Isidora se pone de pie y se me queda mirando como aquel día en que, desnuda, me llevó de la mano a la mar. La verdad es que sólo me lo parece, porque estando en las minas es imposible que pueda mirar de aquel modo.
– ¿Cómo le llamaremos? -dice.
Ni yo mismo puedo mirarla como entonces. Y me pregunto cómo me gustó tanto la primera vez que la vi, repartiendo papeles a la puerta de la fábrica, si no ocurrió en Getxo sino a este lado de la ría.
– Luego, luego me lo dices -dice Isidora de pronto.
– Decirte, ¿qué? -digo.
– ¡El nombre de nuestro hijo! -dice.
En un momento ha dejado de ser mía para volver a la locura de ellos. Su garganta se rompe dando vivas al Primero de Mayo y a la revolución socialista. Esta gente todo lo hace en grupo, en rebaño. Y ella les sigue… ¡En un momento me la han robado!
– ¡Cállate! -le digo-. ¡Y siéntate!
Pero esta vez no puedo sentarla. La empujo hacia abajo, pero ella y yo estamos tan apretados por la gente que no queda sitio ni siquiera para doblar las rodillas. Además, entre tanto loco han volcado la silla.
Todos los de la tribuna también están levantados y aplaudiendo. Isidora hace gestos con las manos a Eduardo, a Marcelo, a José y a los demás, y ellos le mandan otros gestos, y así se dicen unos a otros que ¡cuánta gente hay!, que ¡qué bien nos van saliendo las cosas a los socialistas!, que ¡nuestro trabajo está dando frutos!, que ¡el Primero de Mayo reuniremos el mayor rebaño de trabajadores que se haya visto nunca!, y locuras así.
Hablo, pero Isidora no me oye.
– ¿Qué dices? -dice.
Grito:
– ¡Nuestro pobre hijo tendrá que llamarse Mayo Altube!
Bueno, pues me voy a ver qué pasa en la fiesta del Primero de Mayo de estos locos, que no es el día uno, sino hoy, cuatro, domingo. La madre me dice: «¿Adónde vas tan de madrugada un domingo?». «Tengo que ir allá», le digo. Y ella: «Dicen que los mineros andan revueltos». «Yo sólo voy a cuidar de mi hijo», le digo. Y ella: «Pero ¿es que ya ha nacido?». «No. Por eso tengo que ir, porque no ha nacido todavía», digo. «Con los ojos se ve que tu padre pierde carne día a día», dice la madre. «Ya se hará a ella cuando la tenga aquí», digo. La madre se santigua y dice: «Supongo que Dios sabrá lo que hace».
Ya estoy en La Arboleda. Serán las cinco de la mañana. Por el camino he visto a grupos de obreros hablando y esperando no sé qué. Y también patrullas de guardias civiles y forales, y soldados. Isidora me ve y sale del grupo que ya está en pie de guerra. Una vaca con el ternero saliéndosele no camina peor que ella. Su tripa le ha crecido de ayer a hoy. La agarro por los hombros para que no se caiga, pero ella se pone a llorar.
– ¿Por qué lloras? -digo.
– Por los seis mineros que murieron en el accidente de anteayer -dice Isidora-. No podrán acompañarnos a Bilbao.
– Son cosas que pasan -digo.
– ¡Son cosas que no pasarían si la vida del minero valiera más y los patronos la protegieran mejor! -dice Isidora.
– Tranquila, tranquila -digo.
– ¡Y también lloro por los obreros de la fábrica San Francisco que detuvieron ese mismo día por empezar la huelga! -dice Isidora-. Se presentó el gobernador en persona, al frente de un ejército de guardias civiles. -Se seca las lágrimas y sus ojos se ponen como ascuas-. ¡Roque, están de verdad asustados! ¡Las compañías mineras han pedido a las autoridades que traigan regimientos de soldados de Vitoria y Orduña, y han sido atendidos! ¡Se ha suspendido la corrida de toros anunciada para hoy! ¡Y los jesuitas han pedido protección al gobernador! ¡Nos temen!
– ¿Es que vais a empezar a matar a todos los ricos? -digo.
Mira hacia atrás, para ver si nos miran, y se empina para darme un beso en la boca. La aparto.
– Aquí, no -digo-. En la playa.
Isidora da un salto.
– ¡Es que quiero que sepa todo el mundo lo feliz que soy en este día del obrero! -dice.
La agarro para que se esté quieta.
– Que vayan ellos a Bilbao -digo-. Está muy lejos y tú tendrías que estar en la cama.
– Me gusta la cara que pones cuando me riñes -dice Isidora-. Me gusta que te preocupes de nuestro hijo.
– Alguien tiene que preocuparse -digo-, porque tú…
– Él está de acuerdo con lo que hago -dice Isidora-. Escucha lo que me dice. Me dice: «¡Adelante, madre, no quiero que el socialismo se retrase por mi culpa!». Esto me dice nuestro pequeñín desde aquí dentro. «¡Me gusta trotar contigo de un lado a otro!», me dice. «¡Y dile a mi padre a ver cuándo deja de ser tan burro y nos ayuda a los dos a traer el socialismo!», me dice. ¿Qué te parece?
– ¿De modo que ya tengo un hijo socialista? -digo.
Qué se podía esperar, dentro de una madre así.
– ¡Vivirá conmigo este Primero de Mayo! -dice Isidora.
– Tranquila, tranquila -le digo-. Tenlo quieto para que lo vea todo mejor.
Parece que el grupo se pone en marcha. Están todos: Eduardo, Facundo, Marcelo, José y los cuatro nuevos, y los de la agrupación de Sestao: el hombre flaco con bigote, el de barba, el gordo y bajito, y el bajo con gafas y voz asmática, al que llaman Proto.
– ¡Aquí llega Perezagua! -dice Isidora.
Sí, a paso rápido, como si se le fuera a acabar el Primero de Mayo. Le siguen varios hombres con cara de socialistas, Isidora se olvida de su hijo y de mí y les sale al encuentro. Hablan. Luego, los del grupo de Eduardo y de Proto van hacia ellos y hablan. Hasta que Perezagua levanta el brazo y dice con todos sus pulmones:
– ¡Amigos, todos a Bilbao! ¡Recogeremos por el camino a los compañeros de las fábricas! ¡Adelante! ¡Hoy va a hablar la clase obrera!
– ¡La pancarta! -dice alguien.
Y aparece una gran sábana con unas letras, que creo que dicen: OCHO HORAS DE TRABAJO, OCHO DE DESCANSO, OCHO DE EDUCACIÓN. La tela tiene un palo a cada extremo y dos hombres la levantan sobre el grupo de socialistas que ya ha echado a andar, y se les une la gente que esperaba por aquí cerca. Allá van, como un bando de avefrías. Esta gente todo lo hace en grupo, cuanto más grande mejor.
Isidora sale de entre ellos y viene y me coge de la mano.
– ¿Qué haces ahí parado? Ven con nosotros -dice, llevándome de la mano.
– Espera, que voy a tu casa -digo.
– ¿A qué?
– A por la silla.
Urbano sigue en la cama.
– Cojo una silla -digo.
No me ha oído a mí, pero ha oído la puerta, y dice medio dormido:
– Oye, Isidora, hija de Satanás, dile a Roque que rezaré para que vuestro hijo no nazca en la manifestación, como un perro.
Con el brazo derecho rodeo la espalda de Isidora, para ayudarla a caminar, y en la mano izquierda llevo la silla. Vamos entre montones de mineros y no me canso de decir: «¡Eh, no la empujéis! ¿No veis que no tenía que estar aquí sino en su cama?». Ya he puesto varias veces a Isidora en las esquinas, para que no la aplasten, pero como no para de llegar nueva gente, nos empujan una y otra vez hacia dentro y sudo apartando cuerpos de encima de Isidora para no quedarme sin hijo.
Y ella, diciendo:
– ¡El mundo del trabajo se ha puesto en marcha!
– Pues podía haber esperado a que parieras -digo.
– ¿No te emociona la música de sus pasos? -dice-. Escucha: ¡Plot! ¡Plot! ¡Plot! ¡Mira a derecha e izquierda, cómo bajan de los montes nuevos mineros a engordar nuestro gran ejército! ¡Por fin se han convencido de que ha llegado la hora y han atendido a la gran señal! ¡Adelante, hermanos, adelante!
A nuestro lado, dice una voz:
– ¡Justicia!