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– ¿Dónde está el muerto? -digo.

– ¿Qué? -dice Isidora.

«¡Viva la revolución social!», grita el rebaño de tristes al llegar a Astilleros y pararse. Dejo la silla en el suelo y siento a Isidora. Hay muchos obreros esperándonos. Les habla el socialista gordo y pequeño de Sestao. Lo de siempre. Aplauden los de la manifestación y aplauden los de Astilleros. Y otra vez en marcha. Cojo la silla y abrazo a Isidora. Los discursos son una tabarra, pero sería mejor que no duraran tan poco, para que Isidora descansara más.

– ¿Estás bien? -digo.

– Sí, sí -dice ella, cogiéndome la mano-, ¿no ves cuántos trabajadores se nos unen aquí?

– A nuestro hijo le engorda esta pesca que estáis haciendo -digo.

– ¿Por qué te burlas de nosotros? -dice Isidora.

– Tienes razón, no está bien reírse de los locos -digo.

– ¡Daría mi vida por no sentirte tan lejos! -dice Isidora con los ojos húmedos.

– Tranquila, tranquila -digo-. Diré al alcalde de Getxo que nos ponga el pueblo a este lado de la ría.

Hemos llegado al barrio de Desierto y como ya hay tabernas abiertas la manifestación se queda flaca cuando los hombres la dejan para ir a tomar un trago, y unos van y otros vienen, y cuando se pone a nuestra cola el montón de gente que nos esperaba aquí y la pancarta de cabeza se pone en marcha, pues salen los últimos de las tabernas y ya no parece que las caras tienen tan mala uva y es como si todos le empezaran a tomar gusto a la manifestación.

– ¡Viva el Primero de Mayo!

– ¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!

– ¡Viva la revolución social!

Los mismos gritos, pero ahora más saltarines, y los ¡plot!, ¡plot!, ¡plot! de las botas ya no parece que siguen a un muerto. Las mujeres nos despiden con aplausos desde las ventanas de las casas. Llegan a nuestro lado Marcelo y José.

– ¡El ejército del Primero de Mayo no cabe en la carretera! -dice Marcelo.

– ¡Hoy llenamos las carreteras y mañana el mundo! -dice Isidora.

Se levanta de la silla y está gastando las pocas fuerzas que ganó en la última sentada.

– Tranquila, tranquila -le digo.

– ¿Qué te parece, aldeano? -dice Marcelo-. ¿Has visto alguna vez tanta gente junta?

– Lo que importa no es la cantidad sino la calidad -digo.

– ¡Agradezcamos la presencia entre nosotros del dios de las huertas dando calidad a este montón de imbéciles! -dice Marcelo.

A proa alguien dice:

– ¡Soldados!

Todo el mundo se empina para mirar.

– No os detengáis…, ¡adelante, adelante! -nos llega la voz de Perezagua.

Llenando una campa al borde del camino veo a muchos soldados armados como para una guerra. Se corre la voz de que son del Batallón de Cazadores de Madrid.

La manifestación ha frenado un poco su marcha. La gente no sabe qué va a pasar, se miran unos a otros.

– ¡Paz, paz! -dice Perezagua-. Estamos pidiendo justicia pacíficamente.

Empezamos a pasar en silencio frente al batallón. Los soldados nos miran y cada uno está con su fusil preparado. ¡Buena la han armado estos socialistas!

– Ven, ponte a mi espalda -digo a Isidora, tapándola con mi cuerpo.

– ¿Por qué? No soy una niña. Además, no pasará nada. ¡Esos muchachos son también del pueblo! -dice Isidora. Y grita-: ¡Vivan los soldados proletarios!

Y la gente grita:

– ¡Vivan los soldados proletarios!

Y toda la manifestación pasa por delante de los soldados gritando: «¡Vivan los soldados proletarios!», y los soldados se miran unos a otros y algunos levantan los fusiles sobre sus cabezas para saludar.

– ¡Están con nosotros! -dice Isidora.

– Sí, están con nosotros, pero les mandan ellos y apuntarán sus armas a nuestros pechos si reciben la orden -dice José.

– ¡La desobedecerían! -dice Isidora-. ¡Algún día ocurrirá eso!

Ahora me rodean caras satisfechas y oigo que casi todos los soldados serán también hijos de obreros y que el Primero de Mayo está saliendo muy bien.

– Va a llover -dice Marcelo.

Cada dos pasos engorda la manifestación con nueva gente que espera en los bordes del camino o sale de las casas mientras las mujeres se asoman a las ventanas para decirles adiós como si marcharan a la guerra. Creo que ya sé por qué no se cansa Isidora: porque no piensa en sus piernas ni en el peso de su hijo. ¿Y si pare sin dejar de andar? Las vacas también pueden echar sus tortas por el culo sin pararse…

– ¿Por qué no te sientas un poco debajo de ese árbol? -digo.

– ¿Sabes dónde estamos ya?, ¿sabes qué árbol es ése? ¡El Árbol Gordo! -dice Isidora-. ¡Estamos en Bilbao, ya hemos llegado!

Junto al Árbol Gordo nos espera otro rebaño de obreros. Levantan la mano para saludarnos y los de la manifestación gritan sus cosas: «¡Viva la clase trabajadora! ¡Viva la revolución social! ¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!». ¡Por san Periquito, no se cansan de la misma canción! Y ahora todos se juntan, se abrazan y la gente que me rodea está más contenta que antes de venir los del Árbol Gordo, y siempre ocurre que según se van metiendo nuevos grupos en la marcha van desapareciendo de las caras la tristeza y la mala uva, pero muy poco a poco, como si en el fondo les gustara llevar cara de perro, y es que sólo se hallan estando en montón, cuantos más mejor, amontonados y prietos como los animales de un rebaño, como si no pudieran vivir sin tocarse, sin recibir el aliento de las bocas de los otros, sin oler sus sudores, sin pisotearse los pies, sin gritar a coro sus locuras. ¿Por qué no lucha cada uno por su cuenta, sin buscar la ayuda del grupo, como si fueran corderitos? ¿Es que cada uno de ellos no se fía de sus propias fuerzas? Un hombre de verdad debe ponerse en pie y decir al mundo: «¡Aquí estoy yo!, ¿qué pasa?», y defender con sus puños lo que es suyo, y no con navajas, ¡cuidado!, que a estos de fuera les gusta llevar navaja, como Marcelo, y nada me extrañaría que media manifestación la llevara. Un hombre sólo es hombre cuando sabe defender lo suyo sin ayuda de nadie y sólo con los brazos fuertes que le ha dado Dios.

La única vez que estuve en Bilbao fue cuando la madre me trajo a comprar el misal de pastas blancas y la cruz de nácar con cinta dorada para mi primera comunión. Yo iba asustado de una calle a otra, empujado por la madre, que me decía: «Vamos, no te quedes mirando como un lelo, que te va a pisar la gente. ¿Es que no has visto nunca casas?». No eran las casas: yo ya había visto casas en Algorta. Era lo que había entre las casas…, las calles, en las que me ahogaba. Y nunca había visto tanta gente junta sin que ocurriera nada especial, porque no era ninguna romería ni estábamos en la playa cogiendo zaborra. Ahora, sin embargo, el Bilbao no es aquel Bilbao: todo está muerto, sólo en balcones y ventanas hay gente mirándonos, y casi todos los que están en estos balcones y ventanas ni siquiera se quedan mucho tiempo, pues esconden a escape la cabeza incluso antes de que lleguemos bajo ellos, y luego miran desde detrás de las cortinas cerradas. Y en las calles sólo guardias civiles y forales y soldados, sobre todo delante de las iglesias y grandes casonas de piedra con banderas. Es como si hubiera entrado en Bilbao el coco.