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– ¿Dónde está nuestro fallo? -dice Isidora otra vez, ahora con lágrimas en sus ojos-. ¿Está en nuestras miradas y en nuestras palabras, a las que no sabemos cargar de la fe que llevamos dentro? Ellos nos ven y nos escuchan, pero no nos creen, no creen del todo en nuestra verdad, porque nuestros ojos y nuestras palabras no emocionan a nadie…

– Tú sí que me emocionas, Isidora -dice Facundo-. En el fondo de tus ojos y de tus palabras estoy viendo a tu padre, sin piernas y en su silla, estoy viendo el dolor del pueblo. ¿No lo ven los demás? ¡Sí, lo ven, pero quizá aún no es la hora de que la legión de esclavos se ponga en marcha! Nos parecemos a esas hormigas que, de pronto, echan a andar como un mar inmenso y nada puede oponerse a su paso. No se sabe de dónde reciben la orden, en qué profundidades de su instinto se produce la unanimidad, cómo resuelven el que esta unanimidad estalle en un mismo momento… Dicen: ¡ahora!, y medio mundo se llena de ellas… Algún día, con los trabajadores ocurrirá lo mismo. No, Isidora: los que ya hablamos de revolución no somos culpables de que ese mar de esclavos no nos oiga. Es que no es la hora.

– ¡Palabras, palabras! ¡Informes, informes! -dice Marcelo. Mueve los brazos como si se le fueran a salir-. ¡Trunk, trunk, trunk! ¡Esto es lo que vale! ¡Trunk, trunk, trunk!

– Pues a mí me gustan las palabras de Facundo -dice José-. Son como una de esas músicas que ponen un nudo en la garganta… ¡Los obreros de todos los países poniéndose en marcha hacia un mundo de hermanos! ¿No es éste nuestro sueño? ¡Arranquemos la maldad de la tierra y así vendrá el nuevo hombre!

– Dejemos las blandenguerías para los curas, sobran en nuestra revolución -dice Marcelo-. ¡El nuevo hombre es el que haga con más mala sangre la mejor huelga!

– Nada noble construiremos sin amor -dice Facundo-. El hombre siempre ha querido amar y alguien no le ha dejado.

– ¡Las huelgas no se hacen con amor sino con odio! -dice Marcelo-. ¡Llevemos a los diez mil mineros a la gran huelga de los diez mil odios!

– Las huelgas se hacen «contra» alguien, pero también «por» alguien -dice Isidora. ¡Dios mío, jamás he visto un brillo igual en otros ojos!-. Hay odio y hay amor. Nadie odia más que yo a quienes nos explotan, pero tampoco nadie ama más que yo a los explotados.

– En los barracones los mineros se quitan el pan de la boca para dárselo a sus compañeros con más hambre… ¡Ya existe el nuevo hombre! -dice José.

Eduardo se pasa la mano por la boca y luego tose. Hace bailar el lapicero entre sus dedos. Su carota con manchones rojos se mueve a un lado y a otro, como la de un buey. Tose más y todos le miran.

– Cuidado con caer en misticismos -dice-. El bruto de Marcelo, a veces, tiene razón… a medias…, lo mismo que Isidora. No se trata únicamente de pedir a los hombres que se comporten entre sí como hermanos: esto lo lleva pidiendo la religión desde hace muchos siglos, sin ningún resultado. Nosotros nos dirigimos a los débiles, no a los poderosos, y no para pedirles paciencia y resignación, sino para que se rebelen hablándoles de sus derechos. El cielo que nosotros prometemos está aquí abajo, y los débiles no lo alcanzaremos esperando con resignación la limosna de los fuertes, sino organizándonos como clase y tomando el timón de la Historia. ¿Lo oís bien? ¡Tomando el timón de la Historia, haciendo que los pobres seamos, por primera vez, los protagonistas de la Historia! Los socialistas proclamamos la verdad científica de la lucha de clases. Hasta que nosotros no lo revelamos, nadie sabía que componíamos una clase, nadie había dicho que en el mundo vivían dos clases enfrentadas, la de los de arriba contra la de los de abajo. Nadie había dicho que un minero de La Arboleda está más cerca de un minero alemán que de un patrono de La Arboleda, aunque sea su hermano de raza. ¡Los socialistas proclamamos la solidaridad de clase por encima de las demás solidaridades! ¿El nuevo hombre? Sí, habrá un nuevo hombre, pero no antes de la revolución, sino después. No será el nuevo hombre el que haga la revolución, sino que la haremos nosotros, los hombres viejos, cargados de amores y de odios. Así, pues, la revolución no la hará ni el amor ni el odio, sino el descubrimiento de que el trabajador salvará su dignidad de hombre rompiendo las cadenas que han oprimido secularmente a su clase. Y esta verdad histórica ha sido descubierta por Marx y convertida por él en ciencia.

– ¿Ciencia? ¿Se puede hacer un nuevo hombre sin amor? -dice José.

– ¿Se puede hacer una gran huelga sin odio? -dice Marcelo.

– ¿Por qué nosotros no podemos decir también que el mundo será de los justos? -dice José.

– ¡Claro que el mundo será de los justos! -dice Eduardo-, pero ¿cómo?, ¿qué han de hacer los justos para poseer el mundo?: ¿no pecar?, ¿ser simplemente buenos? ¡No, no, eso ya se ha acabado! Pero el mundo será de los justos, no lo dudes, hijo…

– Me gusta oír que los trabajadores somos los justos -dice José-. Es como si nosotros fuéramos ya el hombre nuevo. ¡Digamos ya en nuestros mítines que los justos haremos la revolución! ¡Es, por fin, la música para que nos entiendan!

– Te construiré un pulpito -dice Marcelo.

Va a hablar Isidora. Sus ojos, sus ojos, sus ojos… ¡Oh, Dios!, ¡oh, Dios, Isidora!, ¡huye conmigo de esta casa llena de gente a mi playa solitaria donde entre tus ojos y yo no haya nada ni nadie!

– Lo haremos. No sé cómo, pero lo haremos -dice Isidora.

Sigue hablando, pero ocurre que yo no la oigo. Sus labios se mueven, su cara tiembla, y sus manos y sus hombros no están quietos, pero son sus ojos los que me agarran. Habla Isidora y hablan los demás, pero yo no oigo ni siquiera a Isidora. Hasta que me tocan el hombro y alguien dice: «¿Duermes con los ojos abiertos, Roque?», y es que se han levantado y parece que ya se marchan. Isidora también se levanta y, ahora sí, la oigo decir: «Entonces, mañana», y yo no sé lo que van a hacer mañana, y de pronto estoy en la puerta de la casa, en medio de todos los que se marchan, y Eduardo me dice: «Eh, que te dejas olvidados los textos que te di», y él mismo va a cogerlos de la mesa y de paso coge también mi cestillo de comida, y vuelve con todo y me lo da, y ahora dice Marcelo: «¡Qué desperdicio de papel! ¡Lo picará para pienso de sus vacas!», y salgo con todos y de pronto siento que Isidora está a mi espalda y me vuelvo y me está mirando. El color de las noches de La Arboleda es más triste que el de las de Getxo.

– Vendré. Mañana -le digo.

– Es domingo, es fiesta, y no tendrías que salir de… -dice ella, pero le corto:

– Los domingos hay que ir a misa y yo llevaré a tu padre -digo-. Él me espera.

Nos miramos. Sus labios hacen una sonrisa que casi no se nota. Y es con su mirada y con su sonrisa con las que me gustaría hablar, y no con esas palabras que hablan de una cosa distinta de lo que dicen nuestras miradas y su sonrisa. Estoy seguro de que Isidora me está diciendo que ya sabe que es sólo por ella por quien volveré mañana.

– Adiós -oigo decir a Facundo a mi espalda, y oigo sus pasos y los de su mula, alejándose.

– Salud -oigo decir a Eduardo, y también se va.

Espero a oír las despedidas y los pasos de Marcelo y de José. Me vuelvo a medias: ahí están, quietos, mirándonos, y la cara de Marcelo se está poniendo roja de rabia. Miro a Isidora. Si no fuera por Marcelo y por José, ella y yo estaríamos solos por primera vez desde que la conozco. La verdad es que Isidora y yo nunca hemos estado tan lejos de alguien. Podría decirle cosas sin que ellos se enteraran. Quiero decirle que voy a casarme con ella y que me la llevaré a Altubena para vivir allí los dos. Necesito que lo sepa y ver que su sonrisa sigue en sus labios cuando se lo diga. Me gustaría gritar todo esto al mundo y a Isidora, y al menos saber que ella está recogiendo con su mirada lo que yo le estoy diciendo con la mía. No puedo marcharme sin decírselo de palabra…