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– ¡Esos cabrones han matado a mi amigo! -dice Marcelo.

– ¡Escucha tú y escuchad todos! -dice Eduardo Varela-. ¡Acabo de saber que los militares han implantado el estado de guerra! ¡Si les provocamos con violencia, nos devolverán la violencia multiplicada, porque ellos son los dueños de la violencia! Sigamos haciendo las cosas como hasta ahora. Hemos conseguido paralizar todas las minas y fábricas… ¡En estos momentos hay treinta mil hombres en huelga general! ¡Nuestra arma es la huelga general y no la violencia!

– ¡Han disparado contra nosotros! -dice Marcelo-. ¡Si quieren sangre, la tendrán!

Me agacho junto a Isidora y le cojo una mano entre las mías, y ella se deja y además me mira.

– Sólo pedía justicia -me dice entre sus labios que tiemblan.

José parece dormido. Era una buena persona. Resulta, pues, que unos y otros iban en serio y no jugaban a las comedias.

– Háblales tú -dice Eduardo Varela a Isidora-. He mandado a buscar a Perezagua. Esta gente no debe ir a Bilbao a echar por tierra lo conseguido… ¡Háblales, mujer!

– Sé que no deben hacerlo, pero no puedo pedírselo -dice Isidora.

– ¡Basta ya de tratarnos como a perros! -dice Marcelo-. ¡Ahí tenéis a ocho compañeros vuestros, uno muerto y los otros heridos! ¡Ésa es la respuesta de los empresarios! ¡Que tengan ahora nuestra respuesta!

Los mineros del corro empiezan a moverse. Hay guerra en sus caras y mormojean entre ellos. Dan la vuelta y está claro que se van de la plaza.

– ¡Un socialista no lucha por la venganza sino por la justicia! -dice Eduardo Varela a Marcelo.

Y en esto que llega Perezagua con su barba negra. Todo el mundo se queda quieto cuando empieza a hablar, con los ojos más tristes que nunca. Dice casi lo mismo que ha dicho Eduardo Varela, pero nadie se marcha.

Los mineros van como en un entierro de vuelta a las minas. En Baracaldo se han pedido prestados ocho burros para llevar al muerto y a los siete heridos. Yo mismo he puesto el cuerpo de José cruzado sobre el burro y tapado con una manta. Cinco de los heridos van bastante tiesos, y dos, echados sobre el cuello del bicho. A unos les han dado con bala y a otros con bayoneta. En Getxo no pasan estas cosas. Tengo que sacar de aquí a Isidora. Voy con ella en brazos y no me deja que me aparte del burro que lleva a José. Cuando le palpo la tripa para ver qué pasa dentro, ni se entera. Todo esto no puede durar mucho, y pienso que Isidora está aguantándose hasta que acabe la locura, y que entonces parirá, todo a un tiempo, el crío y la revolución. Viendo a José, ya no me sale llamarles locos a los mineros.

Yo no he visto a un hombre llorar como llora el padre de Isidora al ver a José.

– ¡Os advertí que nadie podrá cambiar las minas! -dice-. ¡Pobre muchacho!

Dejo a Isidora de pie en el suelo, para que la partera la ayude a entrar en casa, y quiero coger a José, y Marcelo se pone al otro lado del burro y cogemos el cuerpo entre los dos para meterlo en casa de Urbano y dejarlo sobre la cama de Isidora cubierto con una sábana que acaba de traer ella.

Las primeras que entran en la casa son las mujeres de La Arboleda, y entran en el cuarto y lloran y dicen que parece que está vivo, y unas se sientan y otras se quedan de pie, y alguna pone una vela encendida a la cabecera de la cama. Luego empiezan a entrar los hombres con las boinas en la mano, y cuando salen no se van a sus casas sino que vuelven a sus sitios en la manifestación, y en La Arboleda no cabe el rebaño.

– Bueno, ahora ya puedo irme a mi casa -me dice la partera-. Ya sabes dónde me tienes cuando…

Aparece el cura de La Arboleda y quiere entrar, pero Marcelo le dice:

– ¡Fuera!

– En esta casa hay un muerto y mi obligación es… -dice el cura.

– ¡Fuera! -dice Marcelo.

– No me iré mientras no me lo diga Urbano, el dueño de la casa -dice el cura.

– La casa es de Urbano, pero el muerto es mío -dice Marcelo-. ¡Le han matado los tuyos!

– El odio no debe seguir después de la muerte -dice el cura.

Pero Marcelo le mira como una fiera y el cura se marcha. En Getxo, los curas siempre son bienvenidos a las casas. Los heridos han sido llevados con sus familias. Pienso que si los mineros no hubieran salido de las minas nada de esto habría ocurrido. En vez de andar por ahí en grupo llevando el desorden, si querían protestar, ¿por qué cada uno no se puso a rezarle a Dios? O si se empeñan en hacer las cosas en grupo, ¿por qué no se metieron todos juntos en la iglesia a rezar? Acaba mal lo que se hace mal. Aunque tampoco se debe matar a la gente porque no haga las cosas según las quiere Dios.

Veo a Isidora poniendo unas flores junto a la cara de José, sobre la almohada. Los mineros siguen entrando en fila, miran a José y salen. Algunos le dicen: «Te vengaremos, compañero».

– Siéntate ya -digo a Isidora.

– Tengo que hacer la cena a mi padre -dice ella.

– Yo la haré. De modo que puedes acostarte de una vez. Y ahora no me salgas con que la única cama libre que queda es la de tu padre… -digo-. ¿Es que mi hijo no va a poder venir al mundo como es debido?

– Eres un bruto. En este momento hay que pensar en la muerte, no en la vida -dice Isidora.

La saco de un brazo del cuarto de José.

– Mira: en Altubena nos sobran camas -digo-. No tendrías más que coger tus cosas y a tu padre y…

– ¿No te da vergüenza hablarme ahora de eso? -dice Isidora-. ¡Vete de aquí, no eres de los nuestros!

– ¿De quién eres tú? Yo te lo diré: ¡eres del hijo que llevas en el vientre! ¡De él y de nadie más! -digo.

– Y yo te diré de quién eres tú: ¡de Getxo, de Altubena, de tu madre! ¡Todos los vascos sois de vuestras madres! ¿Por qué no te vas de una vez con ella y no vuelves? -dice Isidora.

– Tendría que ir…, tendría que ir… Llevo demasiado tiempo sin remanecer por allí y ya me habrán cerrado la puerta para siempre -digo. He sido un tonto hablándole de nuestro asunto con José ahí muerto. Pero la pata ya está metida y le diré lo demás-: Lo mejor para no reñir, para que no haya golpes ni muertes, es meterse cada uno en su casa. Ahora, con José muerto, se acabaron las manifestaciones, vuestra revolución y todo lo demás, así que ya puedes venirte conmigo…

– Los mineros desfilan ante nuestro pobre amigo no para rendirse sino para recibir de ese cadáver nuevas fuerzas -dice Isidora, mirándome por entre sus lágrimas.

– Cuando Dios manda un aviso hay que hacerle caso -digo-. Y son muchos avisos: salen guardias y soldados de debajo de las piedras, os han matado y herido, os han echado de las fábricas, estáis donde al principio, encogidos en La Arboleda…

– Nadie cambiará las minas -dice Urbano. No está lejos de nosotros y nos ha oído. Más que nunca tiene en la cara el cansancio de los viejos.

– Hemos empezado una huelga como jamás se había visto hasta ahora y sólo la acabaremos cuando cedan los patronos -dice Isidora.

Miro a un lado y a otro: nos están mirando Eduardo Varela, Marcelo, Guerra, Pascual y Lobo, y los de Sestao: el hombre delgado con bigote, el gordo y pequeño, el de barba, y Proto, el asmático con gafas. Les leo en la mirada que todos piensan como Isidora.

– Estáis locos -digo.

Al menos, Isidora pasará esta noche en casa, y si le viene, pues podrá parir en una cama.

A las tantas de la madrugada he podido acostar a Isidora sobre una manta en el suelo. No quería separarse de la cama de José. Y también se negó a que su padre le dejara la suya. Bueno, estaba claro que no quería acostarse en toda la noche. Como mucho, sentarse en una silla, mientras la gente seguía entrando y saliendo de la casa.

Luego llegó la noticia de que en las minas se habían quemado por la noche barracones y chabolas, y me acordé de la cara de fiera de Marcelo cuando salió llevándose tras él a un montón de mineros camino de los montes.

– ¿Qué pasa?

– Nos van a matar a todos.