Y entonces pareció que a Martxel se le hubiera aparecido un fantasma: soltó la mano de Andrea y vino hacia mí y me agarró de los hombros clavándome las uñas en la carne y gritó: «¡No, no, no!». Y entonces fue cuando yo le pregunté por qué no quería que se lo contara, y viendo él que yo no hacía caso de sus explicaciones, me clavó la mirada y tardó en decírmelo y por fin me lo dijo como si alguien tirara de sus palabras hacia abajo: «Si tú no se lo cuentas yo nunca volveré a matar nada».
Y no sé si susurré o sólo lo pensé: «Martxel, Martxel…», y él se apartó y se sentó en el suelo, solo y pensativo. Vi a un Martxel que me dio pena y me dije que aquél no era mi hermano. «Martxel, Martxel…» De pronto, levantó la cabeza y me preguntó: «¿Qué te he dicho?», y yo tampoco podía creer que él ya nunca cazaría o pescaría los animalitos puestos por Dios en nuestra tierra. Es que yo le venía suplicando que no lo hiciera desde aquel día en que mis manos guiadas por el diablo dispararon con el tiragomas la piedra que mató al pobre txiotxu. Estaba en lo alto del gran tamarindo y mi piedra le dio en el pecho con un ¡ploff! hueco y cayó a mis pies y yo aún no podía creer que le hubiese acertado porque era la primera vez que tiraba contra algo vivo. No me atreví a cogerlo. Fui a la orilla del mar y arrojé el tiragomas todo lo lejos que pude. Al volver, Martxel tenía colgado el txiotxu de su cinto. «¡No lo toques!», le grité. «¡Déjalo donde yo lo maté!» Martxel dijo: «¿Qué te pasa?». Y se lo tuve que arrancar por la fuerza, forcejeamos hasta que comprendió que yo destrozaría mis uñas y sus ropas antes que abandonar el pequeño cuerpo. «¿Qué te pasa? Sólo es un pájaro.» Lo dejé en el mismo sitio donde cayó, en el sitio elegido por Dios para que lo recogiera san Francisco. «Y tú tampoco lo harás más», dije, camino de casa. «¿El qué no haré más?», dijo Martxel. Y yo dije: «¡Matar, matar…! ¿Sabes por qué aita mata aquí y en África? Porque es aita, porque Ama dice que lo destruye todo». Y Martxel dijo: «Me gusta cazar». Y yo dije: «El
txiotxu seguiría aún vivo. Mi piedra reventó su cuerpo con un ruido que ya no olvidaré». «Fue un buen tiragomazo», dijo Martxel. «No lo harás más», dije, «no lo harás más.» Y Martxeclass="underline" «Todo el mundo caza. Cazar es de hombres». Ahora el cuerpo de Martxel está pegado al mío y los dos pensamos lo mismo. Me gusta pensar lo mismo que Martxel y que él piense lo mismo que yo. Estoy seguro de que el espíritu de san Francisco está ya dentro de él y ya no quiere cazar. Ahora oigo al hombre con barba: «Oh, sí, tengo noticia de alguna publicación apasionada, un libro, cierto discurso fundacional…», y las pisadas de los criados entrando y saliendo no me dejan oír más, sólo palabras sueltas, murmullos, y el hombre gordo mete baza continuamente y con su vozarrón tapa a los otros… «El que quiera saber algo», dice ahora, «que se lo pregunte a los jesuitas. ¡A estos señores no se les pasa una! A ver, padre, ¿qué está ocurriendo aquí?» Y dice el jesuita: «Un hombre está poniendo por escrito el alma nacionalista de…» y de pronto no se le oye hasta que «…es un sentimiento que tenía que surgir organizado algún día». Y ahora doy otro codazo a Martxel porque Ama está hablando: «Un pueblo se ha puesto en marcha», dice, y la he oído porque todos han callado, incluso el hombre gordo y porque sé que Ama ha querido que estos hombres la oigan bien y porque hasta los criados se han quedado como estatuas. Pero enseguida vuelve el ronroneo y el vozarrón del hombre gordo: «¿Ha dicho usted miedo, padre? ¿Miedo? Miedo… ¿a qué?… Perdone, que no le oigo… ¿Miedo al socialismo, dice?». Y ahora es el jesuita el que parece que está hablando, y durante mucho rato, pero sólo me llega: «… el socialismo es ateo y contrario a la tradición vasca…», y el hombre gordo: «Y contrario al dinero vasco, es decir, también al dinero que yo tengo invertido en esta tierra y al que tiene metido la Compañía de Jesús», y al hombre de barba le oigo una palabra: «… industrialismo…», y otra vez el hombre gordo: «¡Ah, excelente cordero!», y aita: «Les pido disculpas. Perdonen a mi esposa, tiene un mal día…», y el hombre de barba: «¿Qué está ocurriendo en esta tierra?», y se hace un gran silencio y ahora habla Ama y sé que todos sabían que iba a hablar: «Le pedí que destruyera todas sus minas y fábricas…», y el hombre de la barba: «¿A quién se lo pidió?», y otra vez Ama: «Lo juró sobre la Biblia, pero fue perjuro». Silencio. Ama dice ahora: «Un pueblo se ha puesto en marcha». De todo el ruido de palabras que sigue sólo oigo: «Jaungoikua eta Lagizarra», y ha sido la voz de Ama. Y el jesuita dice: «Éste es el pueblo que se ha puesto en marcha». Y el hombre de barba: «Vivimos nuevos tiempos, señora marquesa…». Y Ama: «El tiempo no existe para los vascos», y otra vez el hombre de barba: «Dígame, señora marquesa: ese hombre, ese vasco, se llama Sabino Arana, ¿verdad?», y Ama dice: Bai, y se oye el ruido de una silla al caer al suelo y la voz de aita: «¡listo es demasiado!», y el hombre de barba: «No se preocupe por nosotros, comprendemos a su esposa. Somos testigos privilegiados de la expresión de un profundo sentimiento. En nuestro mundo cada vez escasea más la fe en algo. Gracias, señora». «En mi pueblo hay demasiados sentimentales histéricos», dice aita. Y Ama: «Tú ya no eres de este pueblo». Digo a Martxeclass="underline" «¿La has oído, Martxel?». Y éclass="underline" «Sí, nuestra madre no necesita que la protejamos, se las arregla muy bien sola. Podemos irnos a la cama». «Le ha echado la verdad a la cara», digo. «Tengo sueño», dice Martxel. «Espera un poco más. ¿No quieres alegrarte con la victoria de Ama? Los ha callado a todos, y al primero a aita. ¿No te gusta ese silencio del comedor? Los ha callado a todos», digo. Martxel se levanta y se aleja en la oscuridad hacia su cuarto. «Ahora queda el bastardo. Ése es cosa nuestra», digo. «¿Cosa nuestra?», dice Martxel. «No vamos a dejarle a Ama todo el peso», digo.