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De modo que, por la razón que fuera -que nosotros sepamos, no lo había hecho en diecisiete años-, bajó del Gorbea a procrear y elegiría una burra y, más o menos, la raptaría. No se supo de ningún aldeano que, por esa época, echara en falta una burra, aunque sólo fuera por unos meses, pues es de suponer que regresaría a su cuadra después de la aventura, sola o con su hijo, que bien pudo quedarse arriba, con el padre. Han transcurrido demasiados años para que hoy nos quede alguna esperanza de saber de dónde venía el pequeño Cristóbal al ser descubierto por León Esnarriaga. León quiso desprenderse de él inmediatamente, pero no lo podía hacer a pleno día, es decir, nadie debería saber que había soltado irresponsablemente a la bestia para que siguiera asolando plantíos y luego creciera y acabara liderando su propio rebaño y se reprodujera la vieja peste. Getxo no debía saber la verdad. Así, pues, se sentó a esperar la llegada de la noche, y al día siguiente haría correr la voz de que había partido la cadena de un mordisco.

Nada afectó a este proyecto la llegada de don Manuel a primera hora de la tarde, pero sí la de Efrén tres o cuatro horas después. Don Manuel contrastó el rostro aterrado de León Esnarriaga con el silencioso entendimiento entre el híbrido, Perico Orejas, sobrino de cinco años de León, y Pachín Arana, el simple de más de veinte años que vivía con ellos; no jugaban con el animal ni le tocaban, aunque lo tenían a dos palmos, los tres dentro del pequeño cercado de tablas, los tres pares de ojos a la misma altura. León dijo que llevaban así todo el día, que no había modo de apartarles del peligro ni con un palo. Durante largo tiempo, don Manuel asistió, casi sin respirar, al intercambio de miradas, y recordó al macho y se recordó a sí mismo y, por unos momentos, deseó tener aquella edad. Presintió que Perico y Pachín estaban a punto de pasar a los contactos. Cristóbal -pasarían meses antes de que un ingenioso le bautizara así- parecía encontrarse muy a gusto con ellos. «¿Qué vas a hacer con este bicho?», preguntó don Manuel a León Esnarriaga. «¿Eh?», exclamó León, y era claro que creyó le habían adivinado sus intenciones. «No confíes en cargarle algún día con tu chatarra. No lo esperes. Nunca lo consentiría. Él es de otra clase», dijo don Manuel. «¿Quién espera algo de él?», exclamó León. «¿Sabes lo único que espero? ¡Perderlo de vista! ¿Crees que lo tengo aquí por gusto? ¿Qué harías tú en mi caso?» «Pasárselo a alguien que lo aceptara», dijo don Manuel. «¿Quién va a querer llevarse un demonio que tiene el mismo cuello y la misma cara que…?» Don Manuel esperó a la noche para recogerlo y poder llevar a cabo sin testigos el reintegro de Cristóbal al refugio de su padre. Lo mismo que intentaría hacer Efrén al día siguiente, aunque con opuesta intención. Porque el animal ya durmió aquella noche en las cocheras del Palacio Galeón. Don Manuel se enteró de la venta cuando su madre le transmitió lo que había empezado a correr por el pueblo al oscurecer. Regresó a casa de León y lo agarró de la camisa. «¡Hicimos un trato! ¿Por qué no lo has respetado?» «¿Trato?», gruñó León. «Yo no te he vendido a ti nada.»

Curiosamente, fue el primer viaje que hacía Efrén en la limusina negra que acababa de recibir de Francia. La operación se cerró en un soplo, el tiempo que tardó Efrén en informar a León de su intención de comprarle la bestia, aunque habría bastado, simplemente, el llevársela, sin pago alguno, pues León se habría ahorrado las horas de tenerla hasta la llegada de don Manuel. Una cifra más ridícula tampoco habría supuesto impedimento, pero Efrén nombró una a la altura de su obsesión: 2000 pesetas. Y entonces intervinieron Perico y Pachín, cuando el chófer de Efrén se adelantó a tomar la cadena que León -muy excitado a causa del inesperado dinero que se iba a embolsar- no acertaba a soltar de la argolla de la pared; al menos, se hicieron notar ruidosamente: se interpusieron entre el híbrido y el chófer y apartaron a éste a patadas. «¡Quietos, quietos…!», gritaba León, tratando de dividirse entre sus sobrinos -para el pueblo, también Pachín Arana lo era- y la cadena. Le habían tomado al animal un cariño desmedido, si bien solía decir don Manuel que no se trataba de cariño sino de algo más profundo: la hermandad de inocencias entre un cachorro de llama y burro, un cachorro de hombre y un ejemplar de veintitantos años que nunca dejaría de ser un cachorro de hombre. «¿Queréis estar quietos?, ¿habéis comido ortigas?», proseguía León, más por calmarse a sí mismo que para contener a los enloquecidos. Al fin, arrojó el cabo de la cadena sobre el chófer y éste la recogió y tiró de ella para sacar a Cristóbal del recinto, y entonces Perico y Pachín abrazaron al híbrido, más bien se colgaron de él, y los tres resistieron al chófer, y entretanto Efrén ponía en la mano de León los veinte billetes de cien y León los contaba y los hundía en el bolsillo de su pantalón y entonces se le vio enfrentarse seriamente al problema que ahora, de pronto, necesitaba una solución urgente como negocio.

Se puso detrás de Perico, le rodeó el cuerpo con sus brazos y logró arrancarlo del bicho y levantarlo, retrocediendo con él dos pasos, pero nada cambió, pues Pachín Arana continuaba en solitario la batalla contra el chófer, algo que desconcertó a León, quien había esperado que desistiera al faltarle su pequeño amigo-mentor, sin el que no daba un paso (ello hizo que don Manuel, cuando lo supo, insistiera en el carácter distinto de aquella fidelidad). «No le ocurrirá nada, no me lo llevo para matarle», dijo Efrén. «¿No?», exclamó León. Estaba seguro de habérselo vendido para su venganza, como más tarde lo creerían todos, recordando la media libra de carne de su hombro. «Estará en mi casa, podréis ir a verle», añadió Efrén. No fueron sus palabras las que calmaron a Perico y a Pachín; al menos, no la mera promesa contenida en ellas. Se miraron y no hay duda de que pensaron lo mismo, me refiero a un plan no incluido por Efrén en sus palabras, pero fraguado al oírlas. Sólo así se explica que abandonaran el combate: días después, llevarían a cabo limpiamente el robo de Cristóbal.

Efrén dio una orden y entre el chófer y León dieron con el híbrido en tierra. Nadie sabe cómo apareció en las manos de Efrén una cadena con la que ató por pares las patas del animal con maneras innecesariamente violentas.

Al día siguiente corrió desde muy temprano que empezaba otra cacería de llamas. Getxo se estremeció y un tipo como don Manuel no pudo dejar de comprobar que nadie había olvidado la primera, por más que llevasen diecisiete años sin mentarla. «El problema no era ni es ahogar su recuerdo, sino ignorar su mensaje», decía, «pero sólo engañándose creyendo que han olvidado a las llamas, incluso que nunca existieron, les es posible seguir soportando su triste condición.» Los primeros en descubrir al alba a Efrén con su antiguo uniforme de cazador de zorros en Inglaterra, sus botas altas, su rifle y sus perros (no los sacaba nunca porque ya no cazaba, Getxo los veía por primera vez, y no hay duda de que mantenía o renovaba los primitivos foxhound desde 1907 en espera de otra carnicería; sería la última vez que en el Galeón habría perros), detrás del chófer sosteniendo la cadena de Cristóbal, extendieron la alarma, nacida más de la imaginación que de la realidad que tenían a la vista, aquel Efrén en actitud de enfrentarse a una segunda horda de demonios y no a simples conejos o palomas, como lo indicaba la cría extraviada que llevaba a su lado como reclamo. Reconocieron su heroísmo, sería un solo rifle contra todo un rebaño vengativo lanzándose a rescatar al de su sangre, pues tuvieron por cierta la existencia de un buen número de llamas merodeando por los contornos y muchos creyeron volver a oír sus legendarios ladridos-rugidos-relinchos. Y la deducción era lógica, pues aquel horrible cachorro habría salido de algún sitio y, como él, habría muchos más, y no todos tan engañosamente inofensivos, sino adultos llenos de fuerza, malicia y maldad, semejantes a los primeros, tan poderosamente temibles que no había bastado con matarlos, pues allí aparecía ahora su descendencia, y lo más escalofriante no era esa muestra que tenían delante sino cómo pudo originarse, cómo pudieron nacer los cientos o miles que ya les estarían rodeando por todas partes, porque en Getxo sí se sabía que los hijos podían nacer de padres muertos, incluso de madres muertas, siempre que no hubiera transcurrido demasiado tiempo, y el cachorro actual apenas contaría un año y la invasión de sus padres ocurrió la friolera de diecisiete años atrás.