– La huelga general es también vuestra -dice-. El mundo del trabajo no ganará si no lucha unido. Venid con los mineros y gritemos todos juntos: ¡Viva la huelga general!
– Nosotros no tenemos de qué quejarnos -dice un metalúrgico-. Astilleros nos paga más que a nadie y no necesitamos huelgas. Pero hemos acordado apoyar la vuestra porque queremos defender los derechos de nuestros hermanos los mineros.
Veo lágrimas en los ojos de Isidora.
– ¿Estás herida? -dice un metalúrgico.
– No, no… -dice Isidora.
– Entonces ¿por qué vas en brazos de ese mocetón? -dice el metalúrgico.
– No quiere perderse la ocasión de parir un huelguista más para la huelga -digo.
Los metalúrgicos miran la tripa de Isidora y se echan a reír y nos siguen. Salimos de Astilleros del Nervión llevándonos detrás a todos los metalúrgicos, y metalúrgicos y mineros dicen a coro: «¡Viva la huelga general!».
Y empiezan a regresar los mineros que habían ido a las minas, y entre ellos y nosotros y los metalúrgicos somos ahora como una nube, y veo a mi alrededor caras contentas con ganas de guerra, y se oyen coros llorando que les den más por menos trabajo, y de nuevo a vueltas con los barracones y las cantinas, y que si esto y lo otro, y veo palos y garrotes que no sé de dónde han salido.
– ¡A La Vizcaya! -dicen ahora, y allá nos arrastran, porque no puedo ni revolverme, y es como si yo e Isidora estuviéramos metidos en un remolino, y si antes entramos en Astilleros a la cabeza, ahora ella y yo quedamos a distancia de la entrada de La Vizcaya cuando el rebaño se para y casi calla del todo.
– ¿Qué pasa? -dice Isidora.
Por encima de las cabezas veo en la puerta a un grupo de guardias civiles y soldados apuntándonos con sus armas; no son muchos, y como además siempre tiran al aire, pues no sé por qué los mineros pasan de largo.
– ¿Qué hacemos? -dice Isidora.
– Que no entramos en La Vizcaya -digo.
Las manos de Isidora agarran mi ropa y quiere levantarse para ver.
– No hay nada que ver, pasamos de largo -digo, bajándola.
Creo que los mineros no esperaban ver allí fusiles, y cambian de camino, como una ola al chocar contra las peñas, y yo me pregunto por qué, si esto es sólo un juego y los de los fusiles siempre los disparan al aire.
– ¡A Aurrerá, a Altos Hornos! -dicen los mineros.
Y allá se van, allá nos llevan, y entran por la tremenda en Aurrerá y luego en Altos Hornos, y paran de trabajar los metalúrgicos de una y otra, y el rebaño aumenta y aumenta, y a este paso no habrá sitio para nosotros. Y, de pronto, oigo a Marcelo decir que hay que volver a La Vizcaya, y arrastra a todos tras su bandera roja y sus gritos de «¡Todas las fábricas en huelga general!», y José nunca se aparta de su lado y a veces llevan la bandera entre los dos, y ahora Isidora me dice que vaya hasta ellos, y lo que quiere es ponerse en la salsa de la cabeza, y yo le digo: «Tranquila, tranquila, que si te ven los guardias me llevan a mí a la perrera por maltratar a mi hijo», y ella: «Los socialistas hemos puesto en marcha esta huelga general, y ¿qué dirían estos trabajadores si ven que me escondo?», y yo: «Mira, si les preguntas uno a uno te dirían que vayas a parir, que creen que ya se las arreglarían sin ti». La partera se acerca y le mete la mano por debajo de la falda, y miro a mi alrededor y las caras de los hombres se vuelven a otro lado.
– ¿Ha llegado la hora? -digo.
– Es lo más increíble que he visto en mi vida -dice la partera-. Aquí todo el mundo está en huelga general.
Y ahora nos aplastan los de delante y los de atrás porque el rebaño se ha parado, y es que estamos ya en La Vizcaya.
– ¡Atrás, volveos a vuestras minas! -oigo decir. Miro, y el grupito de guardias civiles y de soldados de antes es ahora un enjambre de fusiles apuntándonos.
– Les hemos dado tiempo a traer todo el ejército -dice Facundo Alonso. Se nos ha acercado a preguntar por Isidora-. ¿Cómo se encuentra Isidora? Aléjala de aquí -me dice-, porque aquí se arma.
– Pero si lo estáis pasando mejor que en una fiesta -digo.
Eduardo Varela me mira como si me viera por primera vez.
– No me gusta esto, a nadie le gusta esto -dice-. Hemos rebasado los límites que nos tienen marcados… y eso se paga.
– Ellos también juegan -digo-. Siempre disparan al aire para seguiros la corriente.
– ¡Ni un paso más! -nos llega de los guardias.
– ¡Adelante, hay que parar La Vizcaya! -dice Isidora, agarrada a mi blusa para levantarse.
– Tranquila, tranquila -le digo.
Los mineros de las primeras filas se agachan a coger piedras del suelo para tirárselas a los guardias civiles y a los soldados, y a algunos les dan en la cara.
– ¿Qué hacéis? -digo.
– Esto no es un juego ni una fiesta -dice Eduardo Varela.
– ¡Adelante, hermanos! -dice Isidora.
Y los mineros empiezan a andar hacia los fusiles, y de pronto suenan los disparos al aire, y ahora los mineros echarán a correr y a empezar el juego ante otra fábrica. Lo de siempre.
– ¡Asesinos! -se oye por delante.
– ¡Dios mío! -dice la partera.
– ¡Han matado a José! ¡Asesinos! ¡Asesinos! -dice Marcelo.
Y todo el mundo se pone a gritar: «¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!», y a tirar más piedras que antes, y se oye: «¡Cargad a la bayoneta!» y nuevos «¡Asesinos! ¡Asesinos!», y los de las bayonetas se mueven en línea hacia los mineros y se oye un «¡ay!» aquí y otro «¡ay!» allá, y los mineros se defienden de las bayonetas con sus palos, y suenan más tiros y los mineros dan la vuelta y escapan, pero cuando se clarea el rebaño veo que algunos que se caen son ayudados a andar por otros, que algunos cargan con otros que parecen muertos, y veo a Marcelo arrodillado junto al cuerpecito de José.
– ¡Lo habéis matado, cabrones, lo habéis matado cobardemente! -dice Marcelo.
Isidora da un grito.
– Tranquila, tranquila -le digo.
Isidora se revuelve como una gata dentro de un saco. Miro a un lado y a otro…, ¿dónde está la partera? Del brazo de uno de los mineros que llevan sale un chorro de sangre. También la pechera de José está llena de sangre. Y esta vez sí, esta vez Isidora se sale con la suya y tengo que dejarla en el suelo. Se acerca a José dando gritos y andando como una gansa. Cuando va a agacharse, corro a su lado para ayudarla. Queda arrodillada, como Marcelo. Sus manos tocan el cuerpo de José y le besa en la frente.
– Asesinos, asesinos… -dice Marcelo, como hablando sólo para Isidora.
Isidora llora en silencio.
Desde su sitio, los guardias civiles y los soldados nos miran como estatuas.
– ¿Es verdad que está muerto? -digo.
Es verdad. No es un juego.
Esto es la plaza de Baracaldo. Hay tantos mineros que no caben. Están que echan humo y dicen de bajar a Bilbao «a hacer cualquier cosa». En el centro se ha abierto un corro para dejar a José y a los siete heridos sobre mantas en el suelo. Un médico con su maletín va de uno a otro; en el único en el que ya no se para es en José.
El viaje desde La Vizcaya lo hemos hecho Marcelo cargando con José y yo con Isidora. A medio camino se nos acercó la partera, pero sin la silla. «La he perdido», me dijo, con el susto aún en la cara. Miré si llevaba el hatillo con sus trastos y sí lo llevaba.
– Dios mío, Dios mío -no para de decir.
Cuando Marcelo dejó en el suelo a José, la partera fue a pedir a una taberna una silla para Isidora, que está ahí, agachada y apartando las moscas de la cara de José.
– Era el mejor socialista -oigo decir a Marcelo-. ¿Veis lo que han hecho con mi amigo?
– ¡A Bilbao! ¡A Bilbao! -dicen los mineros de las primeras filas del corro, y enseguida lo dice toda la plaza. Eduardo Varela agarra a Marcelo de la ropa y lo levanta.
– ¿Estás loco? -le dice-. ¿Sabes la tragedia que puedes provocar calentándoles los cascos?