sido un accidente me gustaría oír que ha sido cosa de ese asesino hijo suyo bastardo», dijo Cristina. «Bueno…», mormojeó el mismo hombre. Siguieron escaleras abajo y, pisando ya el hall, otro de ellos se detuvo, miró a lo alto y, sintiéndose protegido por la distancia, se atrevió a pedir a la marquesa: «Vaya a su lado. Desnúdelo. No se asuste por la sangre. Acuéstelo. Cúbrale la herida. Quédese a su lado». La única respuesta de Cristina fueron los nombres que pronunció llamando a las criadas.
El hombre aquél se refería a la herida en el pecho de Camilo Baskardo. De ella no murió él sino el futuro que tenía diseñado hasta el momento. La bala le había rozado el pulmón y salido por el otro lado. Necesitó bastantes semanas en cama para reponerse, durante las cuales pudo meditar primero, y diseñar su futuro definitivo después, el futuro de su imperio, el futuro de su mundo de hombre del hierro -según don Manuel-, simplemente, su futuro.
Al cabo de tres meses, en septiembre, en plena convalecencia, nació Cándido, el hijo de Efrén (la herida de éste fue mucho más leve, una herida limpia en el muslo, que sanó en cuatro semanas). Septiembre, pues, la frontera entre sus dos futuros, el clausurado y el que estrenaba la gran decisión tomada no importa por quién para asumir el gran viraje. Coincidían los tiempos: un tiempo razonable de tres meses de meditación y llega Cándido, el empujón que necesitaba para reclamar al notario junto a su sillón de convaleciente; el nieto, la continuidad; y no sólo un nieto, cualquier nieto, sino el de aquella sangre también suya en disposición de colgar del inocente cuellecito del infante las credenciales metálicas garantizando la inversión en él de las esperanzas de un abuelo desertor.
Cuando, ante los atónitos ojos de Getxo, se produjo la ocupación del Palacio Galeón por parte de Ella y su tribu, nadie imaginó lo que realmente había detrás. Aquella mansión llevaba cuarenta años sin estrenarse. Camilo Baskardo la levantó en el último cuarto del siglo pasado para ocuparla de recién casado. Era una masa ciclópea a espaldas de la playa de Ereaga, en la curva de la carretera hacia Neguri y Las Arenas. En aquel tiempo, los embates de la mar alcanzaban el emplazamiento del palacio, cuyo basamento era un murallón a modo de rompeolas, sobre el que un largo corredor, siguiendo la curva, permitía contemplar las olas estrellándose contra su base. Hacia arriba y hacia atrás, se construyó el casón. En 1919 seguía siendo el edificio más pretencioso de la zona. Pero vacío. Aunque el marqués evitaba su deterioro con un mantenimiento regular. «Y todo fue para Ella», se comentó. «No podía aguantarla más delante de sus narices y le regaló el Galeón siempre que se fuera a vivir a él al día siguiente.»
Parece que poco se apartó la verdad de esta versión popular, pues sólo cuarenta y ocho horas separaron la visita de Ella a la sacristía de don Eulogio de su partida del barrio de San Baskardo con toda su gente en medio del traslado de muebles y enseres en camionetas, de tal manera que se presentaron en su nuevo hogar antes de llenarla con sus propios trastos. «Como los gitanos», se comentó también. «Pero eso a Ella no le preocupa porque es uno de ellos.» A nadie extrañó que el marqués se deshiciera por fin de su presencia, y sí en cambio que hubiera tardado tanto en recurrir a esa solución. «No me convencerán de que no le ha puesto un precio», decían muchos, y así pensaban cuando aún se entendía la ocupación sólo como alquiler o cesión por una temporada. Más tarde empezaron a tenerse noticias de cómo había empezado todo, y las difundió la servidumbre de los marqueses. Un criado de polainas rojas cruzó la carretera, llamó a la casa de enfrente y entregó en mano a la dueña un sobre cerrado. Ella misma había salido al jardín a abrir la puerta, como si hubiera adivinado de qué se trataba. Abrió el sobre delante del mensajero y leyó el breve escrito. El criado estaba muy nervioso, era la primera vez, en veinticinco años, que se producía una comunicación entre las dos mansiones, si exceptuamos las piedras que Ella arrojaba contra la otra casa todos los 25 de diciembre, aniversario de su fecundación por Camilo. Vigilaba a la mujer a distancia prudencial y hubo de esperar demasiado tiempo, el que Ella tardó en deletrear laboriosamente las seis líneas. Luego la vio romper el papel en mil cachitos, mientras hablaba: «Dile que no le creo nada de lo que me pone. Y no me moveré de mi casa si antes no da su apellido al mejor de sus hijos». El criado regresó con la respuesta oral ante el sillón de convaleciente de Camilo y éste ya no se molestó en escribir la segunda comunicación. El criado se concentró para no perder ninguna palabra por el camino: «Dice que se pase usted por la iglesia a que don Eulogio registre en sus libros a Efrén Baskardo. Y que no olvide que debe cambiar de casa en cuarenta y ocho horas», transmitió a la mujer. Menos de una hora después, el birlocho de Ella se detenía ante la iglesia. A través de la ventana de la sacristía el cura la vio descender del carruaje con una precipitación apenas contenida, lo que le infundió la seguridad en sí mismo que siempre le faltó ante ella. Se adelantó a abrirle la puerta.