– Buenas tardes -dijo la mujer.
– El Señor sea contigo -dijo don Eulogio.
– Vengo a que acabe de bautizar a mi hijo.
– Tu hijo ya está bautizado, gracias a Dios.
– Pues a que acabe algo que quedó pendiente hace treinta años.
– Sé a qué vienes -dijo don Eulogio con suficiencia-. Ayer recibí los papeles del Juzgado.
Y entonces la mujer exclamó:
– ¿Lo sabe? -sorprendida, traicionando su aplomo habitual, revelando con esa pregunta impulsiva, ese fallo, que había vivido desde 1889 pendiente de la decisión de otra persona. Tampoco pudo reprimir un escalofrío de felicidad. Pero enseguida recobró su ser.
Don Eulogio buscó en un viejo mueble el libro parroquial de hacía treinta años, lo descargó sobre su mesa, se sentó frente a él y lo abrió por la mitad, pero las hojas empezaron a moverse solas hasta detenerse en la página exacta, porque tenía incrustada una ramita de eucalipto con hojas secas y amarillentas. Don Eulogio la retiró ceremoniosamente y la viajó hasta la papelera sin que se desmigara. Mojó la pluma en el tintero de cristal y miró a la mujer.
– ¿Qué espera? -dijo Ella-. ¿No le han dicho lo que tiene que hacer?
– Sí, pero me lo tienes que decir tú, que eres la madre.
Se miraron.
– Y tenía que haber traído al interesado.
– Sí, en brazos. Si a usted no se le ha olvidado sumar sabrá que mi hijo ya es un gandul de treinta años.
Don Eulogio, que nunca tuvo sentido del humor y menos en aquella ocasión, endureció su boca. Ni siquiera cuando contó el episodio y alguien exclamó: «¿Dijo eso? ¿Dijo eso?», llegaría a comprender que sus oídos habían disfrutado del privilegio de ser los primeros -y, con el tiempo, se vería que los últimos- en recibir aquella especie de excrecencia de Ella, pues nunca más volvería a tener la mujer un desliz semejante.
– Desliz, no, quítatelo de la cabeza -comentaba don Manuel-. No era algo que guardase, que perteneciera a su persona. Escucha: no es que no prodigara el humor, es que en la fórmula química de los materiales de que estaba hecha a Dios se le olvidó poner aunque fuera la más insignificante partícula de esa alta distinción de los humanos… O no se le olvidó, sino que no quiso ponerla, dejándola así convertida, por una de sus inescrutables decisiones, en criatura única. O, simplemente, Ella se lo pidió y Él aprovechó la ocasión de probar el nuevo modelo.
Pienso que ni siquiera nos mostró la excrecencia para restregarnos su triunfo por las narices. Sencillamente, la noticia tantos años esperada la inundó de felicidad y necesitó de un desahogo, porque, sin duda, ya desesperaba de contar con ella. Hasta el propio don Manuel hubo de admitirme que, al menos, aquello sí había escapado a su control.
Don Eulogio no era un hombre directo y no se atrevió a reclamarle crudamente los apellidos. Empezó a advertir que, de nuevo, estaba perdiendo los papeles ante ella, pues allí la tenía, paralizada por la dicha y como alargando el momento a fin de gozarlo a fondo, silenciosa, buscando, quizá, una normalización total del procedimiento de registro, la repetición de la pregunta del cura anulando los treinta años. A don Eulogio le vino una ráfaga de inspiración, de las pocas que tuvo en su vida. Dijo:
– El nombre del niño será Efrén.
Y bajó la vista para leerlo con la rugosidad de quien lo escribe. Y esperó. Contaría después que un cura prudente no podía hacer otra cosa.
– El apellido del padre del niño es Baskardo -dijo Ella de pronto, pero sin romper la cadencia abierta por el cura.
Durante el primer tercio de los treinta años, don Eulogio se solía atormentar abriendo el libro y contemplando con terror la línea en blanco, vacía de apellidos, en la que ni siquiera se atrevió a escribir Altube cuando Ella se casó, en 1890, con mi tío abuelo Santiago, porque la mujer se lo había prohibido, aunque tenía señalado con una rayita imperceptible la distancia de la n a que arrancaría la B.
Se puso a escribir con el balbuceo con que lo había hecho en la escuela. «No puedo creer que yo haya llegado a verlo», contaría después que pensó en plena tarea. Sin embargo, la suave dicha le abandonó al emprenderla con las d y o últimas y descubrir que, más allá de ellas, se abría un nuevo abismo. Alzó los ojos con resignación y encontró a la mujer recorriendo el cuarto con la mirada.
– Puerta.
– ¿Qué? -exclamó don Eulogio.
– Puerta. Ponga Puerta después de Baskardo -señaló Ella, regresando a su actitud inmóvil y vigilante, y, sí, feliz.
– Puerta -repitió don Eulogio-. ¿Desde cuándo te apellidas así? ¡Dios mío, se te acaba de ocurrir! ¡Dios!, ¿has vivido hasta ahora sin preocuparte de tener un apellido? ¿Cómo has podido vivir sin un apellido? Siempre confié en que lo tuvieras, aunque te lo callaras, tú sabrás por qué. Y resulta, ¡Dios mío!, que nunca tuviste uno, cuando todo el mundo puede tener un apellido a poco que lo busque… ¿Y lo acabas de encontrar en este cuarto sólo porque lo necesitabas para esta ocasión? Simplemente, echaste una reojada por aquí y por allá y, ¡pum!, lo primero que te saltó a la vista. ¿No te gustó más ventana?, ¿o cortina? Si te era tan fácil hacerte con un apellido, ¿por qué no…?
Don Eulogio se refugió en su propio silencio y tardó tres o cuatro minutos en calmar su mano para poder escribir. Estando en ello, no advirtió la presencia de la mujer detrás de él hasta que incorporó su cuerpo desde la cintura. Descubrió que los ojos no se apartaban de la línea que acababa de rellenar. «No es toda la línea, el nombre y los dos apellidos, sino sólo uno, Baskardo», pensó. Y en ese instante le asaltó un ataque de tos al recordar los papeles del Juzgado y la nota que Camilo Baskardo había adjuntado a ellos, escrita de su puño y letra: «En adelante ya nunca será Baskardo sino Bascardo». Se apresuró a coger de la mesa el raspador y maniobró sobre la letra hasta dejar sólo un hueco. Entonces tomó la pluma y encajó cuidadosamente la c. Sabía que la mujer seguía todavía a sus espaldas, vigilando sus movimientos, y sonrió sin volverse.
– No te asustes, no borraba todo el apellido, nada más su k. ¿Te has fijado bien? Tu hijo ya no es Baskardo con k, sino Bascardo con c. Él -don Eulogio volvió a toser-, Camilo -nueva tos-, lo quiere así. Se habrá cansado de echar firmas con la k de Baskardo. Me refiero a que es más fácil escribir la c. No lo olvides: Baskardo con c. Te ha durado poco la k.
A Ella le sobraron veinticuatro horas, de las cuarenta y ocho del plazo, para trasladarse al nuevo domicilio. No lo tuvo que pensar: en cuanto comprobó que no era una broma de mal gusto, alquiló seis camionetas con chófer y cargadores, y su tribu fue en el primer viaje repartida en las cabinas, excepto el gordo de mi tío abuelo Santiago, quien hubo de viajar en la caja, sentado en su mecedora empotrada entre un sillón de cuero y una fuente de mármol. En los anteriores cuarenta años, Camilo Baskardo había llevado al Palacio Galeón, ocasionalmente, muebles y ornamentos de valor supuestamente artísticos -adquiridos en subastas y comercios de antigüedades-, pero la mansión era tan inmensa que pasaban inadvertidos. Sus primeros habitantes estrenaron un espacio tan hueco que sus ecos resonaban en los confines de un mundo recién creado. Llegaron, sí, como gitanos, viajando con sus enseres y tomando posesión de una vivienda que no les correspondía. Getxo llevaba esos cuarenta años esperando que Cristina, por fin, accediera a salir de su casa solar y los marqueses ocuparan la mansión no levantada por el esposo sino por el destino, y él -el pueblo, las gentes- pudo experimentar ese confuso orgullo de soñarse parte de esa grandeza y mostrar al mundo -con ese confuso orgullo del viejo esclavo- un universo perfecto, con todas las piezas en su sitio. Por el contrario, fue a Ella a la que vieron abrir aquella puerta y profanar el Olimpo.