– En esta ocasión, también nos insultó con sus formas -decía don Manuel-. Bien que trapicheara para hacerse con esa casona, o que el destino no cumpliera lo que parece nos tenía prometido, o simplemente un golpe de suerte la pusiera en sus manos… Bien, pero ¿por qué nos humilló? Nos arrojó a la cara que no había cambiado, que no le habían hecho mella los más de treinta años viviendo en Getxo. Y sabe Dios que necesitábamos recibir de ella, de vez en cuando, algún indicio de haber sufrido de nosotros aunque fuera la más infinitesimal impregnación, que nos alentaría a seguir esperando sus cambios, por mucho que tardaran en llegar; estábamos resignados a esperarlos, si no en ella misma, en un hijo de la primera generación, o de la segunda; lo único que ya le exigíamos era una esperanza, ese indicio… Por el contrario, se presenta en el Palacio Galeón con el mismo aire de desecho irreductible con que se la vio por primera vez en 1887, y además cambiando el sentido de la impregnación, que ahora era de ella hacia nosotros, pues allí estábamos todos entre los cachivaches que transportaban las camionetas: tu tío abuelo Santiago y tu tío Roque y, ¿por qué no?, los ocho hijos de éste, el rebaño inocente: Cenobia, los gemelos Eladio y Leonardo, Pelayo, Aurelio, Felipe, Poncio y Anastasi…
– Camilo la obligó a hacerlo con excesiva precipitación, sólo le concedió cuarenta y ocho horas… -argumentaba yo-. A nadie le habría exigido tanto. Fue, sin duda, un trato humillante, una discriminación. Simplemente, un abuso.
– Necesitaba quitársela de encima casi sin que Ella se diera cuenta, sin darle tiempo a pensar, no fuera a darle por improvisar un último gesto de los suyos, dejar una funesta señal de despedida. Y también que Cristina apenas advirtiera esa fuga; que de pronto descubriera vacía la casa de enfrente y se tranquilizara no sólo pensando que ya nunca le arrojarían piedras por Navidad sino, incluso, que habían sido un sueño los veinticinco años precedentes de proximidad. Necesitaba (él, Camilo) tener a Cristina en absoluta calma al informarle: «El precio de esta paz ha sido ese inútil palacio que te negaste a habitar». Quizá con alguna vana palabra, quizá con el silencio, Cristina lo aprobaría, porque sólo le mostraban la punta del iceberg. Camilo pediría a don Eulogio que silenciara su reconocimiento de Efrén, aunque es difícil que Cristina no llegara a saberlo antes de 1942, año del cataclismo y de su muerte. No le importaría demasiado: por un lado, todo el mundo estaba en el secreto, y, además, otra mancha y otra vergüenza caerían sobre el adúltero al hacer pública la certificación de su propio pecado… Bueno, pero la gran triunfadora volvió a ser Ella. Y por partida doble. Fue demasiada buena suerte, un botín excesivo incluso para quien tan implacablemente había maniobrado durante tantos años. Fuera de toda medida. Recibió el Olimpo y…
– Sólo el Olimpo. De la herencia desviada no tuvo la menor noticia hasta 1942. Ni ella ni nadie. El secreto quedó entre Camilo y el notario.
– Lo adivinaría, lo presentiría, dispuso de datos suficientemente expresivos: el reconocimiento del hijo y el regalo del Olimpo, que hablaban del repudio de una familia y de la elección de otra… Pero, no, no lo sospecharía.
Se sentía tan feliz que no reparó en la clase de traslado que hizo, en el asombro de Getxo, aunque esto le tendría sin cuidado. Ocurriría como en un sueño: una heroína flotando en un resplandor irreal y disponiendo el viaje de su gente en una alfombra mágica. Al abrir el palacio sería consciente del simbolismo de estar abriendo la última gran puerta por conquistar. Sí, realmente, aquella mansión era excesiva, desbordaba, incluso, la desesperada ambición con que apareciera entre nosotros hacía poco más de treinta años. Durante algún tiempo, Getxo se resistió a aceptar que el Palacio Galeón fuera a ser la residencia definitiva de Ella y los suyos, por entender que era un hecho antinatura. No se trataba de legitimidades sino de buen gusto. Al menos, quedó el consuelo de que sus inesperados habitantes no resultaron insensibles al lugar, pues éste, en gran parte, llegaría a influir con fuerza en sus vidas.
A las tres semanas de ocupación, allí se trasladó Efrén con su esposa e hijo, abandonando para siempre la casa alquilada en Amorebieta. Y enseguida hicieron lo propio los padres de Ángela, Anastasio y Aurelia, abandonando, igualmente para siempre, su mansión negurítica. «Tira mucho el Galeón», comentó Getxo entre sonrisas. No hay duda de que, en el caso de los padres de Ángela, pesaría lo suyo el prestigio de vivir en la que ya llevaba cuarenta años siendo mítica residencia. Los mejor pensantes adujeron la razón de la convivencia con su nieto Cándido, el niño predestinado; pero aun éstos consideraron que acaso la decisión no se habría producido de no estar el Galeón de por medio. Anastasio Lapaza y Aurelia Garzea pertenecían a la aristocracia de la provincia y no necesitaban de más lustre; por las venas de él corría la sangre de los hombres del hierro, era un chatarrero enriquecido por su propia chatarra sublimada y acabada de divinizar por su matrimonio con una descendiente directa de aquellos Garzea que, siglos atrás, guerrearon a muerte contra otros banderizos de la tierra, los Jaunsolo, ambas estirpes las primeras del país y las que más vidas humanas segaron; Aurelia Garzea convertiría las veladas en el Palacio Galeón en cronicones de su rancia familia, aunque nunca traspasaba la época de doña Toda Garzea, la figura de doscientos kilos y ciento treinta años en quien culminó la decadencia del apellido, la mujer que habitaba en el interior del país e incapacitada, por su peso, para viajar, y que al cumplir cien años empezó a pedir ver la mar y murió feliz cuando su hijo Ombecco, de noventa y dos, tres décadas después le trajo de la costa la ballena más grande del mundo oliendo a salitre. A sus casi setenta años, Anastasio Lapaza seguía dirigiendo sus empresas, aunque sin apenas personarse en ellas: lo hacía por teléfono, excepto cuando la orden tenía el rango de secreto de guerra: como no se fiaba de un artefacto que exigía hablar a gritos, utilizaba silenciosas palomas mensajeras. Lo primero que dispuso al establecerse en el Galeón fue un nutrido palomar perdido en uno de los desvanes.
– Acataron vivir en el Olimpo -decía don Manuel.
No se lo entendí la primera vez.
– ¿Acatar? ¿Qué y de quién?
– Existía ya el escenario y, en él, el ser predestinado.
– ¿Predestinado?
– El pequeño Cándido, de dos meses. Cándido Baskardo, todavía, sí, en quien se cumplirían los augurios.
– ¿Augurios?
– El elegido ocupaba ya el escenario para protagonizar la Apoteosis… Por favor, Asier, piénsalo con mayúscula… Todo estaba a punto. Lo menos que podían hacer cuantos habían traído la maldición era componer el coro.
– ¿Quiere usted decir que Ella y Efrén y Anastasio y Aurelia y todos los demás habían elegido o consentido vivir bajo el mismo techo…
– En el Olimpo.
– …sabiendo que…, bien, en el Olimpo…, sabiendo que allí iba a ocurrir algo importante para todos? ¿Qué?
– No lo sabían. Actuaron movidos por la fatalidad que ellos mismos habían puesto en marcha. Y ahora, en 1942, se derrama sobre la mezcla el precipitado que da sentido a todo y hará estremecer a los incrédulos…
– ¿Qué apoteosis de qué esperaban sin saberlo? No entiendo nada de lo que usted me dice, pero me preocupan aún más esas sonoridades de teatro griego.