Del grupo de mineros sale una voz:
– No es mentira que nos vendes porquerías para comer. Tus legumbres, tu tocino y tu tasajo tienen gusanos. Él vino está agrio. Éstas no son mentiras.
Dice otra voz:
– ¿También es mentira que nos obligas a comprar en tu sucia cantina, donde todo es más caro que en las cooperativas y en las tiendas de los pueblos?
– Gracias por lo que me habéis entregado para Fulgencio Ferreiro -dice Isidora. Veo que lleva en la mano una bolsita que al venir no llevaba-. Lo haremos llegar a su familia. ¿Sabéis lo que habéis hecho? ¡Uniros para ayudar a un compañero! ¡La clase obrera tiene que ayudarse a sí misma o no tendrá ninguna ayuda! Escuchadme, hermanos: no es justo que trabajéis como bestias para enriquecer a otros, y sufriendo accidentes diarios, y muriendo en la mina, y viviendo en pocilgas, y…
– ¡Basta! ¡Silencio! -dice el capataz.
– …y cobrando vuestros jornales no en moneda sino en contraseñas de latón que sólo son aceptadas en la cantina de vuestro capataz, donde os entregan los géneros que se pudrían en los comercios de Bilbao y que vuestro capataz compra por casi nada y luego os los vende más caro que…
– ¡Silencio! ¡No permito aquí discursos socialistas! -dice el capataz, dando un paso adelante.
Le pongo una mano en el pecho y le paro.
– Nadie debe callar la boca de nadie -digo.
– ¡Pero está en terrenos de la Compañía difamando a sus dueños! -dice el capataz-. ¡Que alguien avise a la Guardia Civil!
No se mueve ninguno de los mineros.
– ¡Iré yo mismo! -dice el capataz-. ¡Ellos os quitarán las ganas de envenenar a mi gente atacando a personas respetables! ¿Qué sería de unos muertos de hambre como vosotros sin ellos? ¿Acaso no os dan trabajo, no os dan de comer? ¿Comíais en los malditos pueblos de donde venís? Recuerdo bien cuando llegasteis con vuestras caras hambrientas…, tú, y tú, y tú, y todos…, suplicando un puesto en la mina. ¡Yo os lo di, yo os quité el hambre! ¡Y lo hice en nombre de los dueños que pusieron en marcha esta y otras minas arriesgando su dinero, su tiempo, sus conocimientos, su futuro, porque ¿qué habría pasado si fracasan? ¡Lo habrían perdido todo! Y luego ¿qué? Yo os lo diré: ¡habrían quedado tan pobres como vosotros! Pero ¿habrían llorado, se habrían lamentado, habrían ido por ahí mendigando trabajo, como vosotros? ¡No, porque ellos tienen inteligencia! No como vosotros, que sólo sabéis lloriquear, borrachos, en la taberna. Ellos tienen orgullo personal, y honor, se estiman a sí mismos, son caballeros, y algo les dice aquí en el pecho que Dios les ha elegido para dirigir la sociedad y darnos trabajo a todos nosotros… ¡A mí también! ¡A vuestro capataz también!… Ellos, como yo, son vascos, y creo que no hay que añadir nada más. Y vosotros sois el rebaño de fuera que viene a comer en la mano de los vascos. ¡Y encima os atrevéis a abrir vuestra sucia boca! Pues bien, ¡marchaos, dejad vuestro puesto de trabajo: hay otros muertos de hambre que están deseando cogerlo!
– ¡El trabajo no es una limosna, es un derecho! -dice Isidora-. Si viviéramos en una sociedad justa habría trabajo para todos, no habría que mendigarlo, no habríais tenido que abandonar los pueblos de León, Burgos o La Coruña para venir a las minas vascas, porque en una sociedad justa, sin moveros de León, Burgos o La Coruña seríais dueños de la tierra suficiente para alimentaros…
– ¡Esto lo corto yo ahora mismo…! -dice el capataz.
Pero, antes de que dé un paso, le agarro con una mano por la ropa del pecho y le clavo en el sitio.
– Tú ya has hablado bastante, ahora que hable ella -le digo.
– ¿También eres socialista? -dice el capataz.
– No, yo soy Roque Altube, del caserío Altubena de Getxo -digo.
– Entonces, ¿por qué la ayudas? -dice el capataz.
– Las bocas están para hablar. Nadie debe callar la boca de nadie -digo.
Rodeada de este montón de mineros, Isidora habla con el mismo arranque con que don Eulogio del Pesebre habla en el púlpito de Getxo de la persecución de los Inocentes. Habla de esas cosas raras que yo no entiendo, pero que tanto le gusta a esta gente loca de las minas. Y no me extraña que todos se la queden mirando sin pestañear y con la boca abierta, y tan quietos como muertos, y que a algunos se les salten las lágrimas, porque yo mismo casi me olvido de respirar por mirarla. Quiero que, algún día, tenga para mí una Isidora igual.
– Está en vena -dice Marcelo.
– Cuando está en vena, ¡san Dios!, tiemblan los santos -dice José.
– Esto es una invasión por la fuerza y os acordaréis de mí -dice el capataz-. Haré algo más que borraros de la plantilla.
– Cállate, que ella está hablando -digo.
– ¡Esto es una insurrección! -dice el capataz.
– Cuando llegue la hora sabrás lo que es una insurrección de verdad -dice Marcelo.
– La Guardia Civil os quitará las ganas de…
Miro al capataz y se calla. Todavía lo tengo agarrado de la camisa para que no escape. No me canso de mirar a Isidora, de ver cómo tiemblan todos los rincones de su cara al hablar como una gata rabiosa. Un poco loca sí que parece. La ha contagiado esta gente loca de las minas. Yo haré que vuelva a ser como era. Cuando me la lleve a Getxo.
Marcelo me mira. Hace rato que quiere decirme algo. Yo no le miro demasiado para que no piense que le estoy recordando que le he ganado a Isidora.
– Oye -me dice por lo bajo.
– ¿Qué? -digo.
– Apagaste la mecha -dice.
– Sí, apagué la mecha. Llegué a tiempo -digo.
– Apagaste la mecha -dice. Y, de pronto, empieza a darse de puñadas en la cabeza, y dice-: ¡Si apagaste la mecha es que sabías que allí había dinamita de verdad! ¡Lo sabías y fuiste tan bruto que esperaste a…!
– Calla, que está hablando Isidora -digo.
– …llegará el gran día en que los trabajadores nos uniremos para dictar las leyes justas que la humanidad lleva esperando desde hace demasiado tiempo -está diciendo Isidora-. En ese gran día, los que dudáis dejaréis de dudar y os uniréis al carro de vuestros hermanos, vuestros hermanos…
Aunque no sigo lo que dice, a veces lo dice con tanta fuerza y repite tanto una palabra que sin querer me fijo en cuál es, y ahora es «hermanos, hermanos, hermanos», y suena a lo que dice don Eulogio del Pesebre en el púlpito de Getxo cuando dice que todos somos hijos de Dios, aunque Isidora sólo llama «hermanos» a los trabajadores, no a los patronos, y ésta es una de las locuras de esta gente de las minas. Don Eulogio se encargará de curar a Isidora.
Sé que ha terminado de hablar cuando oigo los aplausos de los mineros. No todos aplauden: muchos se van con la cabeza gacha, sin hacer ni decir nada. Suelto al capataz.
– Ya nos veremos las caras alguna vez -dice, y se marcha.
Nosotros cuatro tomamos el camino de regreso al pueblo. Y ocurre que, ahora, Isidora y yo vamos delante, solos, sin Marcelo, que va detrás con José. Yo no hablo. Isidora no habla en un rato, el rato que tarda en dejar de pensar en las cosas de las minas y acordarse de mí.
– Os he aburrido a todos bastante, ¿verdad? -dice.
Por fin, mis ojos encuentran los suyos.
– No -digo-. Pero ha sido algo triste para un domingo.
Ella ríe. ¡Dios mío, creo que es la primera vez que la veo y la oigo reírse! ¿Por qué no me atrevo a besar esos labios a los que, ¡por fin!, ha llegado el domingo? Es que no estamos solos. Es que en esta tierra de las minas siempre hay gente alrededor de uno; todavía no he podido estar a solas con ella. Y, de pronto, Isidora también se da cuenta de que Marcelo camina a nuestra espalda.
– Os marchasteis los dos, mientras yo… Lo recuerdo muy bien -dice, mirándome-. ¿Adónde fuisteis y qué ha pasado?