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Yo iba a la izquierda de Isidora y entonces Marcelo se puso a su derecha, y le dije:

– Si quieres, empezamos a tirar de ella a ver quién se la lleva.

– ¡Callaos! -dijo Isidora.

Entonces yo dije que me parecía bien que Marcelo quisiera dar una paliza a uno de Getxo que venía a cortejar a una chica de La Arboleda, porque eso es lo que haríamos los de Getxo con los de La Arboleda si aparecieran por nuestras romerías, y acabé preguntándole que a ver cuándo quería empezar. Y a Marcelo se le puso la cara más roja y quiso empezar allí mismo, pero José le agarró de la ropa. Y entonces dijo Isidora:

– ¡Mataos cuando yo no os vea, porque me niego a estar en el centro de vuestro alboroto!

– Luego me dejas que te acompañe al baile de la plaza -le dije-. Hoy es domingo.

– Sólo quiero pensar en lo que he de hablar en los barracones -dijo Isidora.

– Está de luto para ir a bailar -dijo Marcelo-, de modo que yo te llevaré a ti a otro sitio.

En la cara de Marcelo había una sonrisa. Isidora también le miró, pero enseguida echamos a andar los cuatro, y de nuevo Isidora quedó entre Marcelo y yo. El sol apretaba de firme. Me acordé del padre y de las boronas.

Ahora estamos bajando una colina hacia un valle.

– Mira y entérate de cómo viven los mineros -me dice Isidora.

Yo nunca había visto los barracones de las minas. Los que tengo delante son tres, hechos de piedra y madera, muy largos y sucios y rodeados de silencio, a pesar de los muchos hombres que andan por aquí, unos colgando ropas a secar y otros fumando y charlando al sol. Marcelo y José son aquí conocidos: les saludan y ellos también saludan. La gente nos mira a Isidora y a mí.

– Son del partido -dice José a la gente-. Venimos a hablaros.

– Lo único que se hace es hablar -dice un hombre de cara negra-. Lo único que hace vuestro partido es hablar.

Isidora se aparta de nosotros y va hacia el hombre de cara negra, que está sentado en una piedra.

– Estamos preparando las cosas para hacer algo más que hablar -le dice. Se le agrandan los agujeros de su naricilla y ahora es la Isidora que yo no quiero-. Y tú, ¿haces algo más que hablar? Toda la fuerza se os va por la boca criticando a los demás.

– ¡Pero yo no prometo nada y vosotros sí! -dice el hombre de cara negra.

Me pongo junto a Isidora y miro fijamente a la cara a este loco.

– No hay vosotros ni nosotros…, ¡hay todos! -dice Isidora-. ¡Todos nosotros formamos la gran familia de los explotados! ¡Nuestra lucha debe empezar por unirnos!

– Llamadme cuando uséis pistolas en vez de lenguas -dice el hombre de cara negra.

Se acerca a Isidora un hombrón tan grande como una montaña y le dice:

– Me llamo Carvallo, Ruperto Carvallo, y quiero ser de los vuestros. A Ferreiro no le dio tiempo de hacerlo. También quería daros su nombre, pero no le dio tiempo. Yo era su compañero.

En la carota del hombrón hay dos lágrimas. Isidora le toma las dos manos y le lleva como a un niño hacia la puerta del primer barracón. Lo que Isidora está haciendo con este minero yo nunca lo había visto en ninguna parte. José, Marcelo y yo les seguimos. Isidora dice al que lleva de la mano:

– Ven, es Fulgencio Ferreiro quien nos trae aquí.

Carvallo agacha la cabeza al pasar bajo la puerta detrás de Isidora. Yo también entro. Huele a demonios. Hay docenas de hombres tumbados por un lado y por otro, sobre tablas o sacos sucios en el suelo. No es fácil hacerse a este olor a sudor, a comida fermentada, a chises, que casi marea. Se oye un escándalo continuo de toses de enfermos.

– Fulgencio dormía aquí -dice Carvallo, señalando el lugar donde ahora un hombre duerme sobre unas tablas tapado a medias con una manta llena de agujeros.

– ¿Tan pronto le han quitado su cama? -digo-. La cama de un muerto debe respetarse vacía más tiempo.

Isidora me dice con una sonrisa triste:

– ¿Crees que estás en tu cielo de Getxo?

Y Marcelo:

– ¡Éstas son las minas, borono! ¡Aquí, a toque de corneta, un hombre se levanta de su tabla para dejar el sitio a otro hombre que llega de su turno para acostarse!

En la cuadra de Altubena hasta los cerdos tienen cada uno su cama. Del techo del barracón cuelgan piezas de tocino y tasajo, y panes, seguramente para salvarlos de las ratas.

– Los hombres que viste fuera están echando la siesta al sol porque no hay sitio en los barracones -dice José-. Ésa es mi cama -y me señala un saco relleno de pajas de maíz con un hombre encima-. Y la de más allá, la de Marcelo -y me señala otro saco, con otro hombre encima.

– ¿Por qué no os marcháis a vivir a otro sitio? -digo.

– Porque los barracones son de la Compañía y los capataces los alquilan por un real diario y nos obligan a vivir en ellos -dice José.

Se oyen tantas toses y con tanta fuerza que no sé cómo puede dormir todo este rebaño que cubre el suelo hasta el fondo. Los ronquidos hacen temblar las paredes. Isidora habla con un grupo de mineros:

– La familia de Fulgencio Ferreiro ha quedado en la miseria -les dice-. Seguramente vosotros habéis empezado a recoger algún dinero… -Se habló de la cosa, pero aún no se ha hecho nada -dice un minero.

– Si queréis, nosotros nos encargamos -dice Isidora.

– Sí, nosotros -dice el hombrón-. Fulgencio era mi amigo y es lo menos que puedo hacer por él.

– ¿Qué sois vosotros para la Compañía? ¡Sólo máquinas para sacar mineral! -dice Isidora-. ¿Qué hace la Compañía con vosotros cuando sufrís un accidente? Si perdéis las dos piernas, os da cuarenta duros; si los dos brazos, veinte duros; si las dos manos, diez duros… ¡Siempre número par de duros para sacar la mitad si hay que pagar sólo una pierna, un brazo o una mano! Y si el minero muere… ¡nada queda para la familia! ¿Y qué suerte espera a los viejos, los que han dado toda su vida a la mina y ya no pueden mover las barras ni cargar mineral ni empujar las vagonetas? A cambio de una limosna, se les permite recoger los desperdicios de mineral de los charcos del suelo, toda la jornada con los pies en el agua, enfermando y muriendo pronto. A los viejos que rechazan este calvario los vemos pidiendo limosna por los pueblos mineros… ¡No todos tienen la suerte de perder las dos piernas y vivir sobre una silla de ruedas hasta la muerte!

Lo último lo ha dicho Isidora con esa voz ronca semejante a la resaca de la mar. Y en sus ojos hay un par de puntos de agua. Los mineros del fondo del barracón se van despertando y acercándose al grupo que rodea a Isidora.

– Ven conmigo -oigo decir a Marcelo.

– ¿A qué? -digo.

– A arreglar lo nuestro -dice Marcelo-. ¿Tienes miedo?

– Vamos -digo. Me acuerdo de Isidora-. No podemos dejarla sola.

– ¿Sola? -dice Marcelo-. Está como en familia, está en su salsa, ¿no la ves? Ella ha nacido para esto, no lo olvides. ¿Sabes por qué no te he matado ya? Porque sé que la buscas con buena ley, que quieres casarte con ella. Pero no sueñes con cambiarla. Los boronos no entendéis cómo son las minas. Isidora y yo somos iguales, somos de las minas. No te metas entre nosotros. Cuando la gane para mí, tú también saldrás ganando. Vete a tu tierra y déjala en paz. Ella no es mujer para ti. Nunca cambiará.

– Sólo si yo muero no me casaré con ella -digo.

Nos miramos. Marcelo mueve la cabezota. Dice:

– Ven conmigo.

Isidora no nos ve salir del barracón. Le oigo decir al grupo de hombres:

– ¿Qué os dan los patronos a cambio de trece horas por jornada? ¡Jornales de hambre y miseria! Os tratan como a animales… Miraos: hambrientos y enfermos, amontonados en estas cuevas para ratas controladas por los capataces… La segunda explotación la sufrís de estos perros fieles de los patronos que os obligan a comprar la comida, el vino y el tabaco en sus cantinas, descontando el importe de vuestros jornales, hasta que la deuda es tan grande que os veis atados a la mina, a romperos el alma contra el mineral a cambio de oírle al capataz: «Fulano, este mes tampoco puedo darte nada de tu jornal porque me debes tanto y tanto, de modo que a ver si te apuntas a tareas para cobrar más, porque un hombre que debe dinero a otro y no pone los medios para pagarle es un maldito hijo de…». ¡Las tareas! ¡Otra trampa de los patronos! ¡A más jornal, más explotación! El remedio no está en más jornal a cambio de más producción… ¡sino en más jornal por menos jornada! Esto es lo que tenéis que empezar a exigir…