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Eduardo hace una seña a Facundo para que empiece. Marcelo se levanta. Isidora también se levanta y va hacia él. Le coge de la manga de la blusa.

– Nunca te habías puesto así -le dice-. ¿Qué te pasa? ¿Te ha ofendido alguno de nosotros? Seamos todos uno. Nuestra fuerza está en la fe que nos une. Me moriría si, en vez de crecer, nuestro grupo disminuyera.

Es imposible no hacer lo que ella pide. Sus ojos son negros y brillan con la fuerza de un sol. A Marcelo no le queda sino golpear la mesa con una mano y sentarse. Quiero para mí esos ojos negros de Isidora.

– Adelante, secretario, adelante -dice Marcelo-. Si te gusta hablar, pues habla. Ahora entiendo por qué te va tan bien con la quincalla que carga tu mula… ¡Para vendérsela a las mujeres no tienes más que darle a la lengua! Adelante, véndenos ese informe…

Facundo se pone unas gafas, coge unos papeles y empieza a leer. Isidora se ha sentado y se encoge, supongo que para escuchar mejor. Sólo mira a la mesa, de modo que yo puedo mirar a placer su cara.

Bueno, y por fin Facundo deja de leer. No sé lo que ha dicho, no sé cuánto tiempo ha pasado. Dejo de mirar la cara de Isidora y miro a la gente de la mesa, y veo a José dormido con la cara apoyada en sus brazos cruzados sobre la mesa. Sé que Facundo ha dejado de leer cuando Isidora levanta los ojos, y pienso: «Ahora me mirará. No tiene más remedio que mirarme, porque estoy frente a ella». Pero, no. Se levantan sus ojos, sus párpados, y ni aun así mis ojos tropiezan con los suyos, que se escabullen.

Oigo ronquidos a mi izquierda: Urbano duerme con la barbilla hundida en el pecho. Marcelo sacude la cabeza de José para despertarle.

– ¡Cojonudo! -dice Marcelo-. Me has convencido, quincallero: véndeme tela para hacer almohadas para todos.

– Ha sido un buen informe -dice Eduardo-. Y no deja fuera ninguna de las quejas que circulan por las minas.

– Que opine José -dice Marcelo, riendo.

José se frota los ojos. Dice:

– Llevo días metiendo «tarea» y después jornada.

– ¡La nuestra es la revolución de los dormidos y los informes hacen de canciones de cuna! -dice Marcelo.

– Estamos en sesión. El que quiera intervenir que levante la mano -dice Eduardo. Marcelo levanta la mano.

– Te recuerdo que tus enemigos no están en esta mesa -le dice Isidora. Las palabras han salido de sus labios casi con suavidad, pero suenan como un látigo, como cuando la madre dice en la cocina de Altubena algo que deja callada a toda la familia.

– Para escuchar lo que tengo que decir no se necesitan almohadas -dice Marcelo. Pero ha dejado de reír. Su cara vuelve a ser dura. Me mira y yo le miro, mis ojos le lanzan: «¿Qué pasa?»-. Esto es lo que digo: fuera las «tareas», fuera la jornada de más de diez horas, fuera barracones y cantinas, fuera el pago mensual y las «contraseñas de latón»… Éste es mi informe. No ha dormido a nadie. Corto y claro como una maldición contra los patronos.

– El partido socialista está para algo más que para exigir mejoras inmediatas en el trabajo, en la vivienda, en la vida -dice Eduardo-. Está, también, para dar sentido a todo ello, para decirle al obrero: «Si recibes un trato de esclavo no es por simple mala suerte, sino por pertenecer a la clase de los de abajo». Hay que hablarle, pues, de las clases sociales, del enfrentamiento histórico entre ellas… -Se vuelve a Facundo-. Ha sido un informe muy rico, compañero. En nombre de todos nosotros, gracias por el esfuerzo.

– Soy un despreciable teórico -dice Facundo-. A veces pienso que no soy más que eso.

Un momento antes de que hable sé que Isidora va a hablar: sus labios se separan, respira hondo, aparecen en su frente esas tres arrugas de su genio.

– Tanto tú como Eduardo sois mensajeros de la buena nueva. ¿No es a vosotros a quienes debo agradecer las palabras que me abrieron los ojos? ¿Teórico, dices? ¿Quién se mueve más que tú, Facundo? Siempre de aquí para allá, con tu mula, tus telas y quincallería para las mujeres, adornando tus artículos con un chorro de palabras, chistes, historias…

– Mentiras, todo mentiras -dice Facundo.

– ¿Acaso es mentira el mensaje socialista con que me vendiste aquella cinta azul para mi pelo? -dice Isidora-. Fue a la puerta de esta casa: llegaste cansado, cubierto del polvo de los caminos, y te sentaste sobre una piedra y me pediste agua. Te la saqué y bebiste, y te pregunté si llevabas cintas para el pelo, y luego te negaste a cobrarme la que más me gustaba, una azul. Y entonces me llamó mi padre desde dentro y tú pudiste verle a través de la puerta abierta y me preguntaste de qué vivíamos, y hablamos, y de pronto te pusiste muy serio y quisiste saber si me gustaría ayudar a mi padre y ayudarme a mí misma. «Ya lo hago», te contesté. «Coso para fuera.» Tú me dijiste: «Salta a la vista que eres una buena hija, pero yo no te hablo de un esfuerzo en solitario sino de una suma de esfuerzos. Vivís rodeados de gentes tan pobres como vosotros. ¿Te imaginas lo que ocurriría si todos los que trabajáis os pusierais de acuerdo para no ir a trabajar mientras los patronos no os dejaran de tratar como a ganado?». Y yo protesté: «¡No se cobrarían jornales y todo el mundo se moriría de hambre!». Y tú te levantaste de la piedra y levantaste los dos brazos al cielo y gritaste: «¡Pero pararían minas y fábricas y los patronos dejarían de obtener beneficios, y, como vosotros, también perderían, y perderían mucho más que vosotros, pues es mucho más lo que ganan! Y no sólo eso…». Entonces descubrí que no parecías el mismo hombre que me pidió el vaso de agua. Repetiste: «Y no sólo eso…», y tus ojos brillaban como las estrellas en la noche, ya no parecían los de un agotado vendedor ambulante. «Recobraríais vuestra dignidad», dijiste. «Por un breve tiempo, volveríais a sentiros orgullosos de vosotros mismos…, ¡dignos y libres!» Aquella noche y las siguientes casi no dormí, sintiendo que algo nuevo acababa de nacer dentro de mí. Esperé con impaciencia tu nueva visita de quincallero, esta vez no para comprarte nada, sino para descubrir cómo era por dentro la fe que hacía que tus ojos fueran como estrellas… ¿Y te acusas de simple teórico, cuando no cesas de viajar dispersando la semilla de la esperanza?

– ¡Ah, si todas las tierras sembradas fueran como tú, Isidora! -dice Facundo.

Nunca había oído que una mujer y la tierra fueran lo mismo. Hasta hoy, sólo Altubena había sido mi tierra. Pero ahora quiero que Isidora sea también mi tierra. ¿Por qué, de pronto, ella ha clavado sus ojos en mí? Un calor de fuego quema mi cara. No sé cómo, pero ha pasado a ella mi pensamiento de que su cuerpo es como una tierra de labranza.

– Pasaré tu informe a Perezagua -dice Eduardo a Facundo-. A los de Bilbao les gustará saber que los de La Arboleda trabajamos bien.

– Y no te olvides de hablarle del nuevo afiliado, el que esperábamos para empezar la revolución -dice Marcelo.

– Si quieres acción -dice Isidora-, propongo ir mañana a los barracones a hacer una colecta para la mujer y los niños del pobre Fulgencio Ferreiro.

– Ya la estarán haciendo sus compañeros -dice Marcelo.

– Nosotros no nos limitaremos a recoger dinero, sino que… -dice Isidora.

– ¡Sí, una colecta con informe! -dice Marcelo.

– ¿Por qué aguantáis a un animal como él? -dice José. José es pálido y de mirada triste. -Su cabeza suele estar humillada, como la de los bueyes. Me entran ganas de decirle: «¡Eup!». A Marcelo no le ha importado que le llame «animal». Creo que los dos son como hermanos.

– Hasta para convocar una huelga hay que mover a la gente con razones que no son otra cosa que un informe -dice Isidora.

– ¡Huelga! ¡Pensé que ya jamás os volvería a oír esta palabra! -dice Marcelo-. ¿Os asusta? ¡Huelga! ¡Suena a música! ¡Huelga, huelga! ¡Fulgencio Ferreiro ha de ser vengado con una huelga!

Urbano abre a medias los ojos y mueve la cabeza. Le han despertado los gritos de Marcelo.

– ¿Qué pasa? -dice.