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La fantasmal aparición de Efrén en la niebla del nuevo día puso a Getxo en pie de guerra aun antes de saberse qué significaba aquello realmente, y los viejos protagonistas de la anterior cacería tomaron de nuevo las armas: mi tío abuelo Saturnino Altube, el carnicero Braulio Apraiz y el cura don Estanis, venido de otra parroquia (faltaba mi padre, muerto dos años antes), los tres en el mismo carro, aunque con otro caballo; Camilo Baskardo, el marqués, no sólo con su hijo Josafat sino esta vez también con el otro, Moisés, y su yerno Román, formando igualmente safari con su cohorte de criados de polainas rojas; tampoco faltó, naturalmente, el chico don Manuel, ni los más bravos de nuestra comunidad, que resultaron ser los más jóvenes, muchos de los que eran niños cuando el terror o fueron paridos prematuramente entonces por madres demasiado impresionables. Los grandes ausentes fueron los Baskardo de Sugarkea, pero en esta ocasión el chico don Manuel no acudió a reclamar su ayuda para salvar el rebaño porque todo iba a ser diferente, empezando porque no había rebaño.

Fue cualquier cosa menos una cacería. No hubo un solo disparo. Se trató de un enfermizo rastreo por todo el territorio, con un Efrén caminando incansable tras el híbrido en jornadas de veinte horas, él mismo llevando la cadena y situando al animal en los enclaves más propicios, las rutas hacia montes, bosques o valles, y obligándole a bajar su hocico hasta el suelo para que recuperara el rastro perdido del viejo macho, esperando advertir en él un especial temblor por seguir esa pista. Había de detenerse algún tiempo en mitad de cada noche para no reventar al animal y, especialmente, al chófer, que cargaba con la mochila de los alimentos; al cuarto día lo envió medio muerto a casa y él siguió solo tres días más, ignorando o despreciando a los grupos que le seguían y vigilaban a prudente distancia esperando que, de un instante a otro, se produjera la irrupción del rebaño, el estallido de la segunda carnicería, temiéndola, pero arrastrados por la corriente que creaba Efrén a su espalda, fascinados por la obsesión que se desprendía de sus ojos y de su cuerpo tenso, asustados de su propia temeridad, incapaces de faltar a la última escena de la pesadilla para luego poder gritar a coro: «Se acabó. No había empezado, pero se acabó».

Sin embargo, no hubo ningún final, o el aparente final fue la retirada de Efrén llevándose al híbrido de la cadena. Que aquél no fue el final sólo lo sabían Efrén y el viejo chico de las llamas, pues mientras los demás atribuían la existencia de Cristóbal a la misma imposibilidad de que existiera, ellos se atrevían a afrontar la realidad de la que procedía, y si esta realidad era tan perdurable aún se podía seguir temiendo o simplemente deseando la nueva resurrección.

Getxo permaneció una semana más a la expectativa, pero distendió sus músculos y fue abandonando la empresa a medida que transcurrían los días sin que Efrén se dejara ver para reanudar la cacería o lo que hubiese sido aquello. Se supo que había ordenado construir una holgada jaula con barrotes de hierro que instaló en los jardines del Palacio Galeón, y en ella encerró al híbrido «para que Cándido», según don Manuel, «creciera estudiando los hábitos de aquella raza a la que algún día tendría que cazar y destruir». Pero la criatura no resistió a Cristóbal, desde el primer momento le inspiró un horror que expresaba en alaridos, reclusiones en su habitación y pesadillas nocturnas que ninguno de su familia de adoradores consiguió desterrar. «Era algo más que primeros sustos o simple miedo infantil», decía don Manuel. «Con sólo cinco años, ni siquiera él, el culminador, pudo resistir la visión de lo otro. Pero, crecería, oh, sí, crecería.» Efrén cambió el emplazamiento de la jaula varias veces, probando en los rincones más apartados del exterior del palacio, incluso la rodeó por los cuatro lados de una alta mampara de madera; pero fue inútil, pues Cándido olía al monstruo y era lo mismo. Es posible que Ángela y sus padres exigieran su sacrificio sin que Efrén los atendiera. «Se sentiría orgulloso de aquel hijo que tan prematuramente demostraba haber heredado su particular sangre», comentaba don Manuel.

Todo empuja a pensar, no obstante, que quizá resultara un alivio para Efrén el robo del híbrido por Perico Orejas y Pachín Arana. Se lo llevaron una noche, dos o tres semanas después, sin ruido, sin escándalo: el animal se alegraría de recuperar el contacto con sus amigos. Éstos, simplemente, escalaron el muro, descorrieron el cerrojo de la jaula y se las ingeniaron para izar a Cristóbal y depositarlo al otro lado con una cuerda gruesa. Una operación movida por el amor. Al día siguiente, Efrén se personó en casa de León Esnarriaga esgrimiendo el documento notarial que le otorgaba la posesión de la criatura.

– Lléveselo cuando quiera. Es suyo -se adelantó a decir León-. No necesitaba haber traído ningún papel.

– No he venido a llevármelo -dijo Efrén.

El chatarrero palideció.

– Quiere la devolución del dinero… -musitó.

– Quiero la garantía de que permanecerá con usted hasta que yo decida llevármelo de nuevo -y Efrén desdobló un segundo documento.

– ¿Cuánto tiempo? -preguntó León.

– Meses. Años. No sé, no depende de mí.

León Esnarriaga no se atrevió a preguntarle de quién dependía. Efrén le leyó lo que iba a firmar: alojaría y alimentaría a la bestia (seguía una detallada descripción de su monstruosa anatomía) hasta que su legítimo dueño la reclamara, y dando cuenta inmediata a este dueño de las novedades que se produjeran, tal como la presencia de algún ser extraño con cierta semejanza con la criatura objeto de este contrato. La singularidad de esta condición hizo que León memorizara la frase entera y pudiera luego deletrearla con exactitud cuantas veces refirió los pormenores de la visita que le hizo Efrén Bascardo.