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– ¿Por qué no? -dice Isidora.

– Porque así ha sido siempre -digo.

– Y cuando a los vascos se os quema el caserío de noche, ¿os abrasáis por no dejar la cama en la que ya dormíais en tiempo de Maricastaña?

– ¿Por qué no venís de una vez a cenar estos caracoles que huelen tan bien? -dice Urbano.

Se había equivocado en las cuentas. Es imposible que pasen tantos días y no se vacíe. Será porque sólo piensa en su revolución y no en lo que tiene que pensar. Hoy es lunes, ha pasado una semana y les llevo a Isidora y a mi hijo chorizos de casa entre talos gordos que he tenido que partir en cuatro para meterlos en mi cesta de la comida. Veo un montón de gente a la puerta de su casa. ¡Ha parido! ¡Dios mío, ya ha parido!

– ¿Adónde va este loco? -oigo a mi alrededor cuando me abro paso a codazos. Entro, y en la casa tampoco cabe ni una mosca, y todos hablando. ¿Dónde está Isidora? La puerta de su cuarto… ¡cerrada! Y en éstas que oigo su grito por encima de los otros gritos:

– ¡Si ésta es su respuesta, sabrán también cuál es la nuestra!

Llego a su lado nadando sobre el mar de cabezas. Le toco la tripa… y allí sigue mi hijo.

– ¿Quieres dejarme en paz? -dice, pegándome en las manos.

Miro su cara: ya le ha vuelto la locura. Ella y el grupo de socialistas de La Arboleda están alrededor de una mesa, hablando sin callar, con el gentío que llena la casa alrededor de ellos, también hablando sin callar. Y todos de pie, incluso los de la mesa.

– Siéntate -digo a Isidora, acercándole una silla por detrás.

– ¡Las minas responderán con una manifestación mayor que la del día cuatro! -dice Isidora sin hacerme caso-. ¡Que vean que sus sucias jugadas no nos doblegan!

– ¡Debimos machacarles entonces! -dice Marcelo-. Fue la primera vez que nos sentimos más fuertes que ellos y no la aprovechamos.

– Siéntate -digo a Isidora.

Pero no se sentará, lo sé. Tiene puntitos de sangre en cada uno de los cachitos de piel de su cara, y me sé muy bien lo que trae esto. Pero, ¡Dios!, ¿no había acabado ya todo?

– Soberbia. Sencillamente, soberbia -dice Facundo Alonso-. No han podido digerir el que les impongamos condiciones… ¡Nosotros, los miserables, sus silenciosos esclavos de siempre! Sus tripas no lo han podido digerir. ¡Claro! ¿Qué le diríamos nosotros a nuestro perro si un día se nos pone en pie y nos reclama un trozo de la carne que estamos comiendo? ¿Acaso no le daríamos una patada por insolente?

– Y los amos ingleses de las minas son los peores -dice Eduardo Varela-. Piensan que estos montes de Vizcaya son otra India suya colonizada.

– ¡Nuestra respuesta ha de ser dura! -dice Vicario, el socialista chato.

– ¡Que sepan que nadie juega con los mineros! -dice Guerra, el de la cara triste.

– ¡Pongamos en pie las minas! -dice Marcelo.

– ¡Voto manifestación! -dice Pascual, ahora sin su sonrisa de siempre.

Agarro a Isidora de su manga.

– ¿Otra? ¿Otra manifestación? -digo.

El gentío que nos rodea grita: «¡Que cumplan los patronos su palabra! ¡Sólo pedimos justicia! ¡Tocino sin gusanos y aumento de jornal! ¡Abajo las cantinas y los barracones! ¡Ocho horas de descanso, ocho de trabajo, ocho de educación!».

Una mujer levanta a un niño para que todos le vean.

– ¡El médico ha dicho que mi hijo se me muere de anemia! -grita-. ¡Tiene diez años y pesa menos que un gato!

– ¡Haremos correr la noticia del despido por todas las minas y mañana les daremos la batalla en las calles de Bilbao! -dice Marcelo.

– ¡Todo el mundo a extender la convocatoria por casas y barracones! -dice Eduardo Varela.

Esta vez me pongo delante de Isidora, la agarro por los dos brazos y no tiene más remedio que mirarme. Digo:

– Pero ¿qué ocurre? ¡Ayer había acabado todo!

No me había visto hasta ahora, pero me ve.

– ¡Han despedido a Vicario, a Lobo, a Pascual, a Guerra y a Facundo Alonso! ¡A los cinco! -dice Isidora-. Los dueños de la Orconera les han puesto en la calle para escarmiento de los demás. Les acusan de haberse destacado en la organización del Primero de Mayo. ¡Intentan pararnos con el miedo!

¿Por qué le pregunto ahora si ella va a ir? Me grita: «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». ¿Por qué se lo he preguntado después de ver sus ojos de loca?

– ¡No puedes! -le digo-. ¡Llevas una semana sin pisar la calle! ¡Que alguien le diga a Isidora que es peligroso que vaya! ¿Ni las mujeres que hay aquí se lo quieren decir?

Todo el mundo ha callado. Isidora da un puñetazo en la mesa. Dice:

– ¡No os atreváis a hablarme de lo mío! Estamos aquí para hablar de un asunto revolucionario. ¿Es mi embarazo un asunto revolucionario?

Y da otro puñetazo en la mesa. En Altubena nunca damos puñetazos en las mesas para decir lo que hay que decir. Pero esta gente no puede hacer las cosas sin escándalo: parece que así les hacen más caso. De modo que yo también doy un puñetazo en la mesa.

– ¡Dejadlo ya! -les digo a todos-. A veces hay que perder un poco para ganar luego más. ¿Es que no es más importante vuestra manifestación del otro día que los cinco despidos de hoy? El gobernador os prometió daros lo que pedís… ¿Os ha dicho que no el gobernador? Entonces… ¡a esperar! -y doy otro puñetazo en la mesa.

Se me acerca Marcelo para decirme en voz baja:

– No sigas, ya sabíamos que no eras socialista. Como vuelvas a abrir la boca…

– ¿Qué? -digo-. ¿Haréis otra manifestación para que la cierre?

– No, te la rompo -dice Marcelo-. Te la rompo.

– ¿Por qué nos habla uno que no es minero? -dice un hombre del fondo.

– ¿Quién es? -dice otro.

– Soy Roque Altube, del caserío Altubena de Getxo -digo.

– ¿Dónde trabajas?

– En Altos Hornos -digo.

– ¡Pero no representa a los del metal! -dice Marcelo-. Roque sólo representa a Isidora, su novia. -La gente se ríe-. Los del metal volverán a estar con nosotros en cuanto se enteren de los despidos.

– ¿Os representa Roque a vosotros, los socialistas? -dice el hombre del fondo.

– ¿Crees que los socialistas hablamos con tan pocos cojones? -dice Marcelo-. ¡Nosotros os llamamos a la lucha!

Doy otro puñetazo en la mesa.

– Si sois tan hombres, ¿por qué dejáis que os ayude una mujer a punto de parir?

Silencio. Todos me miran y luego miran a Isidora.

– ¡Que nadie se atreva a decirme lo que tengo que hacer! -grita Isidora.

Doy otro puñetazo en la mesa. Digo:

– ¿Qué pensarán los ricos de vosotros cuando se enteren de que en las manifestaciones os escondéis detrás de mujeres preñadas?

– Borono, nunca habías hablado tanto como hoy -dice Marcelo.

– Os visito mucho y se me pega -digo, dando otro puñetazo en la mesa.

– El aldeano ha roto la mesa -dice un minero a mi lado.

Sí, he roto la pata. La mesa queda bailando.

– La arreglaré -digo.

– No te preocupes, hijo -dice Urbano.

– Cuanto antes empecemos, mejor. Id saliendo a la calle -dice Facundo Alonso.

Isidora pone medio pan en manos de la madre del niño flaco. Cuando en la casa sólo quedan los socialistas de la agrupación, Isidora me pide que lleve a su padre a la cama. Lo he hecho ya muchas veces: levanto a Urbano de la silla y lo dejo en su cama, y luego la hija le arregla.

– Al amanecer, nos reuniremos en Matamoros -oigo a Eduardo Varela.

Le corto el paso a Isidora.

– No -digo-. Te quedas.

Se empina sobre la punta de los pies y me da un beso.

– Tú podrías ser un buen mitinero, con esos puñetazos… -dice.

– Yo no me río -digo-. No te dejaré salir. Aguanté hasta hoy porque iba a acabar todo. ¿Es que no podéis vivir sin zarabanda? ¡Había acabado todo! ¡Estáis locos!

– Tu hijo me acaba de dar su permiso -dice Isidora-. Si no quieres, no vengas con nosotros: yo sola le cuidaré.