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Y siguen otras voces: – ¡Justicia! ¡Justicia!

Y, en un momento, todo el gentío hace coro diciendo:

– ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!

Es como si les hubieran dado cuerda.

– ¡Así, así, que os oiga el mundo! ¡Hemos estado callados demasiado tiempo! -dice Isidora a gritos, estirando el cuello para que se le oiga mejor, y de su hombro pasan a mi brazo sus nervios en punta.

– Tranquila, tranquila -digo-. En Getxo, cuando le pedimos algo a Dios, se lo pedimos con humildad.

– ¡Nosotros no le estamos pidiendo la justicia a Dios sino a los hombres! -dice Isidora.

– Tranquila, tranquila -digo-. Mejor si te sientas un rato en la silla.

– ¡Éste es de los momentos que hay que vivir de pie! -dice Isidora-. ¡Fíjate en sus caras: no pueden creer lo que está ocurriendo! ¡Por primera vez en sus vidas se sienten fuertes!

Van con caras tan largas como las que llevamos los de Getxo cuando bajamos a la playa a por saborra. Pero no es lo mismo, porque lo nuestro es serio y lo de esta gente es cosa de locos.

– ¡Adelante! ¡Adelante! -dice Isidora-. ¡No nos detendremos hasta el triunfo!

– Tranquila, tranquila -le digo.

Pienso en mi hijo, metido en este guirigay sin comerlo ni beberlo, y digo a Isidora:

– Siéntate en la silla y me la pongo contigo encima en la cabeza.

– Parecería una reina y los socialistas no queremos reyes -dice Isidora.

¿De dónde saca fuerzas? Veo gotitas de sudor en su cara blanca; se la toco y tiene fiebre. Se ha olvidado la toquilla roja que lleva sobre los hombros, y yo se la cruzo una y otra vez sobre el pecho para que no se le caiga. Su pelo va suelto, como el de las locas. Cada uno de sus pasos parece que va a ser el último, y seguro que de un momento a otro se me queda entre los brazos. Pero no: allá va con su tripa a cuestas, y cuando abre la boca no siempre es para echar algún grito, sino también para atrapar aire y no ahogarse.

Al cruzar los pueblos las mujeres nos aplauden desde las ventanas y los hombres salen de sus casas y se nos unen. Viendo esto, a Isidora se le saltan las lágrimas. Al llegar a Portugalete se paran los que van en cabeza con la pancarta. Se oyen gritos de saludo y de ánimo.

– ¡Mira -dice Isidora- cuántos obreros fabriles nos estaban esperando a los mineros! ¡Viva la unión de la clase obrera!

Sí, frente a la pancarta veo un montón de hombres, unos saludándonos con los brazos y otros mirándonos con cara de sueño. Los de mi grupo les hablan y los otros también nos hablan. Se ríen y se cuentan alguna gracia y por primera vez parece que estamos en una romería. Aprovecho la ocasión para dejar la silla en el suelo.

– Siéntate -digo a Isidora.

Pero la tengo que agarrar para ponerla en la silla. Me mira desde abajo como si la hubiera enterrado viva.

– No te apures, que yo te cuento lo que pasa -digo-. Ahora Perezagua se acerca a la otra cuadrilla y les habla. Ahora Perezagua se mete una mano en el bolsillo y empieza a mover la otra…

– Es que va a hablar -dice Isidora.

– Ahora Perezagua les dice que… -digo.

– Ya le oigo -dice Isidora.

Sólo son cuatro palabras.

– Ahora Perezagua les dice con la mano que se pongan a nuestra cola y él vuelve bajo la pancarta -digo.

Isidora se levanta y yo la tengo que dejar, porque los pies que nos rodean se ponen en marcha. Cojo la silla con una mano y con el otro brazo rodeo el hombro de Isidora.

– Nuestro hijo me acaba de decir que es una silla muy cómoda -digo.

– No seas tonto -dice Isidora.

Esconde mucha fuerza dentro de su cuerpo de pajarito, pero la gasta en gritar más que en andar. Le digo: «Tranquila, tranquila», cuando grita con todos: «¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!», y lo repiten a coro una y otra vez, porque la llegada de los refuerzos ha puesto muy gallitos a unos y a otros y parece que van a comerse el mundo. ¡Ocho horas de trabajo! En Altubena muchos días metemos veinticuatro, y a callar, como Dios manda.

Ya estamos en Sestao. La pancarta se para frente a La Vizcaya, donde hay obreros fuera, mirándonos, y empiezan a subir otros, limpiándose las manos, y todos esperan. Bajo la silla al suelo.

– Vamos, siéntate -digo a Isidora.

– ¿No ves que va a hablar Perezagua? -dice, poniéndose de puntillas para mirar por encima de las cabezas. La empujo hacia abajo y la siento.

– ¿Cuándo se ha visto a alguien en una manifestación con una silla? -dice Isidora.

– También habría que traer una partera -digo.

– ¡No comprendes lo que estamos viviendo todos nosotros! -dice Isidora.

– A callar, que habla Perezagua -digo, y ella me muerde la mano que le he puesto sobre la boca.

– Vamos hacia Bilbao, a celebrar el Primero de Mayo -dice Perezagua, moviendo una mano y con la otra en el bolsillo-. La clase obrera de Vizcaya recorrerá en manifestación las calles de esa ciudad que nada sabe de nuestros problemas, de nuestras necesidades. Y verán que no somos fieras, como dicen, sino trabajadores que piden justicia. ¡En este primero de mayo la burguesía de Bilbao ha de asombrarse de la fuerza de los trabajadores! ¡Todos han de ver que somos muchos pidiendo lo mismo: justicia! ¡A todos los países de la Tierra ha de llegar la noticia de que la clase obrera de Vizcaya ya se mueve hacia la revolución! ¡Compañeros de la fábrica La Vizcaya, os invitamos a uniros a nosotros y participar de nuestra gloria obrera…! ¡Viva el Primero de Mayo!

– ¡Viva! -se oye como un trueno.

Se nos juntan casi todos los obreros de La Vizcaya, un gran montón. En un descuido Isidora salta de la silla, y es que acaban de llegar Marcelo y José abriéndose paso a codazos.

– ¡Al entrar en Bilbao seremos ya como una marea! -dice Marcelo.

– ¡Lo estamos consiguiendo! -dice Isidora, y ella y Marcelo se abrazan, y luego Isidora va hacia el silencioso José y también le abraza.

– Dejadla que se siente -digo.

– La revolución no se hace desde una silla -dice Marcelo-. ¡Trunk, trunk, trunk!

– Tampoco las mujeres deben parir a sus hijos en la calle, ni siquiera en una… en una manifestación -digo.

Isidora ya no podrá sentarse porque esto empieza a moverse de nuevo. Se oyen gritos: «¡Adelante! ¡Adelante!».

– ¿Por qué no le pones ruedas a la silla? -dice Marcelo, riendo-. Aparecerá en la historia del movimiento obrero.

Cojo la silla, y esta vez Isidora se me acerca para que la sostenga por la espalda. Nos miramos.

– Me gusta que hayas traído la silla -dice.

– No te hagas ilusiones -digo-: la traje por mi hijo.

– Y un poquito por mí, ¿no? -dice Isidora.

– Por mi hijo -digo.

– ¿Pues sabes lo que le va a pasar a tu hijo? Que ya estará pensando que la revolución se puede hacer sentado y tendrás un hijo revolucionario -dice Isidora.

– Los Altube no somos vagos -digo.

– ¿También este brazo que rodea mi espalda está sosteniendo a mi hijo? -dice Isidora.

Callo.

– ¿Es que solamente en tu playa sabes decirme cosas bonitas? -dice Isidora.

¿Cómo se le ocurre hablar aquí de la playa? Si todo este gentío estuviera en la playa de Arrigúnaga, la playa ya no sería mi playa. No es sólo por el montón de gente que va en la manifestación, sino porque sus pasos van soltando una música triste: ¡plaff, plaff, plaff!, hacen las suelas contra el barro medio seco. Cuando en Getxo nos juntamos mucha gente es para ir de romería, a la romería de San Baskardo del pueblo o a romerías de otros pueblos… ¡y aquello sí que da gusto! Se habla fuerte y con alegría y se canta y los acordeones y el txistu y el tamboril te meten la alegría hasta las tripas y entonces no tienes más remedio que soltar un irrintzi para dejar libre la alegría que podría romper tus tripas y entonces te das cuenta de que tus piernas llevan ya mucho tiempo moviéndose solas y que tus pies te llevan sobre el barro del camino como si resbalaras sobre las aguas de la playa y la música que sacan las suelas es tan alegre como los acordeones y el txistu y el tamboril. Los de Getxo sólo sacamos música triste con las suelas cuando vamos de entierro. Y esta manifestación de los socialistas es como un entierro. ¿Quién les ha obligado a venir? No se va a donde no gusta ir. En Getxo, nadie obliga a ir a las romerías, pero la gente va porque le gustan. Y a la vista está que esto sólo les gusta a los cuatro socialistas, no al resto de la gente, porque es un entierro. Entonces, ¿por qué han venido? ¿Dónde está el muerto que hace que sus suelas saquen una música de funeral? Mejor que ¡plaff!, ¡plaff!, ¡plaff!…, ¡plot!, ¡plot!, ¡plot!, y «¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!», y «¡Viva la revolución social!», y «¡Viva la unión de la clase obrera!», y Marcelo: «¡Trunk, trunk, trunk!… ¡y san Periquito en calzoncillos!». Miro a mi alrededor, por ver si alguien se ríe, aunque sea un poco, y nada: caras agrias y negras, de mala uva, miradas buscando a un enemigo que debe de estar por delante porque las tienen clavadas a proa, y las suelas de sus botazas… ¡plot!, ¡plot!, ¡plot!…, como si estuvieran enterrando a ese enemigo.