Habla Pascuaclass="underline"
– Cruzaremos Bilbao hasta el Gobierno Civil y entregaremos al gobernador nuestras reclamaciones…
Y saca Pascual un papel y lee lo que pide esta gente, muchas cosas, entre ellas no trabajar más de diez horas, que desaparezcan los barracones y poder comprar comida donde mejor le parezca a cada uno, y más jornal. ¿Y decía Perezagua que no se salían de la ley? Dios ha puesto las cosas de una forma y no se debe ir contra su Ley.
Tengo que proteger a Isidora y a mi hijo con mi cuerpo para que no les aplasten al salir de la plaza de la Cantera, y no sé dónde meter la silla. Empieza a llover. Ahora hay mucha gente en las calles y en los balcones de las casas, viéndonos pasar. Y cuando llegamos a una calle más ancha la manifestación también se ensancha y las pancartas rojas lucen más. La verdad es que esto es lo nunca visto: miro a mi alrededor y veo un mar negro de boinas, y el ruido de todas las botas contra el piso suena igual que el ronquido de esas grandes olas que se acercan a la costa como arrastrándose sobre piedras. Yo nunca he visto a tantas personas juntas. Y está claro que no han venido a divertirse: van con las caras largas y serias, y ropas de trabajo, unas limpias y otras sucias, porque no todos viven con mujer y en los barracones de las minas no se pueden hacer lavados como es debido.
– Esta calle es la Gran Vía -dice Isidora.
La gente que llena las aceras no sólo nos ve pasar sino que también nos aplaude, lo mismo que la de los balcones y ventanas. Y el rebaño lo agradece quitándose las boinas.
– Quítate la boina, que a ti también te aplauden -dice Isidora.
– ¿A mí? -digo-. Yo soy el tonto de la silla.
Yo no soy de este circo. ¡Si se entera la madre! Yo no estoy aquí para pedir algo, como ellos. Cuando en Getxo queremos pedir algo le rogamos a Dios. Pero esta gente olvida las viejas costumbres con tal de hacer las cosas en grupo, como gallinas asustadas. A Dios le gusta ver a un hombre solo arreglando sus problemas. A lo más, a una familia. Pero más a un hombre solo. Llueve cada vez más fuerte. Me alegro por las boronas de Altubena.
– Nuestro hijo se va a mojar -digo, y doy vuelta a la silla y se la pongo a Isidora de sombrero.
– ¿Qué haces? -dice, pero no consiento que aparte la silla de su cabeza-. Ya verás como tienes un hijo que se sienta cabeza abajo -me dice.
Pronto se empapan todas las boinas y ahora sí que parece esto un mar de carbón en marcha hacia la playa. ¿Qué ocurrirá cuando estos hombres desesperados lleguen al final? De momento, van muy buenecitos, y se me ocurre pensar que a lo mejor también un poco avergonzados de pasear su miseria por las calles elegantes de Bilbao; y al menos en esto son como los de Getxo, pues a nadie le gusta sacar a la plaza sus trapos sucios.
Me agacho para hablar a Isidora por debajo de la silla.
– Se están riendo de vosotros -le digo-. Esos aplausos son de burla.
– No, no -dice Isidora-. Son de cualquier cosa menos de burla. Unos aplauden de pura sorpresa, porque nunca habían visto a tanta gente llenando esta calle suya; otros, de pura curiosidad, pues al fin pueden ver a los mineros, esos salvajes de las montañas que usan navaja y cometen barbaridades y a los que las madres de Bilbao usan para asustar a sus niños: «Si eres malo», les dicen, «bajarán los mineros a cogerte»; otros, por una mezcla de miedo y de querer contentar a Dios, miedo de comprobar que la clase obrera no es sólo unas palabras que aparecen en libros y periódicos o se pronuncian en tertulias y sobremesas, sino que existe de verdad y tiene un cuerpo y se puede tocar; pero los de la otra clase, los ricos, deben comportarse ante Dios y ante sus propias conciencias como hermanos de esos hombres a los que explotan, y por ello también nos aplauden…
– Todos se burlan de vosotros porque habéis venido a pedirles, y un hombre no debe pedir nada a otro hombre, sino ganárselo por sí mismo -digo.
– Hemos venido a pedir justicia -dice Isidora.
– Habéis venido a pedir pan, como los pobres -digo.
– No hay que avergonzarse de tener hambre y pedir pan -dice ella.
– Los vascos nunca pedimos, porque trabajamos cuanto haga falta -digo.
– ¡Los socialistas queremos que todo el mundo gane lo justo trabajando lo justo! -dice Isidora, y se mueve con tanto genio que he de agarrar la silla para que no se vuelque-. ¡Queremos escuelas, queremos casas, queremos médicos, queremos ir a la universidad, queremos un sindicato que defienda a los pobres hambrientos que no se avergüenzan de pedir pan y justicia!
– Tranquila, tranquila… Yo sólo te digo que un hombre que cumple con Dios no pasa hambre. Sólo pasan hambre los borrachos, los que apuestan sus bienes y los vagos.
No sé por qué Isidora se me encrespa aún más al oír esta verdad. Señala con el brazo a quienes nos rodean.
– ¡Mírales las caras! -dice-. ¿Son caras de vagos? Quizá algunos beban más de la cuenta… ¿Y qué otra cosa pueden hacer para soportar un día más su dura vida? Pero, de vagos… ¡nada! Beben para olvidarse de las minas, para olvidar su hambre y su frío, para combatir la fiebre de su tisis, y la soledad, para olvidarse del odio que guarda su corazón, de su carne herida, de sus huesos rotos en accidentes…
– Tranquila, tranquila -digo.
– ¡No les llames borrachos o vagos porque te araño! -dice Isidora.
– Tranquila, tranquila -digo.
De pronto, deja de llover y la gente a mi alrededor se estira, y se sacudiría el agua, como los perros, si no estuviéramos tan apretados. Le quito a Isidora la silla de su cabeza. La manifestación se para.
– Hemos llegado a la residencia del gobernador -dice Isidora.
– ¿Qué vais a hacer? -digo-. ¿Matarle?
– Ya es bastante con el susto que le estamos dando -dice Isidora.
Guardias y soldados rodean el palacio del gobernador, por si acaso. Yo tampoco sé hasta dónde piensa llegar esta gente de las minas. Le pongo a Isidora la silla detrás de sus piernas.
– Siéntate -le digo.
– Espera -dice ella, mirando por encima de las cabezas.
Un grupo de mineros ha llegado a la puerta del palacio. Hablan con los guardias civiles y éstos les dejan pasar. Tardan un rato en salir. Vuelven a la manifestación.
– Ya está, ya puedes sentarte, ya no hay nada que ver -digo.
Se sienta Isidora. No se atreve a negar que necesita sentarse. Su cara parece la playa rota después de un temporal. Todas las miradas se clavan en el palacio, nadie se fija en nosotros dos, así que me atrevo a acariciar la cabeza de Isidora. Ella levanta la cara y me mira. Sonríe y pone su mano sobre la mía.
– Has tenido mala suerte conmigo -dice.
– Yo acabaré con la mala suerte -digo.
– ¡Y todo por una simple ría separando lo tuyo de lo mío! -dice Isidora-. Eres demasiado bueno, Roque, y ojalá que… ¡Oye!, ¿qué has querido decir con eso de que tú acabarás con la mala suerte? ¡No es mala suerte el que yo no quiera vivir en tu precioso Getxo…!
– Tranquila, tranquila -digo.
– ¡Tan mala suerte es el que tú no quieras vivir en las minas! -dice Isidora.
Sólo empujando sus hombros hacia abajo consigo que esta loca no se me ponga de pie. Ha quitado su mano de la mía. Sin embargo, yo sigo acariciando su pelo negro, y ella se calma, igual que se calman las yeguas cuando se las acaricia. Su cuerpo se encoge y ahora sus manos tocan el bulto de mi hijo. Sé que está pensando en él.
– ¿Te duele? -digo.
– No -dice ella.
Me mira y entramos en uno de nuestros mejores momentos. Nos miramos como la primera vez en la playa.
– Roque, has tenido mala suerte conmigo -dice Isidora-. ¿Qué haremos con nuestro pobre hijo?
– Tendremos dos… y reparto -digo.
En el fondo de esta mar negra de boinas, Isidora parece una ahogada. Yo la salvaré. Mi hijo y yo la convenceremos de que viva donde le conviene vivir. Lo haré. Tendré a Isidora en Altubena hasta la muerte. La tendré en la playa. Y lo haré solo, como hacen las cosas los Altube. Yo me las arreglaré a mi manera, sin pedir a los demás que vengan conmigo a una manifestación. Haré saber a Isidora que debe separarse de estos gallinas que sólo uniéndose en rebaño saben arreglar sus cosas, y que debe juntarse con un águila solitaria como yo.