Roque Altube
Agosto de 1889
Sí, lleva el pelo atado a la nuca, y desde el nudo de cuerda le cae por la espalda como un largo manojo de yerba negra. Ayer vi por primera vez a esta chica, y no he podido dormir en toda la noche, preguntándome cómo llevaba realmente atado su pelo. He rezado para verla otra vez y saberlo. Dios me ha oído y ahí está de nuevo, a la puerta de la fábrica, como ayer, con la mochila de lona cargada de papeles que va dando a los obreros de mi turno que los quieren coger. La mayoría pasa de largo, aunque no sin mirarla e incluso decirle alguna tontería, porque es muy bonita. Yo ni paso de largo ni me acerco a ella a por un papel, sino que me quedo a mirarla desde el otro lado del callejón. ¡Dios mío, no siente ninguna vergüenza cuando se mete entre los hombres a largarles sus papeles! Hasta ahora yo nunca me había fijado en una chica tan palito.
No está sola, sino con dos hombres jóvenes, también con una mochila cada uno. No dejan los tres de decir cosas mientras hacen lo suyo: «¡Sabed que sois trabajadores explotados…! Ni siquiera un animal trabaja doce y catorce horas al día, como vosotros, para ganar un jornal de hambre… Y, mientras, ¡ellos viven como reyes de vuestra explotación!». Uno de los obreros se acerca a ella y le dice algo, y uno de los muchachos se lanza sobre él y la masa de obreros hace corro para que se zurren a gusto. El amigo de la chica es más fuerte y tumba al otro de espaldas y se sienta a caballo sobre él y le va a machacar, pero en esto llegan los guardias civiles y la chica y sus dos amigos cogen sus papeles y salen corriendo. Lo último que veo de ella es su pelo negro bailando contra la espalda como la cola de una vaca espantando moscas.
Soy de los primeros en salir de la fábrica. ¡Ahí está la chica! Me paro a mirarla, de lejos, y ella también me mira. Creo que es la primera vez, en estos tres días, que me mira. Pero sigue dando papeles a mis compañeros de turno y diciendo esas cosas que yo nunca había oído. Ahora sube a una pequeña caja de madera y empieza a hablar casi a gritos:
– ¿Hasta cuándo vais a esperar para uniros y exigir vuestros derechos? ¿Nunca habéis sentido curiosidad por saber cómo viven los amos de Altos Hornos? Pues viven en palacios y entre almohadones y comiendo hasta hartarse, sin frío en invierno, acostándose con mujeres no estropeadas por el trabajo, como las vuestras, con hijos que reciben la mejor educación y a quienes atienden los mejores médicos y que no mueren de pequeños, como los vuestros. ¿Y sabéis de dónde sacan el dinero para disfrutar de todo eso? ¡De vuestros propios bolsillos, pues no os pagan lo que vale vuestro duro trabajo! ¡Uníos para defender como hombres lo que es vuestro!
Sus ojos brillan como llamas, sus labios tiemblan, su carita blanca se rompe por todas partes. ¿Cómo se llamará esta pequeña fiera? Sólo calla cuando su pequeño pecho se queda sin aire. Ha reunido a muchos hombres alrededor de su caja. Pero cuando sus dos compañeros se ponen a repartir sus papeles, todo el mundo se va. Y ocurre que, de pronto, la chica y sus dos amigos y yo quedamos solos en el callejón de la fábrica, ellos a un lado y yo al otro. El muchacho fuerte da un paso hacia mí.
– ¿Quieres uno? -dice, con un papel en la mano.
– No, no… -digo.
– Entonces, ¿qué haces ahí parado? -dice.
Siempre que miro a la chica, ella me está mirando. Cuando echan a andar los tres, yo les sigo. Las casuchas de Sestao son como partes de Altos Hornos, sus gentes podrían pasar a la fábrica saltando desde las ventanas. La chica vuelve varias veces la cabeza para mirarme.
– ¡Maldita sea! -oigo decir a su amigo el fuerte-. Lo tenemos tras nuestros pasos.
Es de noche. Me paro cuando se paran las sombras de los tres. La chica se aparta de los suyos y viene hacia mí con algo en una mano.
– ¿Por qué no coges uno y lo lees? -me dice.
No es la misma voz que cuando gritaba como una loca sobre la caja.
– ¿Quieres que te ayude a repartir estas cosas? -digo.
– Es que ya hemos acabado por hoy -dice la chica-. Además, ¿cómo vas a repartir un mensaje que ni siquiera has leído?
– ¿Cómo te llamas? -digo.
La chica deja de mirarme, pero antes de que se dé la vuelta le quito de la mano el papel que traía para mí. Llega junto a los suyos y se vuelve.