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– Voy corriendo a un parto, porque todas no son como la tuya -me dice.

– Vuelve a escape -le digo.

– ¿Para qué? -dice.

Yo hago la comida para los tres. Patatas con pimentón. Si esto dura mucho tendré que pasar por Altubena a traer comida para que no se me mueran el suegro, la mujer y el hijo. A la madre le diré: «Ama, tú, tranquila, que ya ves que estoy vivo y cualquier día de éstos vendremos los tres a quedarnos con la familia».

A media tarde, reunión. A Eduardo Varela se le va el día diciendo a unos y a otros: «Reunión… Reunión… Reunión…». Dice «reunión» tan serio como si de ésta los socialistas fueran a arreglar el mundo. Luego, cuando se sientan todos alrededor de la mesa, la casa se llena otra vez de gente, y cuando Pascual dice: «Os leeré lo que he redactado», y se pone a leer, pienso en el muerto que tenemos a un paso y me digo que esta gente no tiene remedio. A Isidora le han dejado la mejor silla, y yo me pongo detrás de ella. Urbano me tira de la camisa.

– Igual que en mis tiempos, todo igual -dice-. Los que firmen ese papel serán los que caigan primero.

– ¿Caigan? -digo.

– Un minero muere en la mina y nadie sabe si ha sido accidente o no -dice Urbano-. Los capataces no sólo decidían quién trabajaba, sino también quién moría.

– Eso no se debe hacer -digo.

– ¿No hay gente en Getxo que haga lo que prohíbe Dios? -dice Urbano.

– En Getxo no pasan estas cosas porque no hacemos huelgas -digo.

Además de Eduardo Varela, Marcelo y Pascual, alrededor de la mesa están Guerra y Lobo, y los de Sestao, y el rebaño de mineros mirándoles y esperando, y luego Pascual empieza a leer y se hace un silencio tan grande que se oye el rosario de las viejas de la vela.

– «Los que abajo suscriben -lee Pascual-, representantes de los trabajadores mineros declarados en huelga, deseosos, en bien de los intereses de ambas partes, de que no se prolongue ésta por más tiempo, someten a ustedes las conclusiones adoptadas con este motivo y que a continuación se expresan: Primera, que la jornada de trabajo diaria no exceda de diez horas. Segunda, que se supriman por completo las tareas. Tercera, supresión absoluta de los cuarteles o barracones, dejando por tanto en completa libertad a los trabajadores para que se suministren de comestibles donde lo crean conveniente. Cuarta, admisión de los que han sido despedidos de sus trabajos. Éstas son las resoluciones adoptadas por los mineros en huelga, los cuales se hallan decididos a mantener íntegras. La Arboleda, quince de mayo de mil ochocientos noventa.» Pascual levanta la cabeza y mira a todos, pero es Eduardo Varela el que habla:

– Por mi parte, lo apruebo. ¿Y vosotros?

– ¿Dónde están las ocho horas? -dice un minero-. Llevo días gritando «ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de educación»… ¿Por qué no están en el papel? ¿Es que no vamos a pedirlas cuando somos más fuertes?

Pues es verdad: desde que conozco a esta gente, ocho horas por aquí, ocho por allá, y al final al chichiposo las ocho horas. Están locos, sí.

– ¿Cuántas horas trabajáis ahora? -dice Eduardo Varela-. Once, doce y más. Las ocho horas es la meta que algún día alcanzaremos…, pero no hoy, todavía. Decidme la verdad: ¿quién de vosotros cree que los patronos consentirán en rebajarnos tres o cuatro horas la jornada de un solo golpe? La experiencia nos dice que hay que ir paso a paso, un poco hoy, otro poco mañana. Y, aun así, con lucha, con sangre. Es el destino de los trabajadores. Es el único camino que tenemos para salvar nuestra dignidad. Pero debemos pedir sólo lo que corresponda a cada momento, como si los patronos entraran en el mismo juego de que algo sí que nos deben conceder de vez en cuando, no mucho, ni menos todo, sino eso, lo que corresponda a cada momento histórico de la lucha de clases. Una petición excesiva por nuestra parte rompería la baraja y haría estallar la guerra entre ellos y nosotros, guerra que hoy perderíamos, porque aún no ha llegado nuestra hora.

De manera que la cosa va para largo, que con esta huelga no se acaba nada, que Isidora se hará vieja pasando de una huelga a otra y mi hijo crecerá en las manifestaciones.

– Hay que pedir en ese papel las ocho horas -digo-, o creerán que nos hemos vuelto conejos.

Me miran. Isidora levanta la cara y me mira desde abajo.

– ¡Roque! -dice.

– Hay que tener fundamento -digo-. Si se han pedido una vez ocho horas, pues hay que seguir pidiendo siempre ocho horas. Lo primero entre los hombres es la palabra y el fundamento.

– ¡Roque! -dice Isidora.

– ¡Vaya con el borono! -dice Marcelo.

– ¿Y si por pedir mucho no nos dan nada? -dice Proto.

– Pues todos a casa y que los patronos se queden con sus minas -digo-. Sois de fuera y tendréis ganas de volver a vuestra casa, de donde no teníais que haber salido.

Se vota con las manos en alto y salen las diez horas y el papel de Pascual. Lo firman Pascual, Lobo, Guerra y otro que se llama Dionisio Hege.

– Ahora, que estas peticiones nuestras lleguen a los patronos -dice Eduardo Varela-, o al gobernador, o a los obispos, o a los generales, lo mismo da.

– Y que vuelva la paz a la casa del muerto -dice Urbano.

– ¡No importa que hablemos a gritos de la huelga general! -dice Marcelo-. ¡Por ella murió José y le habría gustado saber cómo va! ¡Esta huelga es más suya que nuestra!

– Es la hora de rezarle, no de… -dice Urbano.

– ¡Le mataron los que rezan! -dice Marcelo.

Se levanta Isidora y lleva a Marcelo hasta la puerta, en medio de la gente que también sale.

Ahora, Isidora y yo estamos frente a frente. Le toco la tripa.

– Ya falta poco -dice.

– A lo mejor tendríamos que escribir también un papel a alguien -digo.

Me mira con unas chispitas en los ojos.

– Te salió mal la jugada de reventar la huelga y las minas -dice-. Para hacer bien la revolución no hay que pensar en otra cosa, ni siquiera en tu Getxo.

– Para mí, la revolución es tu parto -digo.

Saco a la calle el cajón de la mierda.

Isidora ha dormido en el colchón que le traje anoche de casa de un minero; y yo, a su lado, sentado en el suelo, la espalda contra la pared y la cabeza entre las rodillas. La casa no se ha cerrado por la noche, para que siguiera entrando y saliendo la gente que vela por turnos a José. Pero ahora no hablaban, sus pisadas no hacían ruido, se quedaban junto a él como si fueran otros muertos. El único que me hizo levantar la cabeza fue Marcelo cuando entró como un rayo y llorando y llegó a la cama de José y cogió una de las velas encendidas y acercó la llamita a su cara y así estuvo mirándole más de una hora. Luego dejó la vela en su sitio y se sentó a mi lado en el suelo y me dijo con los ojos rojos: «De pronto, no pude recordar cómo era su cara…, ¡y sólo lleva muerto unas horas!», y yo le dije: «Tranquilo. Los vascos decimos que el tiempo no corre. Cuando seas viejo verás la cara de José mejor que ahora. Tranquilo». Marcelo llora en silencio. Me llegan los ronquidos de Urbano.

A Isidora le cuesta darse la vuelta en el colchón. Se despierta con un quejido. De un salto estoy a su lado.

– ¿Ya? -digo.

– No, no… -dice, buscando la postura.

– Por eso no viene, porque sigues pensando en tu huelga. Olvídate de ella y tráelo al mundo de una vez -digo.

Isidora está de costado. Levanta el brazo y su mano acaricia mi cara.

– La huelga se ha llevado a un hermano y nos trae a otro -dice-. Nunca nos vencerán.

– Nuestro hijo no es un hermano, es nuestro hijo -digo-. Entre él y yo te enseñaremos lo que no sabes, Isidora.

Marcelo nos está mirando. ¿Por qué, de pronto, ha dejado de llorar para mirarnos? Voy a la puerta. Los soldados siguen en La Arboleda. Si no fuera por ellos, la mañana parecería de domingo, porque casi todos los mineros están durmiendo en sus casas; sólo unos pocos forman grupitos, lejos de los soldados. Les veo mover los labios, pero no les oigo, no hacen ruido, no se les oye nada. Dentro y fuera de las casas La Arboleda parece muerta. Es que a esta gente le ha llegado la hora de esperar. Ahí pasa la partera.