José sí que nos ve marchar. Abre la boca como para decirnos algo, pero sólo se nos queda mirando hasta que salimos. No pregunta a Marcelo adónde me lleva. Él marcha delante y yo detrás, y ahora caminamos por colinas rojas entre barrancos abiertos en el suelo como a dentelladas. No hay hierba, no hay color verde. Por fin, se para en el fondo de una de las canteras.
– No hacía falta venir tan lejos para nuestra pelea -digo, quitándome la blusa y quedándome en camisa.
– No será una pelea sino otra cosa -dice él. Se agacha para sacar de una grieta de la peña un paquete y le quita el envoltorio de hule-. ¿Has visto alguna vez dinamita? La robé ayer en el almacén de la mina y la escondí aquí para nosotros. Sirve para romper en cachos la montaña. Seguro que oís los cañonazos desde vuestra tierra: a las ocho de la mañana, a las doce y a las cuatro de la tarde. Los domingos no hay explosiones, pero hoy sí tendremos una para nosotros dos. No muy fuerte: sólo lo suficiente para que saltemos por los aires o tú o yo. La dinamita sirve para todo, incluso para ser juez en nuestro pleito. ¡También se hará la revolución con dinamita!
– Sí, desde Getxo oímos los truenos de las minas -digo.
– También tengo abierto el barreno: sólo falta llenarlo de cartuchos -dice él, poniéndose a meter dinamita en un agujero hondo hecho en la peña, y la puede meter toda, no le queda dinamita en las manos-. Ésta es la mecha -dice, tocando una cuerda que sale del agujero-. Y ahora, borono, a ver quién de los dos tiene más cojones. -Enciende una cerilla y la acerca a la punta de la cuerda y la llamita pasa de la cerilla a la cuerda y se oye un chisporroteo-. Ahora tú y yo nos sentamos a pedir a los fantasmas de las minas un puesto en el infierno.
Se sienta en una piedra, a un lado de la mecha, y me dice con la cabeza que me siente junto a él, al otro lado.
Le miro, sin sentarme.
– ¿Es que aún no lo entiendes, imbécil? -dice-. ¡El que primero eche a correr, la pierde! ¡Siéntate!
– ¿Así ganáis aquí las novias? -digo.
– Las mejores mujeres han de ser para los más hombres -dice Marcelo-. Vamos a ver quién es más hombre, si tú o yo.
Sus ojos se están riendo de mí porque aún no me he sentado. La llamita que chisporrotea se está comiendo mecha como una rata hambrienta.
– Si quieres dejar a Isidora para mí, dilo antes de que reventemos con la montaña. Creí que los de Getxo no erais tan gallinas -dice Marcelo.
Me siento.
– Bien -dice él.
Sus ojos están clavados en los míos y los míos en los de él.
– No me tienes que mirar a mí sino a la mecha -dice-. No la pierdas de vista, porque cada vez queda menos. Llegará un momento en que no quede nada… y entonces tampoco quedará nada de quien siga sentado aquí.
No dejo de mirarle, ni él de mirarme a mí.
– ¿Sabes de qué estoy hablando, imbécil? -dice-. ¿Sabes que estamos a punto de morir destripados como perros? Oye, escúchame bien: esto es más que un juego… ¡Nos estamos jugando el pellejo! ¿Has visto alguna vez una explosión en las minas? ¿Has visto a hombres destrozados por no haberse retirado a tiempo o por haber dejado poca distancia de por medio o por haberles explotado la dinamita entre las manos? ¡No, claro que no! En vuestro mundo de vacas no ocurren cosas así. -Se levanta-. Voy a decirte lo que pasará al consumirse la mecha… Nuestros oídos aún estarán enteros cuando suene la explosión, el gran trueno, de modo que lo podremos oír…, pero será lo último que oigamos en este mundo. La montaña se partirá y sus cachos y los nuestros volarán hasta las nubes… ¿Lo entiendes ahora, imbécil?
– ¿Por qué no te sientas, como yo? -le digo.
Se sienta de golpe. En esos ojos ya no hay burla. Ahora miran a la mecha tanto como a mí. Creo que miran un poco más a la mecha.
– Yo he visto los trozos que quedaron de un hombre esparcidos sobre una camilla que llevaban al hospital de Triano… ¡No sé ya para qué! Y he visto brazos, piernas, cabezas y tripas mezclados con los pedruscos de mineral después de una explosión. ¿Comprendes lo que te puede pasar si no te levantas a tiempo y echas a correr? ¿Lo entiendes o no, imbécil? ¡Maldita sea tu alma, si ni siquiera estás mirando la mecha!
Sólo le miro a él. Mientras siga donde está… Se levanta. La llamita está a media braza de la boca del agujero.
– ¡Eh!, quiero saber una cosa -dice-. ¡Eh, escucha, imbécil! ¿Sabes que estás sentado sobre un polvorín? ¿Es que no me crees, no crees que lo que hay ahí dentro es pólvora auténtica? ¡Habla, habla!
No hablo, no me muevo, sólo le miro. Ahora Marcelo casi no deja de mirar la mecha.
– ¡Maldita sea! ¡Tendría gracia reventar por nada, reventar por un borono que no cree que esto es una prueba a muerte! ¡Escapa ahora, que luego no te dará tiempo! ¡Levántate y echa a correr!
No me muevo.
– ¡Imbécil! ¡Imbécil! -dice Marcelo-. ¡Esa dinamita es de verdad, no te engaño, va a explotar de un momento a otro!
La llamita está a un palmo del agujero.
– ¡Ahí te quedas, cabrón de los cojones! -dice Marcelo, saliendo como un galgo. Ahora, su voz parece que le sale de la espalda-: ¡Sígueme, huye de aquí, no esperes un segundo más! ¿Es que no te importa morir?
– Sólo quiero ganar a Isidora -digo.
– ¡Pues ya la tienes, maldita sea! -dice Marcelo.
– ¿Ya la tengo? -digo.
– ¡Sí! -dice él, y su voz me llega cada vez de más lejos-. ¡Ya la has ganado, sal de ahí! ¡Sal de ahí!
Me levanto, cojo la llamita entre dos dedos y la apago. Queda un cachito de mecha más pequeño que una uña.
– Marcelo, ya puedes dejar de correr -digo. Le veo, muy lejos, todavía corriendo. Le grito más fuerte y él vuelve la cabeza y me ve y se para. Pero cuando yo echo a andar, él hace lo mismo. Ahora anda, no corre: ha perdido y no quiere ver la cara de quien se ha llevado a Isidora.
Oigo las voces antes de llegar a los barracones:
– ¡Estás en terrenos de la Compañía y te ordeno que te vayas! -dice un hombre. Pronto veo que habla a Isidora. Aprieto el paso-. Se necesita osadía y poca vergüenza para venir aquí a revolver a mi gente. Te conozco bien: eres la hija de Urbano, aunque no has salido tan buena persona como tu padre. ¡Fuera, fuera con tu mitin y tus mentiras, o llamo a la Guardia Civil!
– ¡No la toques! -dice Marcelo.
Están en la explanada, frente a los barracones, en medio de un gran corro de mineros.
– ¡Si los patronos son despreciables, los capataces lo sois más! -dice Isidora-. ¡Os mancháis las manos por ellos y sólo recibís las migajas de su gran banquete!
– ¡Si fueras un hombre te…! -dice el capataz.
– ¡No la toques! -dice Marcelo, empujándole para que suelte a Isidora.
– ¡Os vais a acordar de mí! -dice el capataz-. ¿Quién me ayuda a echar a estos socialistas?
José está junto a Marcelo. De pronto, el capataz tiene una gran navaja en la mano. Llego ante él, de un golpe le tiro la navaja al suelo y a él le cojo por las ropas del pecho y lo levanto y lo tiro hacia atrás.
– ¿Quién es este animal? No le conozco. ¿De dónde le habéis sacado? -dice el capataz-. Marcelo, puedes coger tus cosas…, ¡estás despedido!
– Voy a llorar -dice Marcelo-. No tendré que comer las porquerías que nos vendes en tu cantina… ¡y no veré más tu cara de cerdo!
El capataz mira su navaja en el suelo, que yo piso con mi abarca.
– ¡Fuera los cuatro! ¡Tú también quedas despedido, José! -dice-. ¡No volváis por aquí a contar vuestras mentiras a mi gente!