– Fraguando -pronunció lentamente la señorita Mercedes.
– ¡Es la palabra! No sólo la mejor palabra para expresarlo, sino la palabra creadora de todo lo demás. Y todo lo demás no es la frase construida a partir de esa palabra, sino la idea construida a partir de esa frase. Porque las ideas no existen en sí mismas, sólo existen en la frase que no existía antes de la idea. Estoy hablando de música. Fraguando. De modo que, por fin, puedo decir que en ese Olimpo se está fraguando la apoteosis de los hombres del hierro.
Estaba tenso. En breves segundos se nos adelantó dos pasos. Se dio cuenta y se detuvo para permitirnos alcanzarlo.
– Lo siento -susurró, pero se refería al tema de la apoteosis.
– Si sigues encontrando nuevas palabras creo que finalmente te entenderemos -dijo la señorita Mercedes.
– Lo siento -repitió él-. Lo siento.
– ¿Qué es lo que lleva veintitrés años pasando ante nuestras propias narices? -preguntó la señorita Mercedes-. Casualmente, Cándido Bascardo Lapaza tiene veintitrés años.
– Si sabéis lo que os voy a decir, ¿por qué esperáis que os lo diga?
– Desde hace quince días, en la persona de Cándido Bascardo Lapaza se han reunido la más grande fortuna y el más grande poder que se hayan conocido jamás en nuestra tierra -dijo la señorita Mercedes-. Y el milagro lo ha hecho el hierro.
– La chatarra -precisó don Manuel.
– No es una mala apoteosis para los hombres del hierro, como tú les llamas -dijo la señorita Mercedes.
– Eso es sólo el principio -dijo don Manuel-, pues la verdadera apoteosis está por venir. Ignoro qué forma tomará o cuándo se producirá, pero ya disponemos de datos, para quien quiera ver, que nos anuncian un próximo acontecimiento histórico tan significativo como para marcar el final de un tiempo y, por tanto, el principio de otro.
– Nada más que eso -dijo la señorita Mercedes.
Y don Manuel, una vez más, suspiró:
– Lo siento.
Giró el cuello para echar un vistazo más al Palacio Galeón, fugaz, como si quemara.
– Dios mío -musitó-. Tal sucesión de hechos coincidentes ha de encerrar un propósito muy concreto -añadió-. El producto, el resultado del proceso, la pieza, es Cándido Bascardo Lapaza naciendo en 1919 del chatarrero Efrén Bascardo Puerta y de Ángela Lapaza Garzea, fascinado por la chatarra y naciendo también de un hijo, Josafat Baskardo, que intenta matar a su padre en ese mismo 1919, y de ese padre, Camilo Bascardo, cuando repudia la parte legal de su sangre y se vuelca en el bastardo que no sólo no había intentado matarle sino que heredó su sangre de chatarrero, como lo estaba demostrando con creces levantando de la nada un imperio, de modo que, si en un delicado gesto de escrupulosidad, en 1919 testó en favor de su nieto Cándido, saltándose a Efrén, es que allí maniobraba igualmente la mano del destino con su cadena de conjunciones.
»Se sabe que Efrén llevaba el niño a la casona de Laparkobaso a que lo viera la abuela, visitas en las que no participaba Ángela. Una boda había emparentado a dos familias, pero no decretado que se amaran. Nada más concluida la ceremonia, se produciría la desbandada de parientes. En los ocho meses que mediaron entre la boda y el estreno del Palacio Galeón, nadie pudo sorprender a los consuegros de Ella visitándola. El muro entre las dos familias habría prevalecido hasta el fin de los tiempos si… ¡Ah, sí, prevaleció! ¡Toda esa gente, sin nada en común, sin deseos de tener nada en común, sin un odio especial que justificara su mutuo rechazo, en 1919 se puso a vivir amontonada en el Galeón! ¿Acaso por sus enormes dimensiones, que garantizaban el no tropezarse entre sí, el no verse en siglos si así lo decidían?
– ¡Uff! -exclamó la señorita Mercedes.
– Lo siento -dijo don Manuel.
– Es un proceso similar al de la invención de Dios -dije-. Necesitamos ver en las alturas señales de nuestros miedos.
– Cada generación tiene la certeza de ser frontera entre el fin de algo y el principio de otra cosa. Soy muy consciente de ello al asegurar que nuestra generación está viviendo el fin de algo y el principio de otra cosa. Lo sé, sé perfectamente que estoy cayendo en el delirio, pero en verdad os digo que este nuestro tiempo va a contemplar la apoteosis de los malditos hombres del hierro -dijo don Manuel.
– ¿Hablaría usted así si no creyera que Ella está detrás de todo esto? -le pregunté.
– ¿Cómo sabes que Ella está detrás de todo esto? -saltó don Manuel-. Lo está, sí. En realidad, Cándido Bascardo (con c) Lapaza es obra suya, el hacinamiento de tanto chatarrero en esa mansión es obra suya. No es que esa mujer llegara a Getxo en el momento más propicio para empezar a diseñar esa apoteosis, sino que ella es, en sí misma, el momento más propicio para una cosa así. No hace falta creer en reencarnaciones para imaginarla en los Orígenes (con mayúscula) tramando el primer invento, que pudo ser la incorporación-prolongación de una mano en un garrote, o la colocación de una piedra sobre otra, y luego a la sombra de cada uno de los sucesivos inventos de la Historia del Hombre. Ella es de metal. Esa mujer es el hierro.
Bueno, pero lo cierto es que Efrén se trasladó con su esposa e hijo a la desmedida mansión, ocupada ya por su madre, lo que marcó el asentamiento en ella de los padres de Ángela. Se aceptaran o no las digresiones de don Manuel, aquel hacinamiento se produjo. Desconcertó a las gentes que no se cumpliera lo esperado: que el inquilino hubiera sido Camilo Baskardo, el legítimo. «Al menos, allí tiene a su hijo y a su nieto», se comentó. Fue también el hacinamiento de tres servidumbres, porque Ella disponía igualmente de su servicio, en el que los criados lucían las versallescas polainas rojas copiadas de los criados de Cristina. El problema no radicaría en dónde alojar a tanto fámulo -sumados todos, darían doce hombres y unas quince mujeres-, ninguno aportado por mi tío Roque, sino en la unificación de uniformes: pronto se vería que se impuso el modelo de las polainas rojas, dato indicativo de que, desde el primer momento, Ella dejó sentado quién mandaría en aquella Babilonia. Diecisiete miembros de una familia repartidos, digamos, en tres culturas conviviendo o malviviendo bajo un mismo techo. ¿Por qué? Don Manuel nos había ofrecido su interpretación wagneriana y la señorita Mercedes y yo estábamos acostumbrados a verle perder las formas en cuanto Ella asomaba por algún lado. Pero, con todo, caramba, era la explicación más sencilla al endiablado asunto.
La marcha de mi tío Roque con su prole del Palacio Galeón no representaría un alivio apreciable de las tensiones o, al menos, de las barreras que delimitaban los tres mundos, pues la representación de lo rural la ostentaría en adelante y en solitario mi tío abuelo Santiago; además, su presencia allí pasaría casi desapercibida; me lo imagino ocupando con su familia el ala más recóndita del palacio, sin cruzar apenas los límites de su isla, sin participar de la vida en común -suponiendo que ésta existiera-, tropezándose únicamente con los otros habitantes cuando iba o regresaba de su trabajo en el tranvía; sus ocho hijos se harían más de notar, desde la pequeña, Anastasi, de nueve años, a la mayor, Cenobia, de veintiuno, y, sobre todo, los gemelos, Eladio y Leonardo, de veinte, nerviosos, activos, apuntando desde muy pronto esa codicia afiebrada que impulsaba lo que don Manuel llamaba «el pequeño movimiento continuo de los gemelos»: dos individuos acometiendo, siempre juntos, empresas de las que sacar un beneficio económico; cuatro ojos muy abiertos a la caza de oportunidades, trayendo cambios, o más exactamente ayudando a traerlos, pues mis primos gemelos nunca fueron contemplados por don Manuel como genuinos hombres del hierro; en todo caso, de segunda o tercera división, como lo eran, por ejemplo, los Ermo de La Venta.