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– ¿Os pido yo que os vayáis a la cama a dormir? ¡No se puede dormir en cualquier parte, pero sí parir en cualquier parte! -dice Isidora.

– Siempre que el crío no venga cruzado -dice la partera.

¡Dios, hace una semana había terminado todo! Llevo meses desobedeciendo a la madre; soy un pecador. Pero mi hijo es inocente…, ¡y el pobre tampoco tiene la culpa de tener una madre socialista!

– Seguramente de hoy no pasa -digo a Isidora. Y a la partera-: ¿No le parece a usted?

– Las parturientas se ríen hasta de su padre -dice la partera.

– Mírele la cara de muerta que tiene. De hoy no pasa. ¿Por qué no le dice de una vez que tiene que ir a meterse en el nido? -digo.

– Llevo veinte años diciendo a las preñadas que no tengan miedo. Lo de ahora no me había ocurrido nunca. No me sale decirle a esta chica que tenga miedo. Es que nunca lo he dicho. No me sale -dice la partera.

– Ya tenéis la huelga que queríais. ¡Mira cuántos mineros bajan por las colinas, cuántos no irán hoy al trabajo! Así que por una que trabaje, por una que no haga huelga… -digo.

– No me perdería esto por nada del mundo. Es la primera vez que ocurre en las minas…, ¿no lo comprendes? -dice Isidora.

– También es la primera vez que vas a parir -digo.

– ¡Miñones! ¿A qué vendrán esos cabrones de boinas rojas? -dice Marcelo.

– Les envían los patronos -dice Isidora.

Los miñones son seis y llevan los fusiles preparados para disparar. El sargento de cabeza ya está diciendo antes de pararse:

– ¿Dónde están Alonso, Vicario, Lobo, Pascual y Guerra?

– Aquí está Facundo Alonso -dice Facundo Alonso llegando ante el sargento-. ¿Qué queréis?

– Quédate donde estás y que vengan los otros -dice el sargento.

– ¿Qué queréis? -dice Facundo Alonso.

Van llegando Vicario, Lobo, Pascual y Guerra.

– Se os acusa de alterar el orden público -dice el sargento, y los seis miñones rodean a los cinco mineros-. Estáis detenidos. Vamos, en marcha.

Marcelo se pone delante del sargento.

– Yo también he alterado el orden público -dice-. Todos los que ves aquí han alterado el orden público. Haz las cosas bien y llévanos a todos.

– Tengo orden de detener sólo a estos cinco -dice el sargento.

– ¿Quién te ha dado esa orden?, ¿los patronos? -dice Isidora-. ¿Te has parado a pensar quién tiene razón, si ellos o nosotros?

– Cumplo órdenes -dice el sargento.

Se oye a una mujer: «¡Eres un buen perro fiel de los dueños de las minas!». El sargento se hace el sordo y hace una seña a los suyos para marcharse con sus cinco pajaritos. Marcelo le sigue cerrando el paso, el rebaño de mineros se acerca como una tenaza y creo que aquí se arma la gorda.

– No queremos que te los lleves -dice Marcelo.

– Ya fueron despedidos del trabajo, ¿qué más les queréis hacer? -dice Eduardo Varela, y sus gruesas cejas se mueven como tamarises al viento.

El sargento y los suyos se paran. Están rodeados y no pueden pasar. Como Isidora lleva demasiado tiempo de pie, le pongo la silla detrás de las piernas.

– Siéntate -le digo.

Pero ella se apoya en mi brazo, no para sentarse sino para subirse encima de la silla. Está loca. Lo ha hecho tan por sorpresa que no me ha dado tiempo de agarrarla.

– Hermano -dice-: tú y tus hombres sois nuestros hermanos. Los que lleváis presos son vuestros hermanos. Estáis más cerca de nosotros que de vuestros amos, que son también nuestros amos.

Habla por encima de varias filas de cabezas que rodean a los miñones.

– ¡Apartaos, dejad pasar! -dice el sargento.

– No te los llevarás, hermano -dice Marcelo, con los ojos rojos metidos en la sarracina. En cambio, los ojos de los miñones están ya en retirada.

– Vuestros compañeros no van a sufrir ningún daño, sólo los llevamos al juez -dice el sargento.

Los mineros se ríen.

– Estos uniformes que llevamos representan la ley que debéis obedecer -dice el sargento.

– ¡Queremos leyes iguales para todos! -dice una voz a mi derecha.

– ¡Dejad en libertad a los que son vuestros hermanos! -dice Isidora.

Los miñones empujan a sus pajaritos hacia delante, y como el sargento va a proa, es quien se pone a abrir brecha en el cerco.

– ¡Perros! -dice la mujer que antes les llamó lo mismo.

– ¿Vamos a dejar que se lleven a nuestros compañeros? -dice alguien.

Un montón de voces protestan a coro.

– Primero los despiden y ahora se los llevan presos. ¡Qué provocación! -dice Eduardo Varela.

– ¡Que los suelten! -dice José.

– ¡Que los suelten! ¡Que los suelten! -dice el coro de mineros.

– ¿Somos hombres o perros, como ellos? -dice Marcelo.

– ¡Atrás! -dice el sargento, poniendo su fusil cruzado contra el pecho de Marcelo y empujando.

Isidora se apoya en mi hombro para bajar de la silla. Y baja.

– Ya es hora de que te sientes -le digo, y cuando apoyo una mano en su hombro para bajarla, me dice: «¡Déjame en paz!», y agarra la silla con las dos manos, la levanta sobre su cabeza y los mineros le abren paso.

– ¿Qué haces? -digo.

– ¡Trátale a tu hermano como se merece! -dice Marcelo.

El sargento se cubre con el fusil para que la silla no se rompa contra su cabeza. ¿De dónde saca Isidora esta fuerza de mula? Se queda con media silla en la mano y los otros cachos caen a los pies del sargento. Y a tirones los mineros arrancan a Vicario, a Pascual, a Alonso, a Guerra y a Lobo de manos de los miñones. Hay tantos mineros a su alrededor que los miñones ni siquiera pueden disparar al aire, o no se atreven.

– ¡Fuera! ¡Fuera! -dice la gente.

Los miñones no tienen que empujar cuando empiezan a irse porque la tenaza se abre.

– ¡Hemos salvado a nuestros hermanos! -dice Isidora.

«¡Marchaos lejos y no volváis!», «¡Si os vemos por aquí os sacamos las tripas!», «¡Decidles a los patronos que las fieras que nos mandan no nos asustan!», dicen unos y otros, y más cosas, y no callan hasta que los seis miñones desaparecen.

– Ya estarás contenta y bien tranquila, ¿no? -digo a Isidora-. Se acabó por hoy la revolución. Ahora, a parir a casa, porque además nos hemos quedado sin silla.

Pero los socialistas ya están chu, chu, chu, chu, dándole a la lengua.

– ¿Qué pasa ahora? -digo.

Isidora está metida entre los socialistas y ni me oye.

– Vosotros no sé lo que haréis, pero a ésta me la llevo -digo, cogiéndola del brazo y tirando de ella.

Isidora vuelve la cabeza y me mira de tal modo que la suelto.

– No te preocupes -me dice la partera-, que parirá cuando le dé la gana, ni antes ni después.

– No, se le olvida y me quedo sin hijo -digo.

Como en una romería triste hemos trotado todo el día de valle en valle y de colina en colina, yo con Isidora en brazos, pasando de una mina a otra como los comediantes van de una plaza a otra de los pueblos, llamando a los mineros que trabajan que se acerquen a oírnos, y ni entonces podía yo dejar a Isidora en el suelo porque ya no tenemos la silla, y un socialista se ponía a rezarles el rosario de siempre, y luego unos y otros discutían, y de pronto abría la boca Isidora y todos miraban a la loca que les hablaba desde mis brazos, y al marcharnos ya éramos muchos más y decían a coro lo sabido: «¡Vivan las ocho horas de trabajo! ¡Viva la unión de los trabajadores! ¡Vivan los socialistas!», y esto en una mina tras otra, en las que llaman la Lejona, la Orconera, la Carmen, la Parcocha, la Precavida y el coro de los ángeles celestiales, y la partera a mi espalda diciéndome que «tengo los pies rotos», que «no aguanto más», que «me voy a casa», que «éste no es modo de parir una criatura del Señor», y diciéndome cómo he de llevar a Isidora para no mancar a mi hijo, «cógela así», «no la aprietes de aquí», «no la muevas mucho», «avísame en cuanto le notes las primeras señales de parto, porque ella está tan en lo suyo que ni se enterará», y a media tarde ya éramos una nube los que llegábamos a Ortuella, un mar de mineros de caras oscuras y miradas fuertes y suelas pisando con rabia y coreando: «¡Abajo las cantinas! ¡Abajo los barracones! ¡Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación!», como en la manifestación del otro día, y resulta que sí, que yo creí entonces que estos socialistas ya habían ganado la revolución, y la verdad es que están como al principio, ¡todos estamos como al principio!, no hay duda de que les gusta estar con ganas de odiar a alguien, pues si no, no podrían juntarse y vociferar y tocarse y empujarse unos a otros, oliéndose y aplastándose, como si en el mundo ya no hubiera sitio, y diciéndose «cuántos somos, ¿eh?», muy contentos de estar amontonados entre caras sucias y miradas de fiera y de leerse en los ojos que «¡ahora que estamos todos sí que vamos a aplastar a los malditos patronos!», y lo primero que hace la partera es pedir una silla a una mujer de este pueblo y la mujer corre a su casucha a traérsela, y cuando voy a bajar a Isidora al suelo para sentarla, veo que la que se sienta es la partera con un suspiro y sacando los pies de los zuecos.