– Hola -dice.
– Hola -digo.
Aprieta la boca y pone en sus ojos una mirada de niña cogida en falta. Luego me dice:
– Te prometí estarme quieta cuando pase el Primero de Mayo… pero tendrán que ser tres días más, porque este Primero de Mayo será el cuatro. Así lo ha acordado el partido.
– Sólo a los socialistas se os ocurre celebrar el día cuatro el Primero de Mayo -digo.
– Es que es domingo -dice ella-. Podrá venir más gente a la manifestación.
– Incluso podrá ir nuestro hijo, si sigues dando volteretas como hasta ahora -digo.
– ¡Qué buen bautizo para él! -dice Isidora.
Para que Isidora no tenga que levantarse de la mesa, yo mismo estoy haciendo la cena para su padre. Tortilla de patatas. De tanto vérsela hacer a la madre en Altubena,creo que no le envenenaré.
– Parece que este año el movimiento obrero en Europa se ha puesto realmente en marcha -dice Eusebio-. Para el Primero de Mayo se anuncian grandes manifestaciones en todas partes.
– La burguesía está asustada -dice Pascual, un hombre que, poco o mucho, siempre está sonriendo.
– Ellos no están acostumbrados a que la clase obrera se agite -dice Vicario, un hombre con la nariz aplastada.
– Es el despertar de algo nuevo -dice Isidora.
– ¿Cómo le gustan a tu padre las comidas: sosas o saladas? -digo.
– A medias -dice Isidora.
– El mes pasado, casi cincuenta mil obreros textiles de Cataluña se declararon en huelga -dice Eduardo.
– ¿Dónde está la sal? -digo.
– A tu derecha, en un tarro de barro -dice Isidora-. Se te están quemando las patatas.
– No, es como las hace la madre, un poco chamuscadas -digo.
– Y también, en marzo, se ha celebrado en Berlín un congreso sobre problemas sociales -dice Eduardo.
– La prensa burguesa está preocupada. Ya empieza a nombrar a los trabajadores. Antes no existíamos para ellos -dice Facundo.
– Es el comienzo de algo nuevo -dice Isidora.
– Ayer, en la reunión semanal, Perezagua pidió que en nuestros mítines insistiéramos en las subidas de jornal que se producirían si en la manifestación del Primero de Mayo…
– Del cuatro -dice José.
– …del cuatro de mayo, la clase trabajadora es capaz de dar sensación de fuerza y de unión -dice Eduardo.
– ¡Conseguiremos una manifestación de muchos miles! -dice Isidora.
– Perezagua habla ya de doce mil -dice Eduardo.
– ¡Doce mil! -dice Isidora-. ¡La mísera legión en marcha!
– ¿Dónde están los huevos? -digo.
– ¿Los huevos? -dice Marcelo, levantándose. Viene hacia mí-. ¡Los tenemos bien puestos!
– Están en la puerta de arriba del armario -dice Isidora.
Abro la puerta. Hay un huevo dentro de una caja de zapatos. Lo cojo y se lo enseño a Marcelo sin decirle nada. Me llama borono y vuelve a su sitio.
– Estáis preparando una locura que acabará en tragedia -dice Urbano-. Jamás nadie ha podido cambiar nada en las minas. ¡Yo las conozco bien y hace medio siglo eran igual que ahora! Los hombres vienen a las minas a ganar más jornal que en otra parte y no es justo que les calentéis los cascos para arrastrarlos a huelgas y manifestaciones.
– Sólo van cuando alguien les convence de que les conviene ir -dice Marcelo.
– Mejor si gastáis la saliva en decir a Isidora que se case con el padre del hijo que va a tener el Primero de Mayo -digo.
– ¿Metemos ese tema en el orden del día? -dice Marcelo.
– ¿Por qué no? -dice Urbano-. ¿Acaso a vuestro socialismo le tiene sin cuidado el honor de una mujer? ¡Si fuera vuestra hija…!
Urbano se seca las lágrimas con un pañuelo.
– Si la solución dependiera de nosotros… -dice Eduardo.
– ¿Qué le habéis metido en la cabeza a mi hija? -dice Urbano-. ¡Está embarazada y no quiere casarse! ¿Así son las ideas socialistas?
– ¿Quién le ha dicho a usted que yo no quiero casarme, padre? -dice Isidora-. ¡Claro que quiero casarme! ¡Pero quiero vivir aquí, donde soy más necesaria que en Getxo!
– ¡Tu hijo es antes que tú y tu obligación es sacrificarte por el pobre inocente! -dice Urbano.
El revuelto de huevo y patatas se está cociendo a fuego lento, como hace la madre.
– A tu padre no le importaría dejar esto para vivir en Altubena -digo.
– ¿Qué se me ha perdido a mí en Getxo? -dice Isidora-. Mi sitio está en las minas.
– Tranquila, tranquila… -digo-. Menos baile.
– En Getxo también podrías trabajar por nuestra causa -dice Eduardo.
– ¿Con quién? ¿Con alcornoques como Roque? -dice Isidora-. ¿Con gentes que creen que Dios les ha puesto en el paraíso terrenal? Debo quedarme con los que sufren.
– Los de Getxo no lo saben, pero también son explotados por los mismos que nos explotan a nosotros -dice Marcelo.
– Pues a ver cómo le convences a mi aldeano -dice Isidora.
– Los Altube siempre hemos sido dueños de nuestra propia tierra y nadie nos da el sobre del jornal al final del trabajo -digo.
– Pero habrá otras familias que no sean dueñas de la tierra que trabajan -dice Facundo.
– Todas las tierras cuestan el mismo sudor trabajarlas -digo.
– Pero entre vosotros habrá dueños que cobren a otros rentas de tierras -dice Marcelo.
– Algunos, y van por septiembre a coger el cestillo de higos con que les paga el inquilino -digo.
– Sin embargo, esos mismos dueños son los que han levantado fábricas a este lado de la ría, y explotan minas y entregan a sus obreros sobres con jornales de hambre -dice un tal Guerra.
– Eso ocurre aquí y con gentes que han venido de fuera -digo.
– Tú no eres de fuera y trabajas aquí, en Altos Hornos -dice Marcelo.
– La madre quería guardar algún dinero para enfermedades y poner una vaca más. También los dueños de tierra querían algún dinero y están aquí, como yo -digo.
– Hablas como si ellos y tú fuerais iguales -dice Eduardo.
– Somos iguales -digo-. Tenemos el mismo Dios, vivimos en la misma tierra, en las romerías cantamos las mismas canciones y bailamos los mismos bailes, hablamos la misma lengua. Somos vascos, somos iguales.
Isidora se levanta.
– ¡No sois iguales! -dice.
– Tranquila, tranquila -le digo-. Siéntate con tu hijo.
– ¡A ver cuándo dejan ellos sus palacios y criados y se meten a cuidar vacas en el viejo Altubena! -dice Isidora.
– El abuelo Satordi les diría que no. En Altubena sólo viven Altubes o mujeres de Altubes -digo.
Isidora levanta los brazos y resopla.
– ¡Éste es mi hombre! -dice.
– Las preñadas no deben pensar en otra cosa que en su hijo -digo-. ¿Por qué no piensas en tu hijo?
– ¿Os dais cuenta? -dice Isidora-. Cuando hay testigos se avergüenza de decir «nuestro hijo», no quiere que nadie pueda obligarle a casarse. Me entran ganas de decirle: «Te has salido con la tuya, llévame a Getxo», para que confiese que nunca quiso casarse, que lo de Getxo es sólo una excusa.
Llora.
– Le saco la cena, Urbano -digo.
– Es como todos -dice Isidora-. ¿No veis la cara de fresco que tiene?
– No hables así -dice Facundo-. No crees en lo que dices.
– ¡Tiene miedo de que le diga que le seguiré a su tierra! -dice Isidora.
Paso la tortilla redonda a un plato, que llevo a la mesa y dejo frente a Urbano, con el tenedor, el pan y la botella de vino y un vaso.
– Eres un buen muchacho -dice Urbano.
Me paro frente a Isidora.
– Vamos, dilo -le digo-, y yo mismo te preparo la maleta.
– ¡Es mentira! -dice Isidora-. ¿No le veis que está mintiendo?
– No te portes como una preñada y díselo -dice Marcelo.
– ¡Me da miedo, me diría que no! -dice Isidora.
La cojo por los hombros, la empujo hacia abajo y la siento. Su cuerpo tiembla como la cola de una lagartija.