– Seremos más que la otra vez -dice Isidora-. ¡Nos han atacado y así respondemos!
Está contenta, no se cansa de mirar a su alrededor, como si contara las caras que nos rodean.
– La partera ha dicho que tienen que venirte los dolores de un momento a otro. ¿No te duele nada? -digo.
– Ahora no estoy para dolores -dice. Me mira y acaricia mi cara-. Tú sí que tendrás dolores en los brazos…
– Me estoy acostumbrando a cargar con la familia -digo.
– ¿Por qué no me dejas ya en el suelo? -dice Isidora.
– No hay silla, la usaste de porra -digo.
– Aquí viene José con una -dice Isidora.
José la deja a mi lado y siento a Isidora y los brazos se me levantan solos.
– A ver si con el cambio de postura… -dice la partera.
José mira muy contento a Isidora sentada en la silla. Se agacha para coger una piedra y calzar una pata. Es una buena persona este José. Ahora oigo la voz de Marcelo hablando a gritos al gentío. Se ha subido a un cajón y dice que si los patronos sólo entienden el lenguaje de la fuerza pues los trabajadores hablaremos el lenguaje de la fuerza, que no sólo hablaremos el lenguaje de la manifestación del Primero de Mayo sino también el de la huelga general, porque lo que más temen los patronos es la huelga general, pues los trabajadores sólo pierden sus jornales de hambre, pero los patronos pierden sus grandes ganancias, porque son los que se llevan la gran tajada cuando los trabajadores trabajan, y que si la huelga general por aquí y la huelga general por allá, y que ahora a disolverse y que la cita es mañana temprano para marchar en manifestación hacia las fábricas de la ría y extender la huelga general y conseguir una huelga general que sea de verdad general, y que cuando los patronos se asusten al ver que todos sus esclavos se han juntado para hacer una huelga general… Y cada vez que dice «huelga general» al gentío le entra el histérico y todos se rompen las manos aplaudiendo y vuelven a gritar eso de las ocho horas, lo de los barracones y cantinas, lo de los socialistas y la revolución. Es como si gritándolo una y otra vez, gritándolo todos los días y a todas horas, y gritándolo en grupo, fueran a tenerlo pronto en la bolsa.
Llegamos a La Arboleda con Isidora dormida en mis brazos. Tenemos la noche casi encima. La partera me dice ante la casa de Urbano:
– Si hago falta, estoy a un paso, ya sabes.
– Ésta no se despierta hasta mañana y mi hijo seguro que tampoco -digo.
– Átala a la cama -dice la partera cuando se marcha.
Urbano dormita en su silla. Dejo a Isidora en su cama, le quito los zapatos, el jersey y el vestido y la tapo, y no se despierta. Urbano tiene en la mesa los restos de la comida que le dejó Isidora. Enciendo fuego y pongo a calentar la purrusalda que hay en un puchero. Despierto a Urbano.
– Ya estamos aquí -digo.
– He soñado con Isidora cuando era niña y yo le pedía una cosa y ella siempre me obedecía -dice Urbano-. Ya no la conozco.
Cena y cargo con él hasta la cama.
– Tranquilo. Todo se arreglará cuando vayamos los tres a Getxo -digo.
Vuelvo junto a Isidora. La beso en la cara, para ver si despierta, pero no. ¿Cómo va a cenar si no despierta? Y si no despierta, mi hijo tampoco cenará, aunque esté despierto.
– Isidora -digo, y la zarandeo.
Nada. Está a medio tapar con la manta. La destapo del todo. El vestido recogido le deja al aire las piernas. Se lo levanto hasta la cintura. Dentro de esa ola redonda y blanca está mi hijo. Pongo mis labios sobre la carne. «¿Tienes hambre, hijo?», digo. «¿Estás despierto?» Zarandeo otra vez a Isidora. Nada. Cojo una patata de la purrusalda. Está templada. La pongo sobre la carne y la aplasto con cuidado. Mi hijo podrá sorber el puré de patata por los poros del sudor.
Cuando le llevo a Isidora el tazón de leche caliente con sopas, me dice:
– ¿Crees que soy una enferma? Quieres convencerme de que soy una inútil que no puede levantarse de la cama, ¿verdad?
– Tenéis que comer -digo.
Echa la manta a un lado y pisa el suelo. La quiero ayudar, pero me aparta. Me quita el tazón de la mano y va con él a la mesa y se sienta y empieza a llevarse cucharadas de pan con leche a la boca.
– ¿Has comido tú? -dice.
– Sí -digo.
– Y me ha dejado comida hecha hasta la noche -dice Urbano.
– Hoy no saldrás -digo.
Isidora ni levanta la cabeza del tazón.
– Hazle caso a Roque -dice Urbano.
– ¿No te has sentido siempre orgulloso de que a mi madre le sorprendiera el parto sembrando trigo? -dice Isidora.
– Era diferente -dice Urbano-. Aquéllas sí que eran mujeres, y no tú, un pingo… ¿Qué se puede esperar de un cuerpo sin grasas como el tuyo?
– Hoy no saldrás -digo-. El parto está más cerca que ayer.
– ¿Por qué no te callas? -dice Isidora-. ¿Por qué pierdes el tiempo hablando si tú mismo has dejado comida a mi padre para todo el día?… ¡Escucha! ¿No les oyes ya?
Se olvida del tazón a medio acabar y se levanta.
– ¿Oír? ¿Oír a quiénes? -digo.
– ¡A los hombres de la revolución! -dice Isidora.
Se oyen voces lejanas, gritos de guerra y blasfemias. Isidora está en el fregadero lavándose la cara y las manos con un poco de agua que ha echado en una palangana. «¡Hoy será otro gran día!», dice entre chapoteos.
¡Ya está armada de nuevo! ¡Todos los locos otra vez al baile! Salgo corriendo a sacar de la cama a la partera. Luego digo a Isidora:
– No pisarás ningún suelo, os llevaré en brazos.
– No, no, que sólo veo la mitad -dice ella.
– Pues yo lo arreglo -digo.
Ya estamos fuera de casa. Levanto a Isidora y me la siento en el hombro.
– Ni una reina -dice la partera.
– ¿Cómo se ve la revolución desde ahí arriba? -digo.
– ¡Hermanos! ¡Hermanos! ¡Buenos días! -dice Isidora.
Se ha juntado ya mucha gente en La Arboleda. Algunos se ríen viendo a Isidora sobre mi hombro.
– ¿Qué nos manda la jefa? -dicen.
– No soy vuestra jefa sino vuestra hermana -dice Isidora.
– ¡No se saldrán con la suya!, ¿eh, jefa? -dicen.
– ¡Viva la huelga general! -dicen.
Aparecen Facundo Alonso, Marcelo y José con cara de sueño. Facundo se quita las gafas para limpiarlas con su pañuelo. Marcelo levanta el largo palo que trae y desenrolla una gran bandera roja.
– ¡En marcha! -dice Marcelo.
La partera entra en casa de Isidora a coger una silla. Desde la puerta, Urbano nos mira y mueve la cabeza como un buey.
La curva del cuerpo de Isidora se aprieta contra mi cogote y siento a mi hijo como si lo llevara dentro de mí. Los golpes de sangre de mi hijo también me llegan de los muslos de Isidora, que se aprietan contra los lados de mi cabeza. Nuestras mujeres de Getxo trabajan hasta el último momento y a veces no les da tiempo de llegar a casa y paren sobre la tierra, pero nunca dejan de pensar en lo que llevan dentro de la tripa. Isidora no piensa.