– Vendré. Mañana -le digo.
Marcelo no se mueve hasta que no me ve tomar el camino de la ría.
Hay luz en la ventana de la cocina. Entro. La madre se levanta de su banqueta y me mira. Pero hay algo más en sus ojos. En la cocina está el padre, en un rincón, de espaldas, picando remolacha para el cerdo. Los cachos de remolacha que salen de su cuchillo acaban en un cesto que hay entre sus piernas abiertas. Sabe que ya he vuelto, pero su espalda no se mueve. Hace horas que tenía que estar acostado.
– ¿Hasta cuándo va a durar esto? -dice la madre, tan bajo como si el padre pudiera no enterarse de lo que pasa en la cocina-. ¿Por dónde andas, si se puede saber?
– Por ahí -digo.
– Cualquiera que te vea llegar a estas horas… Nunca nos habías hecho nada parecido. Cuando se entere tu padre… -dice la madre.
Sus ojos van de la espalda del padre a mí. Espera. El padre pica remolacha como si estuviera solo en la cocina. Pero lo que me llega de su espalda me deja frío.
– No os preocupéis del trabajo atrasado: yo lo haré todo, nadie tendrá que hacerlo por mí -digo.
– Como no te partas en tres -dice la madre-. Menos mal que mañana es domingo.
Ha hablado para el padre, como diciéndole: «Ya está todo arreglado, Zenón. Mañana el chico pondrá al día los trabajos».
– El domingo no oiré misa en Getxo, me voy a otro sitio -digo.
– Jesús -dice la madre.
El padre no ha parado su pica de remolachas.
– Siéntate a cenar, que ya es hora -dice la madre. Coge un plato y el cazo y levanta la tapa del puchero humeante-. Mañana es pecado trabajar, pero si te arrimas a las higueras los vecinos no te verán cortar la hierba del prado. Siéntate.
No puedo sentarme con esa espalda del padre vigilando mis palabras y mis movimientos.
– Trabajaré esta noche -digo.
– Sí, con velas, y todos creerán que andan fantasmas en Altubena -dice la madre.
– Trabajaré esta noche -digo.
– Come -dice la madre-. Cuando se hacen locuras hay que comer más.
No puedo sentarme a la mesa teniendo ahí la espalda del padre.
– ¿Adónde vas sin cenar? -oigo a la madre.
Creo que Urbano me habla, pero es que ya la tengo a ella delante.
– Hola -me dice Isidora.
Creo que Urbano me sigue hablando, pero Isidora aún parece tener en su cara el rojo calor de la cama. No sé cómo he podido estar tantas horas sin verla. Sus labios se mueven para decirme:
– Mi padre te está hablando.
Sí, Urbano me está hablando.
– Puntualmente, como las buenas personas.
Está en su silla de ruedas, con una boca de fiesta abierta de lado a lado, con chaqueta y pantalón limpios de domingo, y la boina metida hasta casi las orejas, como la llevan ellos.
– Nunca te lo agradeceré bastante -dice Urbano.
Los ojos de Isidora me están contando que ya sabe que si estoy aquí es sólo por ella. El rojo de sus mejillas se hace un poco más rojo y ahora sé que no lo traía de la cama. Su nombre anda por dentro de mi cuerpo: «Isidora, Isidora, Isidora…». Con su mano derecha se toca el hombro de su vestido y yo la miro de arriba abajo por primera vez hoy. Está guapa, guapa, con un vestido floreado.
– Se ha pasado la noche en vela para coser su trapo -dice Urbano.
– Lo empecé días antes -dice Isidora- y lo elegí de flores porque aún no había muerto Fulgencio Ferreiro. Facundo me vendió muy barata la tela. Pero vamos a los funerales de un minero y me lo tendré que quitar.
– Ese pobre hombre no era pariente nuestro -dice Urbano-. No tienes por qué ir de luto.
– Me lo tendré que quitar: Fulgencio Ferreiro era mi hermano -dice Isidora.
– Sí, sí, claro -dice Urbano-. ¡Pero hoy es un gran día para mí y quiero que mi hija me acompañe a misa con un vestido bonito! ¿Qué piensas tú, Roque?
– He cortado yerba toda la noche para poder venir hoy -digo.
– ¿Ya le oyes al muchacho, hija? -dice Urbano-. ¡Para cumplir con la palabra dada a un pobre viejo anoche no durmió!
Pero los ojos de Isidora me cuentan que ya sabe por qué me pasé toda la noche cortando hierba. Ella también se ha pasado toda la noche cosiendo su vestido de flores.
– A nadie le parecerá mal que vayas a misa con ese vestido -digo.
– Roque tiene razón -dice Urbano.
– Sería como faltarle al respeto al muerto -dice Isidora. Se mete en su cuarto y cierra la puerta. Urbano mueve la cabeza. Dice:
– Me pregunto para qué sudó mi pequeña la noche entera sobre su vestido si no se lo iba a poner.
– ¿Pensó usted alguna vez en llevársela a vivir al otro lado de la ría, a Getxo o así? -digo.
– No, nunca -dice Urbano-. El Señor nos puso en las minas y éste es nuestro sitio.
– En Getxo las mujeres no llevan luto por todos los muertos del pueblo -digo.
– No sé qué locura le han metido a mi pequeña -dice Urbano.. -El problema es que aquí hay demasiada gente -digo-. No es bueno vivir con tanta gente rodeándole a uno. Además, en Getxo Isidora iría a misa con su vestido y aquí no. En Getxo se puede ir de un caserío a otro sin tropezarse con nadie, siempre entre bosques y huertas.
– Hace muchos años, cuando yo llegué a esta tierra, las cosas no eran así, estábamos casi solos -dice Urbano-. En el principio de las minas entre los mineros se hablaba de Dios y no de socialismo, y los lutos sólo alcanzaban a los parientes. Todavía no había poblados y los hombres nos atrevíamos a vivir en soledad con Dios, porque éramos más fuertes. Ahora los hombres son cobardes y no se atreven a vivir fuera de un grupo, quieren sustituir la voz de Dios por la voz del grupo. Se ve la mano de Satanás.
– Isidora estaba muy guapa con su vestido -digo-. ¿No le importa a usted que yo diga en su propia casa que su hija estaba muy guapa con su vestido?
– No, no, claro que no -dice Urbano-. Eres un buen muchacho.
– No está bien que Isidora no pueda llevar a misa su vestido si lo cosió durante toda la noche para llevarlo -digo.
– No, no está bien -dice Urbano-. Ese socialismo de Satanás ha traído una nueva ley sobre los lutos.
– Isidora estaba tan guapa con su vestido nuevo que hoy no parecería domingo si se lo quitase -digo.
– Mi pequeña tiene derecho a disfrutar de las pocas ocasiones que le ofrece la vida -dice Urbano.
– ¿Le importa a usted que hable con su hija a través de la puerta? -digo.
– Roque, eres una buena persona al querer ayudarla -dice Urbano.
Voy hasta la puerta cerrada de Isidora.
– Isidora -digo.
Me tiemblan las piernas: al otro lado de la puerta está el dormitorio de Isidora.
– ¿No la has oído? -dice Urbano-. Te ha contestado «¿qué?».
No, no la he oído, y ahora que quiero hablar tampoco puedo. ¿Por qué no me olvido del traje de Isidora y le digo a su padre que voy a casarme con ella?
– No te quites el vestido de flores -digo.
– Vosotros no lo comprenderéis nunca -dice Isidora.
– Todas las chicas tienen derecho a ponerse guapas un domingo -digo.
– También Fulgencio Ferreiro tenía derecho a vivir -dice Isidora.
– ¿Vas a ponerte luto por toda la gente que se muere en el mundo? -digo.
– Fulgencio Ferreiro era un hermano de las minas -dice Isidora-. Y tú ya deberías comprender estas cosas, siendo otro obrero. La clase trabajadora ha perdido a uno de los suyos por las malas condiciones en que se trabaja en las minas, y yo debo llorar.
Isidora no es del mundo de las minas. Una mujer como ella no puede ser de otro sitio que de Getxo. Yo la salvaré de este rebaño de locos.
– Si aquí no te atreves a ponerte ese vestido vete con él a Getxo -digo-. Allí a nadie le parecerá mal que no lleves luto por ese gallego.