Como yo no abro la boca, ella se para, yo me paro y nos alcanzan Marcelo y José.
– ¿Adónde fuisteis? -dice Isidora a Marcelo.
Marcelo me mira a mí, por si quiero decir algo.
– ¿Qué ha pasado? -dice Isidora-. ¡Os lo pregunto a los dos!
Por fin, dice Marcelo:
– Era un asunto entre él y yo.
– ¿Por qué ya no le llamas borono? -dice Isidora.
– ¿Quieres saberlo? ¿Quieres oírme decir que tiene más cojones que yo? ¡Pues tiene más cojones que yo! -dice Marcelo.
Y echa a andar a grandes zancadas hacia el pueblo. José nos mira, se encoge de hombros y sonríe y va tras él.
– ¿Y a mí qué me importan vuestros arreglos? -dice Isidora-. Él se marcha, tú te quedas, y ahora ¿qué?
– Ahora tú dices que sí cuando yo te diga si quieres venir conmigo a pasar esta tarde de domingo a Getxo -digo.
– ¿También lo de pasar la tarde lo habéis arreglado entre Marcelo y tú? -dice Isidora.
– Nunca había visto unos ojos como los tuyos -digo.
– De feos -dice Isidora.
– No, de bonitos -digo.
– Creí que los de Getxo diríais a las chicas mentiras más nuevas -dice Isidora.
– Yo nunca miento, yo nunca hago cosas que no me salen de dentro -digo.
– Bueno, no te pongas tan serio -dice Isidora.
– Yo sé hacer algunas cosas sin Marcelo -digo-. Yo no lo he arreglado con Marcelo para pasar tantas veces la ría para estar con los socialistas. Yo no he arreglado con Marcelo el dejar a medio hacer los trabajos de Altubena. Yo no pedí permiso a Marcelo para mirarte, ni para decirme a mí: «Me gusta tanto esa chica de las minas que ya no podré vivir sin ella». Tampoco pediré permiso a Marcelo para casarme contigo.
– ¿Ya estamos? Y yo ¿qué? -dice Isidora.
– Pues tú me dices que sí cuando yo te pregunte si quieres casarte conmigo -digo.
– ¿Estáis tan locos todos los de Getxo? -dice Isidora-. ¿Creéis que es lo mismo casarse que ir a pasar una tarde de domingo a vuestra tierra? Y no he dicho que vaya a ir… Sólo a uno como tú se le ocurriría pedírmelo.
– ¿Cómo soy yo? -digo.
A Isidora se le pone toda la carita del color del tomate. ¿La beso? ¿Por qué no la voy a besar si no quiero hacerle daño? Pero Marcelo y José se han parado delante de nosotros, esperándonos. ¿Por qué? Además, pasa a nuestro lado gente joven camino del baile de La Arboleda. ¿Es que en esta tierra nunca voy a poder estar a solas con Isidora? Ella es la primera en ponerse a andar. Le digo:
– Me has echado en cara que yo piense que es lo mismo casarse que ir a Getxo, ¿no? Y si para ti no es lo mismo, pues no puedes decir que no a las dos cosas, o decir que sí a las dos cosas, sino que a una dirás que sí y a otra que no; de modo que si yo te pregunto: «¿Quieres casarte conmigo esta tarde?», tú me dirás que no, ¿verdad?; de modo que si entonces yo te pregunto: «¿Quieres venir a Getxo conmigo esta tarde?», no te queda más remedio que decirme que sí, ¿no te parece?
Isidora vuelve a reír.
– ¿Qué te pasa hoy? -dice-. Nunca habías hablado tanto y te noto cansado -y se ríe más.
Tiene razón: yo nunca había hablado tanto, y menos a una chica.
– ¡Uf!, ya no te quedan fuerzas para contarme lo que Marcelo y tú habéis arreglado en secreto, y cómo. Ya me lo contarás otro día, cuando descanses de hablar -dice, y no para de reírse.
Ahora hemos llegado junto a Marcelo y José.
– Es para recogerte la recaudación -dice Marcelo. Isidora le pasa la bolsa con el dinero de los mineros. Marcelo me mira-. ¿Es cierto que sabías…?
– Roque y yo nos vamos a la playa -dice Isidora-. ¿Has oído, Marcelo? ¡Roque y yo nos vamos a la playa!
Marcelo no la oye, sólo me mira a mí.
– No puedo creer que supieras que la dinamita era de verdad -dice.
– ¿Dinamita? -dice Isidora-. ¿De qué estáis hablando?
José se ríe por lo bajo.
– No creías que era de verdad -dice Marcelo-. A mí no me ganas tú si…
– Apagué la mecha -digo.
– ¿Qué mecha? -dice Isidora.
– ¡Sí, maldita sea, apagaste la mecha! -dice Marcelo, empujando a José para marcharse los dos.
– ¿Oyes? ¡Me voy con Roque a la playa! -dice Isidora. Ve cómo se marcha Marcelo-. Algo muy gordo habéis hecho para que no me haga caso… He dicho lo de la playa sólo para hacerle rabiar, sólo por eso.
– Bueno, yo ya sabía que querías ser mi novia -digo.
Isidora se pone aún más colorada que antes.
Urbano es mi aliado. Yo nunca le hablo de su hija, nunca le digo que casi somos novios y que si paso a las minas es por estar con ella. Yo no le digo nada, pero el hombre lo sabe. Y, como le caigo bien, pues le dice a su hija: «No encontrarás otro muchacho mejor que Roque», y ella le dice: «¿Usted también va a decirme lo que tengo que hacer?». Urbano se ríe y me guiña un ojo. Le he llevado a misa en su silla de ruedas todos los domingos de agosto. Hoy es el último. Hoy la barca de la ría nos pasa a Isidora y a mí a Getxo.
Pero ha sido un mes revuelto, todos los días teniendo a los padres con cara de entierro por mi desorden para sacar adelante los trabajos de Altubena; todos los días juntándome con estos mineros locos, porque no puedo dejar pasar un solo día sin ver a Isidora. La madre diciéndome: «¿Qué te pasa, hijo? Nunca nos habías hecho estas cosas». Isidora diciéndome: «Me gustaría que no vinieras a ver la cara de tonta de una chica, sino por el partido. Y te repito una vez más que nunca iré a la playa de Getxo contigo». Todas las noches en Altubena, solo y soñando con Isidora, y todos los días en La Arboleda siempre Isidora y yo rodeados de gente. ¿Es que toda la gente del mundo ha venido a vivir a las minas? Yo pidiendo a Isidora: «Vamos el domingo a Getxo, donde podamos pasear sin estorbos». Y ella: «¿Acaso soy tu novia? Pero, ¡claro!, tú te has dicho: "Isidora es mi novia", y yo lo tengo que ser aunque no quiera. ¡Pues, no! ¡No pienses que voy a ser tu novia sólo porque entre Marcelo y tú os lo hayáis jugado!». Isidora y yo hemos tenido muchas riñas en este mes revuelto, pero, al día siguiente, después de la fábrica, yo, tapa, tapa, a La Arboleda derecho. Le decía: «Cualquier día de éstos no vuelvo». «¡Qué alivio!», decía ella. Pero nos mirábamos y todo quedaba olvidado, y entonces ella me ponía en la mano los papeles que había que repartir. Porque estos mineros locos y socialistas no descansan nunca. A veces, yo me preguntaba si Isidora sólo quiere de mí que les ayude a repartir sus papelotes y a hacer número en su grupo. Aquel primer domingo, le dije: «Cuando un chico va a buscar a una chica a su casa y sale con ella por la puerta y van juntos al baile de la plaza es que ya son novios». «Eso será en Getxo, aquí no», me dijo Isidora. Y yo: «¡En Getxo y en las Américas! Si no, ¿qué somos tú y yo? Porque somos algo, ¿no?». «Sí, militantes de un mismo partido», dijo ella. Y entonces caí en la cuenta de que aún no nos habíamos dado ni un beso y ahí estaba la razón de que Isidora dijera que no éramos novios. En toda la tarde de aquel primer domingo no pensé en otra cosa que en darle un beso, y así ella dejaría de una vez de decir que no éramos novios. Bailamos juntos y paseamos dando vueltas a la plaza. La gente nos miraba, miraba a Isidora y la saludaba con una risita de conejo, como diciéndose entre ellos: «Ésta ya se nos ha colocado con el borono». ¡Y ella sin querer ver lo que para todos estaba claro! Bueno, pues me puse a esperar el atardecer de aquel domingo; bueno, el anochecer, que es la hora de las parejas, cuando el chico acompaña a la chica de regreso a casa y durante el camino pueden ocurrir muchas cosas. En Getxo, las chicas que tienen que correr para casarse paren sobre el 15 de febrero, porque nueve meses antes ha sido el 15 de mayo, la romería de San Baskardo, y las vueltas de noche a casa no las puede sujetar ni don Eulogio desde el púlpito. Empezaba a irse la luz cuando Isidora dijo: «Es tarde, volvamos a casa», y yo le dije que bueno y echamos a andar. Pero no fue lo mismo que en Getxo. Por un lado, en las minas todo parece estar amontonado, como lo están las personas, la casa de Isidora no está demasiado lejos de la plaza, y además no dimos un solo paso sin encontrarnos con gente. No pude hacer nada. Bueno, y así acabó aquel primer domingo. A la puerta de su casa, Isidora me dijo: «Mañana tenemos reparto en Gallarta». Y yo le dije: «Yo soy el novio de tus papelotes».