– Yo sólo quiero que no se nos escapen antes del parto -dijo don Eulogio.
– Pues a esperar tres o cuatro meses, por lo que he visto -dijo Marimattin.
– Cuatro meses -repitió don Eulogio, secándose la frente con el pañuelo.
Se miraron. Marimattin se compadeció de él.
– Al menos, que no le salga una romería como la anterior -dijo.
– Cuatro meses -suspiró don Eulogio.
Se estremeció ante la idea de las dos forasteras durmiendo en su casa las noches de cuatro meses, una casa que jamás conoció hembras, pues Marimattin siempre fue una pieza neutra del decorado. «Voy a buscarles un sitio», anunció de pronto don Eulogio, y salió, cerrando por fuera la puerta de la vivienda y dejando dentro a las tres mujeres. Así se puso en marcha el episodio que don Manuel denominaría «la conquista de La Venta». Ni habiéndolo elegido pudo Ella disponer de un colaborador más eficaz que aquel cura; porque no sólo les facilitó que se instalaran por segunda vez en Getxo, sino el instrumento para medrar, la defensa del germen de subversión que llevaba en su vientre, aquel Baskardo en quien tenía depositadas sus esperanzas. Cuando don Eulogio llevó a la mujer y a la niña a La Venta, en aquel mes de junio de 1889, Zacarías Ermo no pudo sospechar que, sólo semanas después, su negocio iba a pasar a otras manos.
El pueblo no recordaba desde cuándo los Ermo regentaban La Venta. Cada seis años, el Ayuntamiento sacaba a subasta el puesto y siempre los Ermo pujaban por encima de los otros litigantes. Algunos habían llegado a creer que el solar originario de los Ermo era La Venta. Cuando Zacarías aseguró a don Eulogio que no necesitaba los servicios de ninguna de las dos forasteras, aún no se había advertido la menor alarma especial en su mirada: sencillamente, las rechazó por un elemental sentido de la economía, porque el negocio no daba para más. Pero don Eulogio tenía que ir al rosario y no podía perder más tiempo llamando a otras puertas.
– Además, sería una obra de caridad -insistió.
– Ya tengo suficientes brazos y demasiadas bocas -dijo Zacarías Ermo.
– Esas razones no me valen -dijo don Eulogio, a punto de estallar-. Esta mujer debe quedarse entre nosotros hasta que tenga a su hijo.
– ¿Quiere usted hundirme en la miseria? -gimió Zacarías Ermo-. Mírela: preñada. Mi casa perdería su buena fama. Cristina Oiaindia la ha puesto de patitas en la calle, ¿no? ¿Y quiere usted que yo dé techo…?
– Sí, quiero. Te lo ordeno. Sólo serán dos meses -mintió don Eulogio.
Zacarías Ermo no encontró nuevas palabras para seguir resistiéndose. Era un hombrecillo nervioso, como todos los Ermo, que destacaban por un sagaz instinto comercial que afilaba su ingenio y habilidades y el rastreo de la utilidad de todo lo nuevo. Pero hubo de ocurrírsele a don Eulogio el anzuelo que representaría la presencia de las forasteras en La Venta.
– Escucha, hijo: en casa de Camilo Baskardo ha ocurrido algo, tú mismo lo has dicho. No saldrá de mi boca qué es ese algo, ni si es grave o no. Pero, ahí está -dijo don Eulogio, dirigiendo una rápida mirada al vientre de Ella-. En cuanto se corra la noticia, el mostrador se te quedará pequeño.
Al principio, sólo fregaban. Cuatro días después, ya servían las mesas. Y, enseguida, Ella atendía al mostrador. Comentaba Zacarías Ermo que no había conocido personas tan listas como las dos forasteras. Comían solas, aparte de la familia, en una mesita en el rincón de la cocina, y dormían en un jergón tendido en el suelo de la abarrotada habitación de los trastos.
No se equivocó don Eulogio: el pueblo acudía a La Venta a saborear la prueba patente del escándalo de los Oiaindia. Nunca se le había ofrecido con tanta prodigalidad un pecado de ninguna de las grandes familias de la región. Ella circulaba por La Venta con una naturalidad que aún no resultaba inquietante, mostrando sin tapujos su tripa creciente, ajena, al parecer, a los comentarios, las miradas y las sonrisas que provocaban sus apariciones en el mostrador, requerida por la llegada del último grupo exigiendo vino. Decía don Manuel que hubo de existir un momento a partir del cual Ella se plantearía la conquista de La Venta, y que ese momento sería -pensaba- cuando alguien, un cliente, le entregara en mano el importe de una consumición. No hay duda de que Ella bien sabría que, en nuestra inhóspita sociedad, lo único que mata el hambre es el dinero, que, cuanto más dinero, a más distancia se está del hambre, que la acumulación de dinero proporciona un poder, digamos, como el de Camilo Baskardo. Quizá, a su llegada a Getxo, aún careciera de un plan concreto, incluso en sus líneas generales, pero lo que de ninguna manera le faltaba era el instinto. En el peor de los casos, recibiría algún dinero de la marquesa: pero no era más que dinero de jornal. Es por ello por lo que decía don Manuel que sólo en el mostrador de La Venta, al cobrar aquella consumición, descubriría las infinitas posibilidades del dinero comerciado. Y, en consecuencia, se propondría la conquista de La Venta.
Pero esto nadie lo supo hasta un mes después, al conocerse el resultado de la subasta. Durante aquellas pocas semanas, Ella no pasó de ser un motivo de curiosidad, muy rentable para Zacarías Ermo. Se veía por las tardes a tanta gente acodada en el mostrador, que incluso la niña había de ponerse a servir: apenas alcanzaba el borde de la gran meseta de roble y los hombres tenían que ayudarla, a veces sacándole las cuentas de lo consumido, y entonces surgían los ojos de Ella para vigilar la operación; los clientes advertían su presencia por encima de sus hombros, aunque un momento antes no la tuvieran a la vista. «Es como si La Venta fuera suya», comentaban entre ellos. Y, un mes después, recordando: «Es como si hubiera conocido por anticipado el resultado de la subasta y ya disfrutara controlando las recaudaciones».
Y, en medio del bullicio de la taberna, don Eulogio ocupando durante aquellas semanas la más apartada de las mesas, siguiendo atentamente el embarazo, comprobando cada mañana si el niño continuaba en su sitio, en aquel vientre. Fue un control inútil, un error: a principios de julio, ya la mujer en posesión de La Venta, se abrió violentamente la puerta y la propia Cristina invadió el establecimiento hasta la cocina, y la arrinconó. «¡Llévate de Getxo el maldito bastardo!», gritó, aulló, lanzando la primera patada al centro del vientre, con gran revuelo de faldas, y continuó atacando, enloquecida, manejando siempre la pierna derecha con fuerza y agilidad -entonces sólo tenía treinta y dos años-, aunque su zapato ni siquiera llegó a rozar su objetivo, y eso que dispuso de un tiempo suficiente, hasta que los hombres reaccionaron y fue el propio Zacarías quien la sujetó. No fue testigo don Eulogio del incidente, y le habría convenido ver cómo Ella defendió a su hijo, cómo esquivó las patadas criminales, cómo protegió su vientre con el escudo de sus manos y brazos cruzados. Sí, quería a este segundo hijo, lo necesitaba. Don Eulogio perdió inútilmente aquellas semanas de su tiempo vigilándola. Comprendo que es difícil resistirse a la tentación de llamar maquinaciones a todo lo de Ella. Por ejemplo, sus guisos. De pronto, se convirtieron en una atracción más. La cosa comenzó a mediados de aquel mes de junio, cuando los cuatro científicos rusos pidieron posada. Habían llegado a Getxo de madrugada y preguntado por Sugarkea, la casa solar de los Baskardo, y habían pasado el día enfrascados en un meticuloso estudio de sus muros y cimientos. El pueblo, que les observaba a distancia, vio que se olvidaban de comer. Fue por la noche cuando se presentaron en La Venta. Zacarías Ermo tardó en hacerles comprender que sólo podía ofrecerles comida, no cama. Ellos insistieron, pues necesitaban quedarse más tiempo. Entonces intervino Ella en el forcejeo: les alquilaba su propio cuarto por tres reales diarios; no se lo alquilaba La Venta -es decir, Zacarías Ermo-, sino ella. Así lo entendieron todos y así lo entendió Zacarías, que abrió una gran boca de pasmo. Ya no volvería a recuperar la iniciativa: Ella y la niña vaciaron el cuarto de los trastos, pidieron prestados cuatro colchones a los vecinos y cuatro mantas al propio Zacarías, y amontonaron a los visitantes en el pequeño recinto, en la alcoba que, en los próximos años, iba a dar tanto que hablar. Parece que hubo una reacción de Zacarías Ermo: le vieron hablar, cuchichear más bien, con Ella, y no hay duda de que le echaría en cara su osadía, e incluso le ordenaría volver los trastos a su sitio, y, ¿por qué no?, quizá en un primer arrebato la despidiera. Más que un brevísimo intercambio de palabras, se trató de una desesperada recapitulación por parte de Zacarías, una justificación ante sí mismo y ante su familia, pues no cabe imaginar que le pasara por la cabeza el perder aquella especie de atracción de feria que multiplicaba sus ingresos. Los que aún le concedían a la mujer algún atisbo de piedad, sostenían que acudió en ayuda de Zacarías a fin de permitirle salir medianamente airoso de la entrevista, esgrimiendo la razón de que, habiendo sido contratada únicamente para fregar, también servía en el mostrador y realizaba otras tareas, como, por ejemplo, cocinar, por lo que se merecía algún privilegio. Y el que mencionara los guisos lo avala el hecho de que la primera comida que tomaron en La Venta los cuatro científicos estuvo condimentada por ella. Fue una cena: gazpacho y un asado de cordero con cierta misteriosa salsa picante, que retrasó la retirada de dos docenas de clientes, sólo por olería. Al día siguiente, los hombres no sólo fueron a La Venta a beber: pidieron comida elaborada por la forastera. Se corrió la voz y hubo que montar mesas en el exterior. El pueblo se puso a esperar el nuevo privilegio que Ella exigiría a Zacarías Ermo.