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– Me cago en el Primero de Mayo -pienso, pero creo que también lo he dicho, porque todos me miran. Es la primera vez que estallo en nueve meses y me parece que ya es hora.

– Pronto podré contar a tu hijo lo que acaba de decir su padre -dice Isidora, y no sé si sonríe o no, mientras mira a todos como pidiéndoles perdón.

– El Primero de Mayo no tiene la culpa de tus diferencias con Isidora -dice Eduardo-. El Primero de Mayo es una fecha muy querida por los socialistas.

– Sí, ya sé que el primero de mayo es para Isidora como su sangre -digo.

– Y para ti también debería ser mucho -dice Eduardo.

– En Altubena nunca hemos tenido Primero de Mayo -digo.

– Es que lo de Chicago ocurrió hace sólo cuatro años y no en tiempos de Noé -dice Eduardo.

– No metas a Noé en esto, que lo vuestro no es cosa de Dios -digo.

Y ahora salta Isidora:

– Tu playa sí que es cosa de Dios, ¿no es cierto? ¡Pues recuerda que tuve que quitar a tu Dios de esa playa para ser felices!

– No está bien que digas aquí esas cosas -digo.

– Tampoco está bien que tú digas lo que has dicho del Primero de Mayo -dice Isidora.

– No lo quise decir, sólo pensarlo -digo-. ¡No sé qué hacer para que el Primero de Mayo salga de tu cabeza! -Miro a todos-. ¡Quiero casarme con ella!, ¿no lo comprendéis?

Todos bajan los ojos hasta la mesa.

– Nos preocupa vuestro problema, el problema de Isidora -dice Facundo.

– ¡Convencedla de que viva en mi casa! -digo-. ¡Si me dijera que no va a Getxo porque no puede vivir sin La Arboleda…! ¡Pero no es La Arboleda, sino el Primero de Mayo!

– ¡El borono está celoso del Primero de Mayo! -dice Marcelo-. ¡Si tuviera a mano un calendario lo destrozaba!

– Calla -dice Facundo.

Pero Marcelo sigue:

– Lleva casi un año entre nosotros y aún no sabe… ¡Ni siquiera le ha preocupado lo nuestro para conocer mejor a Isidora! Compañero Roque, ¡Getxo no es el centro del mundo! ¿Cómo podríamos ayudarte?

– Yo le explicaré qué es el Primero de Mayo -dice Eduardo.

– ¡Se lo he contado mil veces! -dice Isidora.

– Pero en tu boca le sonaría a que le estabas hablando de tu otro novio -dice Marcelo.

Desde su silla de ruedas Urbano no quiere perderse nada de lo que se dice en la mesa. No duerme ni come por la hija que está a punto de parir y no acaba de casarse porque no le da la gana, y el hombre hace causa conmigo para repetir a la loca: «Cásate, mujer, cásate», y cada lunes me pregunta: «¿La convenciste ayer en Getxo?».

– Isidora tiene muy metido el socialismo y tú tienes muy metido Getxo -dice Eduardo-. Creo que ni ella ni tú os tenéis que echar nada en cara. Tú, Roque, no concibes el mundo sin Getxo, y ella no lo concibe sin el socialismo.

Creo que al levantarme de golpe tiro la silla, y me pongo a cruzar el cuarto de una pared a otra.

– ¡No es lo mismo! -digo-. ¿Cómo van a ser lo mismo Getxo y el socialismo?

– Isidora conoce Getxo y el socialismo, y tú sólo conoces Getxo: deja que te hablemos del socialismo -dice Eduardo.

– ¡No quiero saber nada de lo que me quita a Isidora! -digo.

– Es la primera vez que una muchacha no quiere casarse con el hombre que… -dice Urbano-. Si ésta es una de las cosas nuevas que traéis los socialistas…

– El Primero de Mayo nació en Chicago -dice Eduardo.

– ¡No quiero saber nada de…! -digo.

– Corría el año 1886 -dice Eduardo-. El movimiento obrero mundial no había conseguido unirse hasta entonces. Y ocurrió en Norteamérica, la nueva nación en la que tantos habían depositado tantas esperanzas de libertad. La reclamación que unió a los obreros fue:

«¡Ocho horas de trabajo! ¡Ocho horas de descanso! ¡Ocho horas de educación!».

– ¡Nuestro grito de las minas! -dice Marcelo.

– Hubo miles de huelgas y casi medio millón de trabajadores en la calle -dice Eduardo-. ¡Jamás el mundo había conocido nada semejante! Los patronos se estremecieron y algunos aceptaron las ocho horas…

– ¡Trunk, trunk, trunk! -dice Marcelo.

– Pero la mayoría de los empresarios endurecieron sus posturas contra aquellos rebeldes a los que, dijeron, había que arrebatar su orgullo para que siguieran siendo máquinas humanas de trabajo. La prensa patronal escribía que el problema social sólo se solucionaría con la prisión y los trabajos forzados. Lo cumplieron con creces: en una ciudad, la policía disparó contra los manifestantes y mató a nueve. Masas de huelguistas acudían a la puerta de las fábricas a abuchear a los esquiroles, y a Chicago fueron enviadas numerosas fuerzas policiales con fusiles de repetición, y los usaron contra la muchedumbre de trabajadores, causando una masacre: seis muertos y cincuenta heridos. La prensa obrera anunció que la guerra de clases había empezado, que los trabajadores responderían al Terror Blanco con el Terror Rojo. Decían: «¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!». Horas después, hubo un mitin de protesta en la plaza del mercado de heno de la misma Chicago, una manifestación pacífica, y se reunieron quince mil personas. Hablaron varios líderes obreros subidos a un carro. Podemos imaginarnos las duras denuncias que dirigieron a la fuerza armada de represión. De pronto, apareció la policía y comenzó a disparar contra la gente que escuchaba. Parece que un anarquista alemán arrojó una bomba contra los policías, matando a varios. Llegaron refuerzos e iniciaron un fuego cerrado contra las personas que aún seguían en la plaza. La prensa burguesa diría después que cayeron más de cincuenta «agitadores», pero la cifra se queda muy corta. Se implantó en Chicago el estado de sitio, el ejército ocupó los barrios obreros y se practicaron innumerables detenciones. La Justicia centró su venganza en los que habían dirigido la palabra a la multitud. Las únicas pruebas contra ellos serían las declaraciones bajo juramento de los testigos. El ministerio público utilizó falsos testimonios. Se pidió la pena de muerte para los acusados, sin ninguna prueba de que hubieran ejercido la violencia. El comportamiento de los reos durante el juicio fue admirable. Uno habló al juez como representante de una clase dirigiéndose al representante de otra, y le acusó de ser un mandado de los banqueros. Otro emocionó a muchos exponiendo la cruel explotación de clase que había sufrido, primero en Europa y luego en América. Un tercero declaró que la sociedad capitalista se apoya en la fuerza, en la violencia de todo tipo que ejercen los de arriba contra los de abajo. Y así los demás. Acabaron pidiendo que les colgaran si con ello ayudaban a que avanzasen en el mundo las ideas socialistas.

»Había sido procesado, también, otro que se llamaba Pearsons, Parsons o algo así, que pudo huir cuando sus compañeros fueron apresados; pues bien: este valiente abandonó su seguro refugio y se entregó para correr la suerte de sus amigos, y éstas fueron las palabras que pronunció, palabras que yo nunca olvidaré: "… para subir también al cadalso por los derechos del trabajo, la causa de la libertad y la justicia para los explotados".

»Fue un juicio vergonzoso. Fue el juicio de una clase contra otra. Uno de los jurados llegaría a confesar a sus amigos que el proceso sobraba, pues, en cualquier caso, los hombres que se sentaban en el banquillo estaban sentenciados de antemano a ir a la horca. ¿Razones? También las dijo: "Son hombres demasiado sacrificados, demasiado inteligentes y demasiado peligrosos para nuestros privilegios".

– ¡Malditos! -dice Marcelo.

– Los ocho procesados fueron condenados a la horca, aunque a dos se les rebajó el castigo. Se apeló, pero el Tribunal Supremo de los Estados Unidos confirmó la sentencia. Los colgaron en el patio de una prisión rodeada por tropas que contenían a la multitud. Murieron con valor. Uno de ellos, en el momento de abrirse la trampa bajo sus pies, pronunció: «Éste es el momento más feliz de mi vida».