Era posible creer en la teoría de don Manuel a poco que se necesitase creer en ella. Porque todo ocurrió allí de modo inusual a lo largo de demasiados años, de siempre. Estoy escribiendo todo esto en 1968-1969 y nada ha cambiado desde 1919, nada hace presagiar que cambiará, moriremos los viejos testigos y el proceso continuará hasta ese último acto de paroxismo anunciado por don Manuel. Si esto, la apoteosis, estaba condenada a ser cierta, las cosas no habrían ocurrido de otro modo dentro del Palacio Galeón: un diminuto Cándido Bascardo Lapaza impregnándose día a día y biberón a biberón de las esperanzas de aquella gente que rodeaba su cuna, para acabar siendo la exaltación de su imagen y semejanza; una criatura a quien los mimos y arrumacos no iban haciendo de él un vulgar déspota infantil sino un lejano y silencioso bulto cuyo despotismo se expresaba en indiferencia, en un no reparar en nadie que a nadie dolía, como si todos se hallaran en el secreto de su destino inapelable.
– La verdad es que sí debió de ser un gurrumino bastante raro -admitía yo.
– ¿Raro? -exclamaba don Manuel-. ¿Bastante raro?
Apenas salía del palacio. Es decir, no lo sacaban. Se llegó a decir que no vio la calle en sus diez primeros años -lo que no era verdad-, ni siquiera por los estudios, pues se los servían a domicilio. Se supuso que no fueron los jesuitas los únicos en formarlo: a sus dos años tuvo algunos profesores particulares, aunque esta versión la extenderían, seguramente, los propios jesuitas por no quedar ante la Historia como únicos responsables de la maldita apoteosis de los hombres del hierro. Y si finalmente, a sus diez años, abandonó de manera apreciable el Galeón, fue por su viaje a Inglaterra, «al encuentro del mito de la superioridad blanca colonial y patronal explotando por igual a indios y a obreros que no merecían ser blancos, al encuentro de la barbarie industrial, como se venía cumpliendo desde hacía décadas con la exportación pasajera de nuestros más blancos alevines con la excusa de que aprendieran a sostener debidamente la taza de té», decía don Manuel. En cualquier caso, un viaje de estudios a Inglaterra a edad prematura, lo que quizá avalara la opinión de que lo suyo no se trató de un simple aprendizaje sino de una ósmosis en una sola dirección a través de su tierna piel, «casi una mutación genética o un segundo nacimiento en la placenta de los modernos hombres del hierro». Y añadía don Manueclass="underline" «Sin duda, fuertes trabajos de los dioses para conformar un alto destino».
El pequeño Cándido no fue a Inglaterra solo. No era la primera vez que se movía en distancias más cortas: muy de tarde en tarde bajaba a la playa de Ereaga -no era el palacio el que estaba detrás de la playa, sino ésta la que pareció creada para adorno del palacio- para tomar un baño en posición vertical, y nunca lo hizo sin la protección de más de un criado. Con los años, sus salidas a la playa quedarían como odiosas ostentaciones de poder, y se contaba que primero pisaba la arena el mayordomo haciendo sonar una campanilla para que los intrusos la desalojaran, y luego llegaba él en el centro de una escolta uniformada de húsar. Con el paso del tiempo se endosarían a Cándido cosas semejantes tan difíciles de creer, pero que todo el mundo creía. Desde un principio, todo fue en él un misterio y él mismo se convertiría pronto en leyenda.
El viaje a Inglaterra lo hizo acompañado de una institutriz francesa, de un tutor o lo que fuera Aurelio, el hijo del tío Roque, y dos o tres criados de los de polainas rojas, y todos permanecieron allí cinco años, así que Cándido tenía quince cuando regresó por última vez, se dijo también que revestido del título de lord. No era posible, o quién sabe si sí era posible, y en tal caso el milagro habría que atribuírselo a Ella, a sus tentáculos para pulsar los más imposibles resortes. Según don Manuel, a esa mujer se debieron los hábitos subidos de tono que imperaron en el Palacio Galeón, las excentricidades. Cándido llegaría a lucir el título de lord, pero sería años después. Si hasta su partida a Inglaterra Getxo apenas lo había visto -lejanía que gestó fundamentalmente su leyenda-, tras los cinco años lo vería aún menos. Del largo enclaustramiento, a los jesuitas les correspondió buena parte de responsabilidad. Al principio se les veía entrar y salir cargados con librotes y legajos, y cuando se interrumpió este trajinar se supo que se alojaban en la mansión, es decir, que habían montado en ella una sección de su universidad de Deusto. Nadie se asombró demasiado: la institución jesuítica siempre había sido un vivero de políticos y financieros destinados a ser élite dirigente, y el hecho de que se entregaran con tanta vehemencia a Cándido Bascardo Lapaza revela su perspicaz visión de futuro, «no sólo su convencimiento del desmedido poder que llegaría a acumular en su persona, sino también de lo otro, su destino wagneriano: los jesuitas no podían resignarse a quedar al margen de aquel tránsito de épocas», decía don Manuel. Le infundieron el espíritu religioso más gélido, la más afilada religiosidad para sojuzgar amorosamente a las clases menestrales más amadas por Cristo, y la más ensoberbecida fe en la imitación de la soledad de los santos como llave para hablar con la única criatura de este mundo merecedora de atención: Dios.
Lo curioso es que todos ellos -Anastasio y Aurelia, Ángela y Efrén, Ella y los jesuitas- actuaron con Cándido como si ya entonces supieran que su abuelo Camilo acabaría testando a su favor. Llegado a este punto, me he negado sistemáticamente a intercalar: «¡Me niego a creer en el fatum aireado por don Manuel!», por si el hecho de negarlo ya le estuviese otorgando alguna posibilidad de existencia.
Bien, ¿y qué pensaba el padre, Efrén, de este secuestro de su hijo? ¿Participaba, con más o menos entusiasmo, de él, o, al menos, lo consentía? Suponiendo que sus empresas le dejaran un tiempo ínfimo para echar de tarde en tarde una ojeada al interior de su hogar, le llegaría la felicidad de su madre -la auténtica y casi absoluta abuela- depositando en aquel nieto el cumplimiento de las metas con que pisó Getxo en 1887 y que eran las mismas de Efrén. Aquella crianza esperpéntica la tendría por una manifestación más de la borrachera de buena suerte que se ensañaba con él. Cuando en 1924 ocurrió el accidente mortal de su tercer hijo, Rómulo, de un año, nada cambió; es decir, no dio muestras Efrén de haber creído supersticiosamente en la irremediable tragedia que ha de seguir a todo exceso de dicha. Tres años antes, en 1921, había nacido su hija Elisenda, quien no sólo no tendría nada que ver con su hermano Cándido, sino que a sus veintitrés años repudiaría cuanto era y representaba, acabaría siendo su antítesis, al huir, desnuda y a pleno día, abominando de todo, del Palacio Galeón con su hijo de seis años en brazos, también desnudo, para sentarse en el pescante del carro junto al soldado que siete años atrás la había violado en la playa y venía a buscarla, junto a las semillas que aún escondían el milagro de un regreso a los orígenes, y nunca más se supo de ella ni de su hijo.
De modo que si los hados preservaban al pequeño Cándido de toda acechanza, y no a sus hermanos, es que la buena suerte era sólo para él, que las desgracias de su entorno no le tocaban. Es así como pudo Efrén poner, a un lado, a Cándido con su buena suerte y, a otro, a Elisenda y a Rómulo, los no elegidos, con sus infortunios. Al comentar todo esto con don Manuel, yo no podía dejar de denunciar el comportamiento metálico del padre, y don Manuel me decía: «Viviendo en el Galeón ni siquiera él podía zafarse de pensar como pensaba».