– Nunca habían visto a los mineros -dice Isidora-. ¡Pues somos también personas!
Su grito suena como un trueno en el silencio de la calle, pues hasta las botazas pisan ahora como sobre huevos en este Bilbao mejor empedrado que la cocina de Altubena. Lo único que me gusta de esta manifestación es que se lo ha tomado muy en serio, quiero decir que la gente marcha con tanta seriedad como cuando nosotros en Getxo nos acercamos a comulgar con don Eulogio. Incluso los gritos son gritados mejor ahora, suenan a coro de iglesia, porque todos cantan a una, y entre esto y el cuidado de sus pisadas se diría que ya han llegado a tierra enemiga y quieren causar buena impresión.
Ahora llegamos a un gran puente sobre la ría y el rebaño tuerce hacia arriba y aquí se nos juntan más grupos de obreros. Isidora me da tantos tirones de la blusa que acabará rasgándomela.
– ¡La lucha es general! -dice-. ¡Es el despertar de la clase obrera en todo el mundo!
– Bilbao no es todo el mundo -digo.
– ¡Hablas como hablaría cualquiera de nuestros enemigos! -dice Isidora-. ¡Te odio!
– Tranquila, tranquila -digo.
El rebaño se ha parado y enseguida dejo la silla en el suelo y obligo a Isidora a sentarse. Pero se me levanta como un muelle.
– Descansaré cuando entremos en el teatro Romea -dice.
– ¿Tanto ruido para venir a ver comedias? -digo. Pero ella no me hace caso; se apoya en mí para subirse en la silla en la que tenía que estar sentada. Cuando baja, me dice: -Tengo que ver qué pasa.
Y echa a andar por entre el gentío, y yo cojo la silla y la sigo. Llegamos a la entrada del teatro, donde hablan Perezagua, Eduardo, Facundo, el hombrecillo con gafas, el hombre delgado con bigote y otros socialistas que ya conozco. Parece que el teatro queda estrecho para tanto loco.
– Habrá que celebrar el mitin al aire libre -dice Perezagua.
– Ahí mismo está la plaza de la Cantera -dice el que creo que se llama Pascual.
– Lo malo es que el permiso sólo era para el teatro -dice Perezagua-. Habrá que pedir otro.
Y allá se va un grupo de ellos, mientras el gentío espera.
– ¿Hay que pedir permiso para hablar? -digo-. En Getxo a nadie se le prohíbe hablar.
– Lo que vosotros decís no molesta a nadie -dice Isidora.
– Ya sé por dónde vas, pero te diré que nuestros bertsolaris se meten hasta con los ricos del pueblo -digo.
– Pero ¿hay ricos en Getxo? -dice Isidora-. ¿Es que no sois todos los vascos iguales?
– Sí, iguales -digo-. Iguales. El más rico de Getxo es Camilo Baskardo, el Marqués, que es el amo de la fábrica donde yo trabajo, y todos los domingos el pueblo se lo encuentra en misa, y a la salida habla con él en la tertulia del pórtico, y luego en La Venta toman juntos unos tragos de vino. Él y nosotros hablamos euskera, y nuestras sangres son hermanas porque están sobre la tierra de Getxo desde…, desde siempre. Camilo Baskardo viene de los Baskardo de Sugarkea, que dice el abuelo Satordi que es la casa más vieja de Getxo.
– Pero él tiene mucho y tú poco -dice Isidora.
– Él trabaja en lo suyo y yo en lo mío -digo-. Y no hay que meterse con los repartos, pues Dios sabe lo que ha hecho.
Hay muchos guardias civiles mirándonos desde lejos.
– Ahora sí que puedes sentarte -digo a Isidora, dejando la silla en el suelo, cuando justamente ella está diciendo a los suyos que mejor ir ya a la plaza de la Cantera, y enseguida el rebaño empieza a moverse y yo he de recoger mi silla.
Tampoco en la plaza de la Cantera cabe toda la gente. Pongo la silla en el suelo, detrás de las piernas de Isidora. Vuelve la cara para mirarme y dice:
– Soy feliz porque estamos tantos que no cabemos en ninguna parte y mi hijo no necesita la silla porque es tan feliz como yo.
Y yo le digo:
– Anda, siéntate, que la felicidad también cansa.
La empujo hacia abajo y la siento y no quito la mano de su hombro para que no se me levante.
– Ya me dirás lo que te contesta ese hermano vasco, ese Baskardo marqués de Getxo, cuando le pidas aumento de jornal -dice Isidora.
– No te desfogues con el rico de mi pueblo, que estamos en el Primero de Mayo y le estoy tomando gusto -digo.
Y, por fin, llegan los que fueron a por el permiso para poder hablar. Se oyen voces pidiendo silencio. Veo a Pascual y a Perezagua subidos a unas escaleras de piedra.
– Compañeros -dice Pascual, con los brazos en alto-: los socialistas no hemos podido dirigiros la palabra en el teatro Romea, como estaba anunciado… ¡porque la gran masa que componemos está demostrando que somos la fuerza incontenible que cambiará el mundo!
En un descuido, ya tengo a Isidora de pie, aplaudiendo y gritando con todos: «¡Viva la revolución social!». Sigue Pascual con las locuras de siempre de estos socialistas, y ahora le toca el turno a Perezagua:
– Mineros y obreros de las fábricas: estamos aquí para celebrar el Primero de Mayo -dice, moviendo una sola mano, serio, tan serio como cuando el abuelo habla de Dios-. Somos muchos, hemos desbordado el teatro y ahora desbordamos esta plaza…, ¡pero no somos más que una pequeña parte del gran ejército de desheredados que en todo el mundo ha celebrado la fiesta del obrero! El fin de la burguesía explotadora está próximo…
De cada ojo de Isidora cae una lágrima.
– ¿Qué es la burguesía? -digo.
Me mira como si se hubiera olvidado de mí.
– Tu Baskardo marqués de Getxo es la burguesía -dice.
– ¿Y qué le vais a hacer? -digo-. ¿Le vais a matar para quedaros con lo suyo?
– Cuando una revolución se pone en marcha nadie sabe cómo puede acabar -dice Isidora.
A ver si la madre tiene razón cuando me dice que me aparte de esta gente…
– Tu sitio no está entre estos piratas -digo-. Vámonos los tres a Getxo.
Isidora me mira y esta vez ni siquiera habla.
– Pues a ver si pares enseguida para llevarme a mi hijo -digo.
– No empieces con la matraca de siempre y escucha lo que dicen para aprender cómo está hecho el mundo -dice Isidora.
– Compañeros -dice Perezagua-: con el acto de hoy cumplimos nuestra parte en este Primero de Mayo a celebrar en los pueblos de la Tierra. ¡Vizcaya ha empezado con pie firme la marcha por la liberación de la clase obrera! ¡Los ejemplares obreros revolucionarios de Alemania se sentirán orgullosos de nosotros! Esto es lo importante: ¡la unión! ¡La unión con todos los trabajadores del mundo! Y la unión entre nosotros mismos, como hoy. ¡Necesitamos un partido socialista fuerte y bien organizado!
Otro loco grita:
– ¡Viva el Partido Socialista!
Y el rebaño de locos: – ¡Viva! ¡Viva!
¿Por qué no cojo a mi hijo y me lo llevo de aquí? Cojo a Isidora de un brazo para llevármela, pero el gentío me aplasta y no puedo moverme, y además Isidora me da un mordisco en la mano y sigue gritando como si nada.
– Tranquila, tranquila -le digo-. ¿Por qué no te sientas?
– Porque no vería nada -dice Isidora.
De pronto se hace el silencio en la plaza cuando Perezagua dice que «los seis compañeros muertos anteayer en accidente en las minas están también entre nosotros», y dice a sus familias que reciban el sentimiento del mundo del trabajo. Los ojos de Isidora se llenan de lágrimas. Esto del socialismo es puro dolor.
– Y ahora empezará la verdadera manifestación -dice Perezagua-, que ha de ser modelo de cordura y sensatez. Que vea Bilbao que la clase obrera sabe pedir justicia dentro de la ley. No olvidéis que la burguesía desea que le demos un pretexto para lanzarnos sus perros.