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En cierto modo, la casa se fue levantando alrededor del pequeño Efrén y de Andikona, y luego sólo del niño, cuando, a sus cuatro años largos, la madre le retiró la nodriza. Esto ocurrió en 1893, a los tres años del comienzo de aquellas obras casi esperpénticas, y, hasta 1895, el niño tuvo ocasión de aprender de construcción de casas mucho más que ningún otro de su edad. Con buen tiempo, se le veía corretear por encima de los muros de piedra arenisca de los cimientos y alrededor de la argamasa y las pilas de ladrillos y de piedras amarillas, aunque, en general, permanecía muy quietecito en un sitio, observando el ir y venir de los obreros y cómo crecían a su alrededor los muros del tremendo edificio. Y Cristina allí, tras los visillos, mordiéndose los labios de desesperación ante el espectáculo del pequeño monstruo creciendo al unísono de aquel maldito palacio-símbolo desde el que Ella, a partir del 25 de diciembre de 1895, arrojaría piedras a la mansión Oiaindia-Baskardo en ese mismo día de cada año; decían las malas lenguas que para recordarle algo a alguien, quizá -insistían esas lenguas- la primera o la única entrega de Ella a Camilo, o si se prefiere la trampa en que le hizo caer al Baskardo. El pueblo sacó las cuentas y salían: la intrusa tuvo a Efrén en septiembre, y, nueve meses hacia atrás, se llegaba a diciembre; podía cuestionarse el día, pero no el mes. Parece, incluso, que Getxo hizo este descubrimiento antes que la propia Cristina; porque llegó cierto 25 de diciembre en que un grupo de curiosos ya estaba esperando, en la carretera, el espectáculo de las piedras volando de la terraza del palacio medio árabe a las ventanas de la otra mansión, y esperando la tonadilla, proferida a todo grito, acerca de un rey de Cachemira que tenía cuatro hijos.

El horrendo edificio fue acabado en 1895, a primeros de marzo, y Ella se precipitó a inaugurarlo el día 9. No tenía una necesidad especial de efectuar el traslado con tanta urgencia, pero es que aquello constituyó algo más que un simple cambio de vivienda: una ruptura con el pasado. Abandonó La Venta sin avisar a nadie, ni al Ayuntamiento ni a los clientes habituales; le habría bastado con pegar en un cristal un papelucho con cuatro letras. Huyó, despreció lo que le había servido hasta entonces, dejó a sus espaldas cuanto la vinculaba a la pobreza y a la humillación, y, en sólo unos segundos, señaló las nuevas fronteras y abrió el abismo de separación con el viejo mundo, y todo con un simple traslado de un par de cientos de metros realizado a la plena luz de un domingo. Los más atentos llegaron a temer que se desprendiera también del esposo, toda vez que ya no lo necesitaba; y, por un instante, pareció que lo iba a abandonar a la puerta de La Venta, cuando su birloche de segunda mano partió con ella, el niño y Madia o Magda para salvar los doscientos metros, carretera abajo, hasta el cruce de Laparkobaso. Pero, no: regresó el coche, con la mujer empuñando las riendas, y los curiosos oyeron cómo su voz, picuda y fría, les ordenaba -simplemente, les ordenaba- cargar con Santiago, y entre cuatro hombres lo depositaron en el asiento. La mirada húmeda que el gordo Santiago Altube dirigió al grupo apostado ante La Venta mientras el birloche se alejaba, se pareció a la de un besugo cuando lo raptan de su medio, el agua. Los mismos cuatro hombres que acababan de mover a mi tío abuelo acompañaron al coche, marchando a la carrera a su lado, a fin de cumplir con la operación de descarga.

Viajó el vehículo en ambas ocasiones sólo con personas: sin maletas, baúles, algún pequeño mueble o siquiera uno cualquiera de esos objetos que se recogen a última hora como tonto homenaje al tiempo que se clausura (luego se sabría que, en el primer viaje, le acompañó un cofre de tres palmos en el fondo del carruaje, entre sus pies). Y muchos pensaron que si se llevó al esposo no fue por miedo al qué dirán, por una concesión a la ceremonia eclesial de don Eulogio o a los papeles firmados en el juzgado, sino porque alguien, tarde o temprano, se lo habría llevado a su nueva residencia, como se devuelve un objeto perdido.

Abandonó, vació La Venta sin previo aviso, dejando la puerta abierta y las llaves colgando del gran candado, y, en la fachada posterior, una fogata encendida, donde se quemaban ropas y trastos despreciados. Transcurridos esos segundos del traslado, nadie habría podido demostrar, con pruebas convincentes, que Ella estuvo allí alguna vez. Los hombres se preocuparon al comprender que el mostrador iba a quedar sin servicio en la tarde de aquel domingo, si bien poco duraron sus temores: la gente que empezó a concentrarse ante La Venta vio llegar, también, a Zacarías Ermo, quien no se quedó como un curioso más de los que comentaban los acontecimientos del día, sino que, con toda naturalidad, empujó la puerta no cerrada y se hizo cargo del interior. No sólo entró en La Venta, sino que la ocupó, es decir, la recuperó, y, un momento después, ya estaba sirviendo vino con el delantal azul a la cintura; y los clientes, esperando, acodados, después de haber metido los extremos curvos de los mangos de sus paraguas en los agujeros del frente del mostrador, dejados, siglos atrás, por Larreko al extraer de la madera los hierros a que sujetó las cadenas de sus bueyes cuando sacó el altar-mostrador de la playa. Nadie, ni entonces ni después, objetó nada, ni siquiera el alcalde, a pesar de que la nueva apropiación de La Venta por parte de Zacarías Ermo no contó ni con un mero permiso verbal ni con el más nebuloso consentimiento expresado por el más ínfimo empleado municipal por medio de un impreciso asentimiento de cabeza. El pueblo entendió que la casi media docena de años en que Ella regentó La Venta constituyó un error en la vida de la comunidad, una fiebre accidental y pasajera, a cuya desaparición todo volvería a ser como antes del mal sueño. Así, pues, Zacarías Ermo contó con el respaldo moral suficiente para recuperar sin dilaciones el establecimiento. Había urgencia por borrar aquella mancha, y por olvidarla; y, por lo que respecta al leve episodio de aquellos cinco o seis años, se consiguió; al menos, el pueblo pudo recuperar su ágora tradicional, perdida a medias, perdido su pulso de hogar. Pero fue una indemnización demasiado insignificante, pues Ella iba a seguir proyectándose sobre todos desde su nuevo asentamiento, aquella mansión esperpéntica cuya contemplación había empezado a revolver los estómagos desde que sus cimientos revelaron que aquello acabaría siendo, realmente, una casa. Por no mencionar su insoportable arquitectura, patente apenas las fachadas emergieron centímetros del suelo; ni el adivinar a Cristina retorciéndose de impotencia por saberse ya condenada a sufrirla de por vida al otro lado del camino-carretera, soportando la más vergonzosa humillación arrojada sobre mujer alguna de esposo adúltero, cuyo clímax se alcanzaba cada 25 de diciembre con las piedras que Ella lanzaba ferozmente contra la fachada de la mansión, sí, sitiada; proyectiles que volaban emparejados con las estridentes notas de la imbécil canción de aquel rey de Cachemira que tenía, no tres hijos, sino cuatro.

Josafat Baskardo

9 de marzo de 1895

Ama dice a Fabi:

– Siéntate aquí, en medio de los dos.

– No hay sitio -dice Fabi-. Me aplastáis.

– Quédate donde estás -dice Ama.

Arranca el coche y deja atrás el txistu y el tamboril que suenan ante la iglesia.

– Martxel y Jaso van muy anchos -dice Fabi.

Aita no mira a nadie, sólo al frente, a las orejas del caballo. Fabi se revuelve entre Ama y aita.

– Me hacéis daño -dice Fabi.

– Acabamos de recibir el Cuerpo de Cristo y únicamente debes pensar en Él -dice Ama.

– Martxel y Jaso van muy anchos -dice Fabi-. Me cambio a su asiento.

– Quédate donde estás -dice Ama, sujetándola con su mano izquierda-. Tu cuerpo es inocente.

La cara de aita va como dormida, pero sus ojos, abiertos, no se apartan de las orejas del caballo. Sus rodillas no se mueven, y su cuerpo, de cintura para arriba, parece un poste.