Выбрать главу

Suspiró y echó a andar. Me encontré caminando a su lado al aceptar su invitación a hacerlo, aunque el aire que salió de entre sus labios no fue exactamente una invitación, pero ¿qué otra opción me quedaba si quería mantener alguna esperanza de conocer aquello que le sacaba de quicio? Aún más: me llegó muy vivido que me necesitaba, que si yo hubiera declinado el seguirle, él me habría arrastrado de la ropa. Cruzamos Algorta recorriendo la avenida de Larragoiti en dirección a Las Arenas, luego torció a la derecha, hacia la playa de Ereaga, y sólo entonces supe cuál era nuestro destino.

Había por allí demasiado paseante, incluso para un día festivo. Era, todavía, marzo, habían transcurrido menos de dos semanas del fallecimiento de Camilo Bascardo y de Cristina, Getxo llevaba ese tiempo sin hablar de otra cosa que de la descomunal herencia legada a Cándido Bascardo -ya de veintitrés años- y los alrededores del Palacio Galeón se habían convertido de pronto en una especie de Meca.

– No lo supimos en 1919, ni siquiera lo sospechamos. La propia Cristina tampoco imaginó las dimensiones ocultas del iceberg, lo que explica que su muerte se retrasara veintitrés años. Pero el tiempo estaba corriendo desde entonces -dijo don Manuel.

Contorneábamos la base del murallón que se ceñía a la esquina curva del paseo -o al revés: el paseo se plegaba a la curva del murallón-, pero por la parte más alejada de aquella masa pétrea que parecía cimientos estallando de la tierra. Nos cruzábamos con rostros familiares y nos saludábamos. Por una vez, las miradas no se dirigían al paisaje de la playa y la mar, sino al Galeón.

– El pueblo está muy confuso, no sabe qué pensar, sólo intuye algo -me dijo don Manuel, sin apenas voz y moviendo la cabeza.

– Sólo quiere certificar con sus propios ojos el regreso a la lógica -dije-. Hasta ahora, Ella, Efrén, la tribu inaceptada, ocupaban una mansión inmerecida y ahora se recompone la lógica al entrar por esos balcones una riqueza y un poder inmoderados, a tono con el marco. Pero, seguramente, la realidad es más sencilla. Acaso yo también esté aquí para saber algo más de nuestro nuevo amo.

– Hoy no quiero discutir tu marxismo… ¿Es que no te das cuenta de lo que lleva ya veintitrés años ocurriendo ante nuestras propias narices?

– ¿Qué está ocurriendo ante nuestras propias narices? -sonó la voz de la señorita Mercedes. La teníamos a nuestro lado-. Hola -añadió.

– Hola -dije.

– ¡Nuestra propia historia está desfilando con sus botazas por encima de nuestros callos y no la sentimos! -exclamó don Manuel arrastrando la frase.

El único indicio de que había advertido la aparición de la señorita Mercedes fue un imperceptible desplazamiento para situarla entre él y yo.

– ¿Ocurre algo realmente importante que yo no veo? -preguntó la señorita Mercedes.

– ¿Algo? ¿Que no ves? -exclamó don Manuel, pero sus palabras habían dejado de tener plomo. Su mirada se tornó tan viva que saltó una y otra vez sobre la señorita Mercedes, incapaz de detenerse en ella-. ¿Acaso no has venido a encontrar la respuesta, como ellos?

– Soy una pueblerina más, es decir, una chismosa más. Siento un poquito de curiosidad por saber qué está pasando tras los visillos de esa fachada -dijo la señorita Mercedes.

– ¿Sólo por eso estás aquí? -exclamó don Manuel-. ¿Necesitamos ver sus caras para saber cómo lo están viviendo desde hace veintitrés años?

– ¿Qué puedes esperar de una maestra de pueblo?

Bien, había llegado uno de los momentos en que yo decidía retirarme, desaparecer, dejarles solos, para permitirles resolver algo pendiente sin mi estorbo. Mi bulto entre ambos los condenaba a la viudez, y yo vivía obsesionado por proporcionarles momentos libres de mí. Han transcurrido muchos años, pero aún sigo con la idea de huir a otro continente, o al menos de matarme, y lo haría, creo, si tuviera la certeza de que, sin mi presencia, ellos resolverían su caso. («¿Por qué veintitrés años?», creo que preguntó en ese momento la señorita Mercedes.) En 1939 habían clausurado para siempre el noviazgo que duraba doce años, y lo clausuraron con aquel NO que él pronunció arrodillado ante el altar de San Baskardo cuando don Eulogio le preguntó si quería casarse con ella. Yo estaba detrás de él, en el coro, y él lo sabía: mi mirada perforaba su nuca denunciando lo que iba a hacer. ¡Pero entonces yo sólo tenía quince años! («Según tú, ¿qué está ocurriendo ahí desde hace veintitrés años?», creo que preguntó a continuación la señorita Mercedes.) Iban a hablar, a intercambiar palabras, no importa cuáles, y alguna vez sucedería que don Manuel bajaría la guardia, comprendería lo ridículo de su postura.

Bien, iban a hablar. Estábamos en 1942. Nuestra santísima trinidad vivía su cuarto año de condena y yo había dejado de tener quince años. Iban a hablar e, independientemente del tema, alguna vez las palabras que intercambiaran dejarían de expresar sólo ideas, e incluso es posible que la Guerra hubiese respetado en don Manuel un resto de pasión -suponiendo que la pasión formara parte de su organismo- y ese último residuo se le escapara por un resquicio y creara un ínfimo territorio de libertad sin memoria y entonces ellos podrían sentirse tan próximos como en los tiempos en que no tenían el estorbo…

– ¿Adónde vas?

– Olvidé que tengo que hacer algo en…

– Quédate.

Ni cuando yo era alumno en su escuela me inmovilizó con una orden así. Dimos varios pasos en silencio y cuando don Manuel advirtió que estábamos rebasando el Galeón nos indicó con un gesto de la mano que diéramos la vuelta, y finalmente se sentó en el pretil del paseo y la señorita Mercedes y yo le imitamos. Sin embargo, un instante después exclamaba:

– Lo mejor será regresar. Todos tendremos que hacer algo en casa.

– Aquí se está muy bien -dijo la señorita Mercedes. Volvió la cabeza hacia la playa, a nuestra espalda-. Huele a bajamar.

Gente aislada pasaba lentamente ante nosotros contemplando la mole de la mansión que llevaba allí más de sesenta años, pero que, desde que sabíamos que pertenecía a Cándido Bascardo Lapaza, nos parecía otra. Poco a poco se habían ido encendiendo las luces del interior y de sus azoteas y jardines, hecho que para don Manuel era expresión de una embriaguez exultante.

– No es más que una forma de enviarnos a todos y de repetirse a sí mismos que tienen razones para ser felices -dijo la señorita Mercedes.

Don Manuel se limitó a gruñir sordamente.

– Tienen derecho a ello, ¿no? -insistió la señorita Mercedes-. Parece que a alguien le molesta que la gente sea feliz.

¿Le sorprendí una lágrima? Un poco más y, ante aquel estallido de la crisis interior, quizá se arrancaran con la conversación pendiente entre ellos…

– ¿Adónde vas? -preguntó don Manuel.

Volví a sentarme.

– ¿Para qué le pides a Asier que se quede si no hablas? -le recriminó la señorita Mercedes.

– No puedo hablar, no encuentro las palabras. Necesitaría ser un Wagner para contaros con música trágica lo que siento.

– No tenemos prisa -dijo la señorita Mercedes, bajando la cabeza. La compadecí con toda mi alma, les compadecí a los dos. La postura de resignación de la señorita Mercedes me recordó que yo nunca me resignaría al sacrificio de ambos. De manera que, de nuevo, me puse en pie con ánimo de eliminar el estorbo, pero en ese momento don Manuel hizo lo mismo y marcó la dirección y los tres reanudamos el paseo, esta vez alejándonos del Galeón hacia el Puerto Viejo de Algorta.

– No es una iluminación de felicidad sino de soberbia… ¿Tenemos ya el Olimpo a nuestra espalda? ¡Qué alivio!… Ahí dentro se está fraguando la apoteosis de los hombres del hierro… ¿He dicho que ahí dentro se está fraguando la apoteosis de los hombres del hierro? ¿Sí? Bueno, pues así están las cosas…