Выбрать главу

– Apartaos un poco para que mi hijo respire -digo a la gente.

– ¿Ha nacido ya?

Es la voz de José. Le veo a mi espalda, alargando el cuello y mirando hacia abajo, buscando a mi hijo.

– Aún está dentro -digo.

– Sois la comidilla de la manifestación, con vuestra silla y lo demás -dice Marcelo, soltando una carcajada-. Algunos creen que es una treta para enternecer a la burguesía.

– Mi hijo no nacerá en este circo, sino donde nadie le vea salir tan feo -digo.

– ¿Le oís? -dice Isidora-. ¡«Su» hijo! ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Que mi cuerpo es mío y que me gustaría parir aquí, ahora mismo, y que viera el mundo del trabajo que acaba de llegar otra generación para seguir su lucha!

– Tranquila, tranquila -digo.

– ¡Mirad -dice José-, se abre el balcón principal!

Dejo que Isidora se levante. Salen al balcón cuatro hombres, dos de ellos de uniforme. Habla uno de los que van de paisano:

– Estimados conciudadanos: soy Fernández Blanco, gobernador civil de Vizcaya. Acabo de recibir de vosotros el pliego con vuestras peticiones. Os prometo que las haré llegar a las Cortes y los señores diputados conocerán vuestros problemas y tratarán de resolverlos.

Se oyen gritos de «¡Viva el señor gobernador!».

– ¡Idiotas! -dice Marcelo-. ¡No os dejéis comprar con unas palabras!

Pero siguen oyéndose muchos gritos de «¡Viva el señor gobernador!».

– Os felicito por vuestro comportamiento -dice el gobernador-. Las diferencias que puedan existir entre vosotros y vuestros patronos deben resolverse a través del diálogo, sin alborotos ni violencias. Esta manifestación, protagonizada por vosotros y autorizada por mí, ha sido un modelo de civismo. Continuad por este camino y yo seguiré estando de vuestra parte.

Se oyen más vivas al señor gobernador.

– ¡Malditas palabras! -dice Marcelo.

– ¿Qué te pasa? -digo a Isidora.

Tiene la cara más rota que antes.

– Por su gran triunfo de hoy, la clase obrera sólo recibe una promesa -dice.

– Para empezar es bastante -dice José-. Hemos conseguido que nuestra voz llegue hasta Madrid.

Se pone en marcha la manifestación y cojo la silla. Abrazo a Isidora contra mi costado para protegerla de los empujones. No andamos mucho antes de pararnos otra vez.

– Ésta es la plaza Elíptica -dice Isidora.

Veo en la plaza una tribuna de tablones, a la que ya están subidos Perezagua y otros socialistas. Pongo la silla en el suelo y siento a Isidora.

– Espera -dice ella.

– No -digo-, que aún no acaba la fiesta.

Habla Perezagua y hablan otros. ¿Pero es que a estos socialistas no se les seca la lengua? El gentío está contento y les escucha de buena gana y no se mueve hasta que acaban. Isidora y los demás aplauden como locos. Perezagua y los otros les han dicho lo mismo de siempre, pero ellos no se cansan de oír las mismas locuras sobre el Primero de Mayo. Y pienso que unos y otros no se habrían movido de aquí hasta la noche de no caer de pronto sobre nosotros este aguacero.

– A casa, que ya está llena la bolsa -digo, levantando a Isidora y cogiendo la silla. Nos espera el largo camino de vuelta. La miro-. Con esa cara no te dejarían entrar ni en un entierro.

– Está bien -dice, mirando a toda la gente en desbandada que nos rodea-. ¡Qué gran día!

– No me gusta ver cómo se moja mi hijo. Vamos a un portal -digo.

– ¿Estás loco? Tenemos que estar en La Arboleda a las cuatro -dice.

– ¿Para qué? -digo.

– Hay mitin -dice.

– ¿Otro? -digo.

– Escucha -dice Isidora, agarrando la pechera de mi blusa-: los burgueses tienen periódicos para contar sus cosas y para mentir sobre las cosas nuestras; la clase obrera es pobre y no tiene periódicos para defenderse… ¡Lo único que tiene es su voz! ¡Todo lo que gritemos es poco para hacernos oír!

– Tranquila, tranquila -le digo.

Da la vuelta y echa a andar con genio y enseguida casi la pierdo de vista entre el gentío de regreso. ¡Dios!, camina peor que nunca, con unas piernas que parecen de piedra. La sigo. Sin pararme, cojo un alambre que sale de una verja y hago un gancho y con él me cuelgo la silla del cuello de la blusa, por el cogote. Luego alcanzo a Isidora por detrás y la levanto en brazos.

– ¿Qué haces? -dice-. Bájame. Puedo andar sola. -Cierra la boca. Mi hijo necesita el poco aire seco que te queda en el cuerpo -digo.

Llegamos a La Arboleda con una hora de retraso, a las cinco, con todos los demás. Isidora quiso que la bajara al suelo a la entrada de su pueblo, pero seguí cargando con ella hasta el mismo lugar del mitin, el frontón. Suelto la silla del gancho, la pongo en el suelo y siento a Isidora. Se arregla los pelos mojados, aunque sólo llovió la primera hora de camino.

– ¿Qué tal está mi hijo? -digo.

– Ahora nadie dudará de que esto que llevo aquí dentro es tuyo -dice Isidora-. Es como si nos acabáramos de casar ante todo el pueblo.

Otra vez aplastados por la gente. El frontón está lleno, aunque faltan muchos de la manifestación de Bilbao. Se habrán ido a comer, que es lo que tendría que hacer mi hijo.

– ¿Cuándo comes? -digo a Isidora-. Llevas sin probar bocado desde la madrugada.

– Ahí suben Perezagua, Facundo Alonso y los demás -dice Isidora, levantándose.

– A los socialistas las revoluciones os salen baratas -digo-. Si todos los días hicierais una revolución no tendríais que pedir subida de jornal para comer… ¡Siéntate!

– ¡Jesús! -dice Isidora, mirándome, pero sentándose. Y si se ha sentado sin que yo la empuje es que ya no puede ni con su alma.

En lo alto de las gradas del frontón hay una gran bandera socialista, y abajo se ponen los que van a hablar. ¡Qué bien se lo pasa esta gente hablando! En Altubena hablamos poco y hacemos mucho, y éstos al revés. Si estuviera aquí el abuelo Satordi ya les diría cuatro cosas bien dichas. En cuanto abre la boca Facundo Alonso – ¿dónde guardará su mula cuando anda en éstas?-, digo a Isidora:

– ¿No te gustaría oírme a mí más que a él? Me sé de memoria lo que va a decir: va a decir que el Primero de Mayo es…

– ¡Chist! -dice Isidora.

– ¡Chist! -dicen otros de por aquí.

Es como si estos socialistas regalaran miel por la boca: hablen lo que hablen, les aplauden a rabiar.

– El que se adelanta para hablar es Carretero -dice Isidora.

– Pues que hable Carretero -digo.

Al fijarme en la torre de la iglesia veo en ella a gente medio escondida. No se mueven, no hablan, sólo miran. Hay tres sotanas.

– Son los curas de La Arboleda con sus amigos meapilas -dice Isidora-. ¡Mírales qué cara de asustados tienen!

– ¿Por qué? -digo.

– Creen que ya hemos empezado la revolución -dice Isidora.

– ¿Y qué mal les haría a ellos la revolución? -digo.

– ¡Dejarles sin el dinero de los ricos para construir iglesias! -dice Isidora.

– En Getxo, la vieja iglesia de San Baskardo no se levantó con dinero sino con fe -digo-. Los de las minas sois más torcidos de lo que pensaba.

Como al final habla Perezagua, pues todos a escucharle con la boca abierta, hasta que acaba y le aplauden a rabiar y gritan con éclass="underline" «¡Viva la revolución social! ¡Viva el Primero de Mayo! ¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!», como si Dios fuera sordo.

Llego a Altubena pensando en que a lo mejor ha nacido ya mi hijo en La Arboleda. He dejado a Isidora en su cama y le he hecho jurar que no se levantará hasta que yo llegue mañana. He hecho la sopa y la tortilla de la cena de Urbano, y he cocido las alubias para la comida del día siguiente, y así Isidora no tendrá que levantarse. Pero la conozco y acabará poniendo a mi hijo sobre la mesa de un mitin socialista.