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Nadie habla alrededor de la mesa. Miro a Isidora: sus ojos están mojados. No lo entiendo: ¿acaso eran parientes suyos? Ahora ha levantado la cabeza y me mira, y no veo en su cara rastro de Getxo.

– En Altubena yo siempre trabajo más de ocho horas y no me quejo a nadie -digo.

Salgo de la fábrica y subo a La Arboleda.

– ¿Es que vas a salir a estas horas? -digo a Isidora-. ¿Hoy también?

– Dentro de tres días celebraremos un mitin en el frontón y hay que avisar a la gente -dice ella.

– Tendría que ser más importante para ti el hijo que llevas a cuestas. Una mujer no debe danzar por ahí con una tripa de ocho meses -digo.

– A mí tampoco me hace caso -dice Urbano-. ¡Como me manque al nieto…!

A veces Urbano se olvida de que no estamos casados. Pero yo nunca me olvido.

– ¿Por qué no vas al curandero a que te vea? -digo.

– Estoy bien -dice Isidora.

– ¿Tienes partera cerca de casa? -digo.

– Nacer es fácil, lo difícil es vivir -dice Isidora.

– Quiero que lleves a mi hijo a que le vean. Quiero saber cómo viene. He visto a chalas que no pueden salir de la vaca porque están atravesadas, y no quiero que mi hijo venga atravesado -digo.

– Tú, con tal de llevarme a Getxo… -dice.

– No hay mejor curandero que el Brujo de Uri -digo.

– Iremos después del mitin -dice Isidora, tomando la puerta.

– Pero si apenas puedes andar -digo.

– Hoy sólo tengo que ir a las casas del barrio alto -dice ella, saliendo.

– Cualquier día te ato con cuerdas a la cama -digo.

– Pues a tu madre le pillaron los nueve meses trabajando en la huerta, según me has dicho. No le dio tiempo a llegar a casa y te parió sobre unos cardos silvestres -dice ella.

– Así he salido yo de tonto -digo-. Sólo un tonto pasa más tiempo en las minas que en su casa.

– Volved pronto -dice Urbano.

Nos trata como si ya estuviéramos casados. Me pongo junto a Isidora y la cojo del brazo, por si tropieza con las piedras. Se han alargado los días y todavía hay luz. Apenas tengo que tirar de su brazo para que suba la cuesta: es como si arriba esperara encontrar un cesto lleno de oro. Es un barrio de casitas más pequeñas y más pobres que el de abajo. Llama a una puerta y sale una mujer oscura.

– Usted es Juana, ¿verdad? -dice Isidora.

– Sí, soy Juana -dice la mujer-. Y tú eres la socialista.

– Y éste es Roque -dice Isidora.

– Sí, ya sé, tu novio -dice la mujer, mirando la tripa de Isidora.

En lo único que se parece Getxo a La Arboleda es en que no puedes estornudar sin que lo sepa todo el pueblo.

– Dentro de tres días celebramos los socialistas un mitin en el frontón, porque estamos preparando el Primero de Mayo -dice Isidora-. Hablará Perezagua y a ustedes les gustará lo que diga.

– ¿Por qué nos gustará? -dice la mujer.

– Porque son trabajadores -dice Isidora-. Los socialistas ayudamos a los trabajadores.

– A los pobres no nos ayuda nadie -dice la mujer.

Y entonces Isidora empieza a soltar estacha. Habla y habla como si le hubieran dado cuerda. Su carita blanca se pone un poco roja, y de pronto se me ocurre pensar que mi hijo también se habrá puesto un poco rojo y que a lo mejor se muere. Le tiro de la manga para que se calle, pero ella ni caso, hasta que dice: «La solución no está en quejarse sino en protestar, que no es lo mismo; en protestar todos unidos», y del fondo de la casa sale una voz de hombre: «Los patronos despedirán al que vaya a ese mitin», y sale el hombre y se para a la espalda de su mujer; es grande y está claro que nos mira para que nos vayamos. «Nos tienen bien agarrados», dice. «Al que se mueve… ¡una patada en el culo y a pasar hambre!» La mujer se vuelve hacia él. «Eso es quejarse, lo único que sabes hacer.» Mira a Isidora. «¿Verdad que sólo es quejarse, señora socialista?» Mira otra vez al hombre y le dice: «¡Y lo que hay que hacer es protestar, que no es lo mismo que quejarse!». Se le encara. «¡Y tú y yo iremos a ese mitin!» El hombre mueve la cabeza y dice: «Los capataces también irán, pero ellos a apuntar las caras en su libreta». Y la mujer: «Iremos». Y luego, con ojos de loca: «¡Iremos a protestar para que te suban el jornal! ¡Iremos a decir que ya no aguantamos más tanta miseria!».

Isidora llama a otras puertas y habla a las gentes, y unos le dicen que ya irán y otros que no lo saben.

– Miedo, miedo -dice Isidora al pasar de una casa a otra, de una chabola a otra.

Yo le digo:

– Ya está bien de visiteos por hoy.

– Siempre vienes conmigo y nunca acabas de comprenderme -dice Isidora.

– Nuestro hijo no tiene la culpa de que estés loca y yo no te encierre en casa -digo.

– En Altubena, claro -dice Isidora.

– ¡Dios mío!, ¿por qué no se me ocurrió antes? ¡Te encerraré con tranca en un cuarto de Altubena! -digo.

– A pan y agua y que ese cura tuyo nos case allí dentro -dice Isidora.

La miro.

– ¿Cuándo nos casamos? -digo.

Me paro y la agarro por los brazos.

– ¿Cuándo nos casamos? -digo, zarandeándola.

– El cura de La Arboleda me pregunta lo mismo -dice Isidora-. Dice que estoy dando escándalo en el pueblo. Yo también tengo a un cura que quiere casarme.

– Faltan sólo días para que venga el crío y nosotros sin elegir cura -digo.

Nos reímos. Ya es noche cerrada. La abrazo para besarla.

– Quieto, que aún no estamos casados -dice Isidora. Bajamos la colina cogidos de la mano y riéndonos.

Pasan semanas sin que en Altubena se toque lo de Isidora.

– Ama, ¿sabe usted hacer de partera? -digo.

– Alguna vez he tenido que hacer de partera de mí misma -dice la madre.

– Quiero traer a Isidora a parir a Altubena.

A la madre se le olvida lo que iba a hacer con su mano.

– ¿Traer a nuestra casa a una madre soltera? -dice-. ¿A quedarse?

– Si pare aquí, igual se queda -digo.

– Una madre soltera en nuestra casa -dice la madre con los brazos colgando.

– Si se queda, se casará -digo-. Hasta ahora, es ella la que no quiere casarse con el padre de su hijo.

– Qué cosas, qué cosas -dice la madre.

Sale de la cocina y la sigo. Se para en el portalón, primero para retocarse el moño y luego el delantal azul.

– Tu padre no quiere ni oír de este asunto -dice, y es como si hablara su espalda-. Mejor si te buscas a otra chica.

– Una vasca -digo.

– Los Altube y los Uribe siempre nos hemos casado con vascos -dice la madre.

– Isidora no tiene que ver con esas cosas -digo-. ¿Es que no ayudaría usted a parir a la vaca de otro?

– Desde hace meses no haces más que traernos líos -dice la madre.

– En la tripa de esa maketa hay algo con la mitad de sangre vasca -digo.

– Pero nunca sabremos si es la mitad de arriba o la de abajo -dice la madre.

– Es mi hijo, y si nace en Altubena seré también su padre en los papeles -digo.

– Que lo diga el padre -dice la madre, metiéndose en la cocina mormojeando-: Como si una no tuviera ya bastantes purrusaldas en la cabeza…

La sigo. Se sienta en su silla baja del rincón. No me mira.

– A ver qué dice el padre -dice.

Y, al cabo de un rato, con voz más fuerte:

– A ver qué dice el padre.

Oigo los pasos del padre saliendo de su cuarto y luego sobre las losas del pasillo y luego subiendo las escaleras del camarote y luego sobre nuestras cabezas.

– No -dice por las rendijas de las tablas.

Cada vez que subo a La Arboleda me dicen que Isidora anda dando mítines por pueblos perdidos, o repartiendo propaganda a la puerta de las fábricas, como cuando la conocí. Y así todos los días. Me siento a esperarla y por fin llega con cara de muerta, pálida, con ojeras como bocas de pozo, y apoyándose donde puede.