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– ¡Tu playa es el mundo en el que tú y yo estamos solos! -dice Isidora, y da la vuelta y echa a correr playa abajo, hacia la mar, y yo no quiero decir lo que veo de la carne blanca de Isidora, y cuando llega no se para, sino que entra en el agua y grita y chapotea como una niña loca.

– ¡Somos los dueños de la playa! -dice Isidora-. ¡Ven, ven, ven!

Y me dice: – ¡Ven, ven, ven…!

Y también me llama con sus brazos hacia mí. – ¡Ven al mar conmigo! -dice Isidora. -Estás loca -digo-. Estás loca, y vístete.

– Tú sí que estás loco: llevas un mes dándome la matraca con tu Getxo… ¡pues bien, ya estamos en Getxo! ¡Ya tienes a tu Isidora en Getxo, en tu playa, y no sé para qué! ¿Estás enfermo, Roque?

– Tengo que llevarte a tu casa -digo-. Es tarde y tu padre…

– ¿Por qué no me dices lo que te pasa? -dice Isidora-. ¿Es que quieres echarme la culpa de lo que va a pasar? «Le juro, Urbano, que fue ella la que…» ¿Es esto lo que te gustará decirle luego a mi padre? ¡Pues no me importa! ¡Lo único que ahora me importa es esta playa! ¡Tenías razón: es bueno sentirse solo en el mundo!

– Sal y vístete -le digo-. ¡Sal y vístete!

– ¡Es tu playa la que me pidió que me desnudara -dice Isidora- y la que a ti te está pidiendo lo mismo, y tú lo sabes! ¡Ven, ven al mar a hacer lo que tu playa nos está pidiendo y tú lo sabes!

– Sólo los Baskardo de Sugarkea siguen haciendo esas cosas en la mar y sin casarse -digo-. Yo no quiero pecar como esos salvajes sin Dios.

Isidora da un grito:

– ¡Dios!

Y otro grito: – ¡Ya salió Dios!

Y dice:

– De modo que era eso…

Sale del agua. Chorrea la carne blanca de su cuerpo. Isidora viene hacia mí.

– Pobre amor mío…, ¿qué ha hecho de vosotros la Iglesia? -dice-. No es justo que los curas os hayan quitado a los de Getxo una playa como ésta. ¿Por qué la llamabas tuya si ya no lo es?

Me ha llamado «amor mío». Isidora también podría decir «playa mía», porque tiene razón: ahora es suya.

– Vístete -le digo-, que es pecado estar desnuda ante la gente.

– ¿Qué te pasa? ¡Tú no eres la gente! -me dice-. ¡Y estamos en la playa a la que tú me querías traer! ¡Quiero ver de nuevo en tus ojos aquel brillo de cuando me decías: «¡Voy a llevarte a Getxo, a mi playa!». ¡Amor mío, tú y yo ahora no somos pecado!

Se ha parado ante mí y me ha vuelto a llamar «amor mío». Se me ha acercado tanto, que echo un paso atrás para que no me roce con sus…

– El pecado no existe -dice Isidora, acercándose más y pasándome sus manos por la cara. Nunca me ha tocado una cosa tan suave.

Oigo mi propia voz:

– Entonces, ¿por qué llorabas?

– Fue antes de sentirme como una parte de la playa -dice Isidora.

– ¡Dime por qué llorabas!

Mi grito frena a Isidora.

– ¡Con tus lágrimas querías echarme en cara que yo te había traído aquí para pecar! -digo.

Isidora me coge una mano y otra con las suyas.

– ¡No, no! -dice-. Sólo estaba asustada. Es la primera vez. Nunca he estado con un hombre. Pero sabía que en tu playa todo acabaría siendo diferente, que no tenía por qué sentir miedo y vergüenza de mi propio cuerpo ni del tuyo. ¡Pero nunca te eché nada en cara, amor mío! ¡No, no! Yo sabía que toda la culpa era mía, porque estaba en tu playa y era como si no estuviera en ella. Porque me sentía una extraña aquí. Porque quería que la playa me mirara como te mira a ti, como mira a sus rocas, a su arena, a su mar, a su silencio y a su soledad. ¡Lloré de rabia porque la playa no me recibía! «¡Quiero morir, quiero morir!», gritaba para mí misma. «¡No me importaría ahogarme en ese mar si así la playa me hace suya!», pensaba. Y tú lo comprendiste, amor mío, y me diste de tiempo toda la tarde. Al principio, cada grano de arena que pisaban mis pies descalzos me gritaba: «¿Quién eres? ¡Márchate! ¡Esta playa es demasiado pura para ti!». Y yo lloraba y lloraba y pedía perdón a cuanto me rodeaba y te pedía perdón a ti, que esperabas. Abrí todos mis sentidos para que entrase por ellos la playa y no sé si gritaba o sólo pensaba: «¡Soy un pez hembra que he venido a volar con mi pez macho!».

– Hablas más y dices más tonterías que en tus mítines de las minas -digo-. Los peces no vuelan, nadan.

– ¡Pero siento que nosotros volaremos dentro del agua! -dice Isidora.

– Dentro del agua no se puede volar -digo.

– ¡Pues Roque e Isidora volarán! -dice Isidora.

– Dentro de la mar… -empiezo, pero ella me corta:

– Eres más bruto que una mula, amor mío. ¿O es que me quieres decir que sobran las palabras? Ven, vayamos al agua a amarnos en silencio.

Tira de mí, para arrastrarme.

– En Getxo todos sabemos que ni los Baskardo de Sugarkea vuelan cuando se meten en el agua a pecar -digo.

– ¡El pecado no existe! -dice Isidora, tirando de mí-. ¿Quiénes son esos Baskardo de Sugarkea? ¡Quiero ser como ellos!

– Dice don Eulogio que en los Baskardo de Sugarkea vive el demonio -digo.

– Yo te salvaré de ese don Eulogio -dice Isidora, y se para y veo cómo su cara sube hacia la mía y sé que se ha puesto de puntillas y ahora tengo sus labios contra los míos y es el beso en el que yo pensaba desde hace un mes. Luego nos quedamos mirándonos. Isidora empieza a desnudarme, y de pronto recuerdo que ella está desnuda. Me acaricia el cuerpo mientras me quita las ropas-. El pecado no existe -dice.

– Yo a ti no puedo desgraciarte sin estar casados por don Eulogio -digo.

– Entonces, ¿a qué tanta prisa por traerme a la playa? -dice Isidora.

– Estaba loco -digo-. Nunca me había pasado con otra chica.

– Y luego, una vez en la playa, dejas de pronto que los curas manden en tu cuerpo -dice Isidora.

– Vi tus lágrimas. Me avergoncé de mí mismo -digo.

– ¡El pecado no existe! -dice Isidora, dando el último tirón de mi ropa y dejándome desnudo. Me toma de la mano y me lleva playa abajo. La luz blanca de la luna rebota contra la mar y alumbra el frente de los cuerpos desnudos de Isidora y mío. Esto no puede estar ocurriendo. La madre se moriría si me viera así.

Al llegar al borde de la mar, nos miramos. Los ojos de Isidora me dicen que tampoco cree en lo que está pasando. En Getxo siempre se ha dicho que cuando un Baskardo de Sugarkea elige mujer, la lleva a la playa y se mete en la mar con ella en brazos.

Cojo a Isidora en brazos y entro en la mar.

En Getxo siempre se ha dicho que los Baskardo de Sugarkea nadan en la mar con su hembra antes de entrar en su cuerpo.

Suelto a Isidora y empiezo a nadar. Isidora me mira. Le enseño cómo se nada. Aprende de un golpe y nadamos juntos.

En Getxo siempre se ha dicho que los Baskardo de Sugarkea hablan con sus hembras cuando nadan en la mar, pero no con palabras.

Mi garganta empieza a hacer ruidos. Isidora me entiende todo lo que le digo. Isidora también me habla con ruidos. Cuando nos zambullimos, nos hablamos tocándonos los cuerpos con las manos.

En Getxo siempre se ha dicho que, entre los vascos de otros tiempos, los machos y las hembras se montaban dentro de la mar, como lo siguen haciendo los Baskardo de Sugarkea.

Mis manos están diciendo al cuerpo de Isidora que la quiero montar. Isidora toca mi cuerpo para decirme «amor mío» con más limpieza que cuando me lo dijo con palabras.

El agua de la mar entra conmigo en el cuerpo de Isidora.

Roque Altube

Abril y mayo de 1890

– ¡Viva el Primero de Mayo! -dice Isidora-. ¿No os dais cuenta? ¡Mi hijo nacerá el Primero de Mayo! -y se acaricia la tripa.

– Ésas son tus cuentas -digo-, pero no sabemos las cuentas de Dios.

– ¡Tu Dios empezará con nuestro hijo un tiempo mejor para los pobres! -dice Isidora.

– ¡Pero este Mesías será el bueno! -dice Eduardo riendo.

– ¡La revolución vive pendiente de que el hijo de Isidora no sea hembra! -dice Marcelo.