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Esto dicen dos mujeres. Salgo a la puerta. Ha llegado un batallón de soldados. La Arboleda está llena de soldados.

– Nos pueden matar, pero no obligarnos a volver al trabajo -dice Eduardo Varela. No ha dejado la casa en toda la noche.

– Les mandan para que vean de cerca cómo es una huelga de verdad -dice un minero tuerto y viejo, sentado sobre una piedra contra la casa.

De una cuadra de enfrente salen ruidos de serrucho y martillazos.

– Están haciendo una caja para José -dice Eduardo Varela.

Ahora estamos casi solos en la casa y entro de puntillas para no despertar a Isidora. Pero está despierta. ¿Cuánto ha dormido? Nada, ni un gramo. Siento que mi hijo tiene tanto sueño que se cae. Me agacho junto a ellos.

– Yo no sé si esto ha acabado o no -digo-, pero podrías aprovechar esta calmada para parir.

– No pongo el huevo por las mañanas, como las gallinas -dice ella. Quiere levantarse.

– No te levantes, no tienes por qué levantarte todavía -digo-. ¿No estáis en huelga? ¿Qué crees que están haciendo los huelguistas que llenaban ayer este pueblo? ¡Dormir!

Pero se levanta y le ayudo. Salen ronquidos de las mujeres de negro que velan al muerto. Isidora se acerca a José y le arregla las flores de la almohada. Le pongo una silla contra las piernas y se sienta. Saco en brazos a Urbano de su cama y lo pongo en su silla de ruedas.

– ¿Ya tengo un nieto? -dice.

– También está en huelga -digo.

Y de nuevo empieza a llegar gente a la casa. Llegan tres mujeres y una me pone en la mano una botella de leche cerrada con un corcho, y luego las tres se sientan en las tres sillas que han dejado libres las tres mujeres que se marchan. Isidora vuelve la cara y ve la botella de leche en mi mano y se levanta y quiere cogérmela y yo le digo: «Yo la calentaré», y ahora llegan Marcelo y cinco más.

– ¿Qué pasa por ahí? -dice Isidora.

Se ha olvidado de la botella de leche.

– Hoy en las minas nadie entrará a trabajar tampoco -dice Marcelo. Su cara está negra. Se queda mirando a José, pero no da un solo paso hacia la cama.

– ¿Y en las fábricas? -dice Isidora.

– ¿Eh? -dice Marcelo-. Las fábricas harán lo que hagamos nosotros.

– Y el hambre… ¿qué? -dice Urbano-. ¡El hambre, el hambre del minero! Un minero en huelga es como un mosquito en una telaraña: los cantineros no le fían, los patronos le despiden, Dios le abandona… ¡El hambre siempre acaba con todas las huelgas!

Llega un «¡chist!» de las mujeres de negro de la vela.

– Esta vez no… ¡Nos han hecho ya un muerto! -dice Marcelo-. ¡Comeremos piedras!

– Los patronos están despidiendo a gente en muchas minas -dice uno de los mineros que vino con Marcelo.

– Y los capataces andan ofreciendo el doble de jornal por media jornada… ¡y ningún compañero rompe la huelga! ¡No hay esquiroles!

– dice Marcelo-. Si los mineros necesitan comer, los patronos necesitan a los mineros. ¡Nuestra hambre se la pasamos a ellos!

Aquí entra la partera. Dice «hola», pero a la única que mira es a Isidora.

– El hambre de los mineros…, el hambre de los mineros… -dice Urbano en un mormojeo.

– Estamos en huelga, ¡bien! -dice Eduardo Varela-, nos sentimos orgullosos de nuestra fuerza, en esta tierra es la primera vez que la burguesía se estremece…, ¡y lo hemos conseguido nosotros!, ¡bien!, pero que nadie piense que sólo somos «las bestias de las minas».

– ¡Chist! -dicen las mujeres de la vela-. ¿Por qué no salen los irrespetuosos?

– ¡A José le habría gustado oírnos hablar de todo esto! -dice Marcelo.

La partera está junto a Isidora. Se agacha y mete el brazo por debajo de su falda y toca.

– Esta tarde nos reuniremos para redactar un escrito con nuestras peticiones -dice Eduardo Varela-. Y se lo enviaremos a ellos, y también a los periódicos. Todos deben saber que treinta mil hombres en huelga apoyan las reivindicaciones de los mineros. Deben saber que la clase trabajadora sabe organizarse para salir de sus cuevas y hacer oír su voz para decir: «¡Escuchadnos, somos hombres y mujeres como vosotros, ved en qué raza distinta nos habéis convertido! ¡Escuchadnos, porque esto es el principio!».

– Jesús, María y José -dice la partera, sacando la mano de debajo de la falda de Isidora.

– Dile a la partera dónde sientes ya a nuestro hijo -digo a Isidora.

– El minero se encuentra solo contra el hambre -dice Urbano-. Todas las huelgas las gana el hambre. Dos, tres, cuatro días…, ¿qué más da? El calendario no se para y los hijos piden pan.

– Esta vez será diferente -dice Isidora-. Estamos en el principio de algo nuevo: los trabajadores tienen más hambre de justicia que de pan.

– ¿Pero no te acuerdas que tienes que parir, coño? -digo.

– Las huelgas mineras de mis tiempos… -dice Urbano.

– ¿Por qué no vamos contra ellos ahora que somos fuertes? -dice Marcelo.

– Ahora que somos fuertes… ¿por cuánto tiempo?…, vamos a obligarles a negociar con «las bestias de las minas» -dice Eduardo Varela.

– Ellos no negociaron con José… ¡Malditos! -dice Marcelo.

– ¿Pero no te acuerdas que tienes que parir? -digo.

Todos me miran, porque he hablado cuando nadie hablaba y lo mío ha caído en el silencio como el reventar de una ola. Hay un montón de caras mirándome y mirando a Isidora, a su tripa. No me gusta que me miren así, porque se echarían a reír si José no estuviera en ese cuarto.

– Decidle que se acueste en una cama, a ver si a vosotros os hace caso -digo-. Si se acostara, se acordaría de parir.

Sí, se van a reír, ahora sí que se van a reír. Tampoco. Pero sus miradas son peores que la risa. Ellos están a un lado de la mesa y yo al otro, con Isidora y la partera. Me siguen mirando y nadie habla.

– ¡Dejadme en paz, estáis locos! -digo-. ¡Sólo quiero llevarme a Isidora a Getxo, sólo eso! ¿Por qué no la dejáis en paz con vuestra huelga y vuestras ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación? ¡Tiene que parir!, ¿no lo veis?

Las mujeres de la vela dicen: «¡Chist!, ¡chist!, ¡chist!», y dos o tres mineros dicen: «Un respeto con el difunto», y la mano de Isidora coge con fuerza la mía.

– Roque -dice-, calla.

Todos los ojos que me miran ya no quieren reírse.

– No pido mucho, sólo casarme en Getxo con la madre de mi hijo -digo.

Y ahora viene Perezagua y pregunta cómo va todo y se queda ante la cama de José un gran rato, y luego habla con los socialistas alrededor de la mesa, y al final pasa otro rato mirando a José y se marcha.

Urbano no puede comer sin vino y voy a la taberna con una botella vacía. La Arboleda parece un cuartel. Las mujeres de los mineros les dicen a los soldados: «¡Sois tan hijos del pueblo como nosotros, no defendáis a los patronos!», y los chicos de uniforme no saben adónde mirar, y las mujeres con su traca: «Al cumplir el servicio volveréis a ser unos trabajadores, y alguna vez iréis a una huelga… ¿Os atreveríais a disparar contra nosotros?», y algunos soldados hablarían con las mujeres si no anduvieran por allí sus jefes. Y un grupo de mujeres rodea a un hombre vestido de domingo y le dice: «¿Qué haces por aquí, periodista? ¿Por qué no cuentas lo que ves en vez de mentiras? ¡Anda, escribe que los de las minas hemos querido comerte crudo, que hay que defenderse de nosotros como de las fieras, que nos quejamos de vicio, pues se nos pagan buenos jornales! ¡Vamos, largo de aquí a contar mentiras a tu Noticiero!».

Las calles están llenas de mineros, y la taberna, esperando de brazos cruzados a ver lo que pasa. Beben poco vino porque no tienen dinero. Les oigo hablar de esquiroles, y un minero dice que sabe de un grupo de ocho que van a entrar a trabajar mañana, y la taberna se vacía para ir a darles una paliza.

En la calle me cruzo con la partera.

– Voy corriendo a un parto, porque todas no son como la tuya -me dice.

– Vuelve a escape -le digo.

– ¿Para qué? -dice.

Yo hago la comida para los tres. Patatas con pimentón. Si esto dura mucho tendré que pasar por Altubena a traer comida para que no se me mueran el suegro, la mujer y el hijo. A la madre le diré: «Ama, tú, tranquila, que ya ves que estoy vivo y cualquier día de éstos vendremos los tres a quedarnos con la familia».

A media tarde, reunión. A Eduardo Varela se le va el día diciendo a unos y a otros: «Reunión… Reunión… Reunión…». Dice «reunión» tan serio como si de ésta los socialistas fueran a arreglar el mundo. Luego, cuando se sientan todos alrededor de la mesa, la casa se llena otra vez de gente, y cuando Pascual dice: «Os leeré lo que he redactado», y se pone a leer, pienso en el muerto que tenemos a un paso y me digo que esta gente no tiene remedio. A Isidora le han dejado la mejor silla, y yo me pongo detrás de ella. Urbano me tira de la camisa.

– Igual que en mis tiempos, todo igual -dice-. Los que firmen ese papel serán los que caigan primero.

– ¿Caigan? -digo.

– Un minero muere en la mina y nadie sabe si ha sido accidente o no -dice Urbano-. Los capataces no sólo decidían quién trabajaba, sino también quién moría.

– Eso no se debe hacer -digo.

– ¿No hay gente en Getxo que haga lo que prohíbe Dios? -dice Urbano.

– En Getxo no pasan estas cosas porque no hacemos huelgas -digo.

Además de Eduardo Varela, Marcelo y Pascual, alrededor de la mesa están Guerra y Lobo, y los de Sestao, y el rebaño de mineros mirándoles y esperando, y luego Pascual empieza a leer y se hace un silencio tan grande que se oye el rosario de las viejas de la vela.

– «Los que abajo suscriben -lee Pascual-, representantes de los trabajadores mineros declarados en huelga, deseosos, en bien de los intereses de ambas partes, de que no se prolongue ésta por más tiempo, someten a ustedes las conclusiones adoptadas con este motivo y que a continuación se expresan: Primera, que la jornada de trabajo diaria no exceda de diez horas. Segunda, que se supriman por completo las tareas. Tercera, supresión absoluta de los cuarteles o barracones, dejando por tanto en completa libertad a los trabajadores para que se suministren de comestibles donde lo crean conveniente. Cuarta, admisión de los que han sido despedidos de sus trabajos. Éstas son las resoluciones adoptadas por los mineros en huelga, los cuales se hallan decididos a mantener íntegras. La Arboleda, quince de mayo de mil ochocientos noventa.» Pascual levanta la cabeza y mira a todos, pero es Eduardo Varela el que habla:

– Por mi parte, lo apruebo. ¿Y vosotros?

– ¿Dónde están las ocho horas? -dice un minero-. Llevo días gritando «ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación»… ¿Por qué no están en el papel? ¿Es que no vamos a pedirlas cuando somos más fuertes?

Pues es verdad: desde que conozco a esta gente, ocho horas por aquí, ocho por allá, y al final al chichiposo las ocho horas. Están locos, sí.

– ¿Cuántas horas trabajáis ahora? -dice Eduardo Varela-. Once, doce y más. Las ocho horas es la meta que algún día alcanzaremos…, pero no hoy, todavía. Decidme la verdad: ¿quién de vosotros cree que los patronos consentirán en rebajarnos tres o cuatro horas la jornada de un solo golpe? La experiencia nos dice que hay que ir paso a paso, un poco hoy, otro poco mañana. Y, aun así, con lucha, con sangre. Es el destino de los trabajadores. Es el único camino que tenemos para salvar nuestra dignidad. Pero debemos pedir sólo lo que corresponda a cada momento, como si los patronos entraran en el mismo juego de que algo sí que nos deben conceder de vez en cuando, no mucho, ni menos todo, sino eso, lo que corresponda a cada momento histórico de la lucha de clases. Una petición excesiva por nuestra parte rompería la baraja y haría estallar la guerra entre ellos y nosotros, guerra que hoy perderíamos, porque aún no ha llegado nuestra hora.

De manera que la cosa va para largo, que con esta huelga no se acaba nada, que Isidora se hará vieja pasando de una huelga a otra y mi hijo crecerá en las manifestaciones.

– Hay que pedir en ese papel las ocho horas -digo-, o creerán que nos hemos vuelto conejos.

Me miran. Isidora levanta la cara y me mira desde abajo.

– ¡Roque! -dice.

– Hay que tener fundamento -digo-. Si se han pedido una vez ocho horas, pues hay que seguir pidiendo siempre ocho horas. Lo primero entre los hombres es la palabra y el fundamento.

– ¡Roque! -dice Isidora.

– ¡Vaya con el borono! -dice Marcelo.

– ¿Y si por pedir mucho no nos dan nada? -dice Proto.

– Pues todos a casa y que los patronos se queden con sus minas -digo-. Sois de fuera y tendréis ganas de volver a vuestra casa, de donde no teníais que haber salido.

Se vota con las manos en alto y salen las diez horas y el papel de Pascual. Lo firman Pascual, Lobo, Guerra y otro que se llama Dionisio Hege.

– Ahora, que estas peticiones nuestras lleguen a los patronos -dice Eduardo Varela-, o al gobernador, o a los obispos, o a los generales, lo mismo da.

– Y que vuelva la paz a la casa del muerto -dice Urbano.

– ¡No importa que hablemos a gritos de la huelga general! -dice Marcelo-. ¡Por ella murió José y le habría gustado saber cómo va! ¡Esta huelga es más suya que nuestra!

– Es la hora de rezarle, no de… -dice Urbano.

– ¡Le mataron los que rezan! -dice Marcelo.

Se levanta Isidora y lleva a Marcelo hasta la puerta, en medio de la gente que también sale.

Ahora, Isidora y yo estamos frente a frente. Le toco la tripa.

– Ya falta poco -dice.

– A lo mejor tendríamos que escribir también un papel a alguien -digo.

Me mira con unas chispitas en los ojos.

– Te salió mal la jugada de reventar la huelga y las minas -dice-. Para hacer bien la revolución no hay que pensar en otra cosa, ni siquiera en tu Getxo.

– Para mí, la revolución es tu parto -digo.

Saco a la calle el cajón de la mierda.