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– No me mires así, Roque, que no voy lejos -me dice-, sólo a un parto al extremo del pueblo. ¿Cómo va el tuyo? A lo mejor es que el niño es cojo. -Y dice-: Dentro de nueve meses, aquí no habrá partera que dé abasto… ¿Qué otra cosa pueden hacer en estos momentos los mineros y las mineras para no aburrirse?

Se va, riendo, con su envoltorio bajo el brazo.

– Roque -me llama Isidora.

Voy al colchón. Acaban de entrar dos hombres con una caja de muerto y ahora la están dejando a los pies de la cama de José.

– ¿Y dónde dormirá el niño? -dice Isidora-. ¿A cuándo esperas para hacerle la cuna?

– Ya hay cuna -digo.

– ¿Dónde? -dice Isidora.

– En Altubena -digo-. Es vieja, pero mejor que las nuevas. De roble. La hizo un Altube y la han usado muchos Altube sin pudrirla con las meadas.

Isidora cierra los ojos y se le arruga la cara como para llorar.

– Yo no quería empezar de nuevo con la matraca -digo-. Tú hablaste de la cuna… Ahora no pienses más que en parir. No llores. Lo otro ya se arreglará.

– No, no se arreglará -dice Isidora, y pone una cara que me asusta.

Nos llegan voces de fuera:

– ¡Volved al trabajo, que la mina sigue abierta! ¿Qué esperáis ganar con la huelga? ¡Nada, os lo digo yo! Algunos más listos que vosotros empezaron huelgas, pero volvieron al tajo con las orejas gachas y sin ganar nada de lo que pedían. ¡Sólo sois unos malditos vagos! ¿A nadie le apetece trabajar seis horas por el doble de jornal? Ésta es nuestra oferta.

Salimos todos a la calle, también los que velaban a José. Y también Isidora, apoyándose en mí.

– ¡Fuera de aquí, capataces! -dice Marcelo-. ¡Meteos en vuestras minas y moríos en ellas!

– ¿Os envían vuestros patronos? ¡Bien! -dice Isidora, y me sube por la mano y el brazo el histérico de su carne-. ¡Y si venís a suplicarnos es que ellos y vosotros estáis asustados! -Isidora levanta los brazos-. ¡Viva la huelga general!

– ¡Viva la huelga general! -dice la gente que se ha acercado.

– Los capataces se han juntado para cazar -me dice Marcelo-. Están cazando esquiroles. -Y dice-: ¡Fuera! ¡Fuera!

– Los que sepan lo que les conviene y quieran volver al trabajo, que no teman a nadie, porque estos buenos soldados están aquí para protegernos -dice uno de los capataces.

Y otro dice:

– Los patronos han despedido a muchos estos días y seguirán despidiendo a más mientras esta provocación vuestra no termine. Si no entráis hoy a trabajar, tendréis que hacerlo mañana o pasado, y muchos os encontraréis entonces con que habéis sido despedidos y os veremos llorar suplicando el pan para vuestros hijos. ¡Que nadie envenene vuestros oídos con rebeldías que serán vuestra desgracia!

– ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ningún minero romperá la huelga para seguiros! -dice Marcelo-. ¡Nos reímos de vuestras amenazas! ¡Ahora somos nosotros los que impondremos la nueva ley en las minas!

Los capataces se ríen.

– ¡Desgraciados! -dicen.

Están llegando mineros de todas partes y los soldados se mueven para abrigar a los capataces.

– ¡No estamos en huelga por gusto! -dice un minero-. ¡Sólo pedimos un poco de la justicia que no nos dais!

– Pues volved al trabajo y pedidla sin violencia, que los patronos siempre atienden las peticiones justas -dice un capataz.

– ¡Ahí dentro está la respuesta de los patronos! -dice Marcelo, señalando con el brazo la casa de Urbano.

Se planta ante un capataz, le agarra de la chaqueta y parece que se lo va a comer. Los soldados le apartan.

– ¡Para vosotros, los únicos mineros buenos son los mineros muertos o los esclavos! -dice Marcelo.

Un capataz llega ante él y levanta la mano con una pequeña barra de hierro que no sé de dónde ha sacado. Aparto a dos soldados y agarro la muñeca del capataz.

– No está bien pegar a un hombre cuando le tienen trincado -digo.

Y la Isidora, a mi espalda:

– ¡Cuando unos hombres se sienten aplastados su único camino digno es la rebelión! ¡Viva la huelga general!

– ¡Viva! -dice el montón de mineros que ya tenemos delante.

La cuadrilla de capataces se marcha de vacío en medio del abucheo del rebaño. Los soldados se ponen a pasear en grupitos, como antes. A Isidora cada vez le sienta peor soltar un mitin, por corto que sea: termina medio ahogada, la cara más blanca aún, aguantando dolores en alguna parte de su cuerpo. Se deja llevar por mí al colchón y la tumbo.

– Ahora, tranquila -le digo-. ¿Estás mejor?

Ella cierra los ojos. Cuando voy a salir a por leche me llama Urbano desde su cama. Le cojo en brazos y le llevo al cuartucho del cajón de la mierda y lo siento sobre una tabla cruzada, le pongo el orinal en la mano y me voy. Cojo la botella vacía de leche. Los mineros se han metido otra vez en sus casas, y los pocos que hay fuera me miran pasar con ojos de buey; parecen muertos mojados y sin dueño. En la tienda hay mujeres y callan al verme entrar, porque saben que vengo de casa de un muerto, pero yo ya les he oído que ellas siempre habían dicho que Ceferino era una buena persona, que algún día le pagarán el género que ahora les entrega sin cobrarles, y el tal Ceferino les va metiendo en las bolsas tocino, alubias, pan, sardinas arenques, patatas y tasajo, y les dice ya pagaréis cuando vuestros maridos vuelvan al trabajo, y se pone las gafas cada vez que apunta lo de cada una en una libreta. Las mujeres me dejan llevar la leche sin esperar mi turno, pero yo pago a Ceferino.

En casa ya nos hemos acostumbrado a vivir con un muerto, y a la gente que entra y sale para velar a José o sólo mirarle un rato. A media mañana me doy cuenta de que Isidora lleva demasiado tiempo sin hablarme cuando yo le hablo. Y ahora recuerdo.

– Oye, mujer, que tú me importas tanto como mi hijo -digo-. Cuando nazca, si nace alguna vez, pues a lo mejor sólo me importa mi hijo. Pero ahora, como todavía está dentro, tú y él, y él y tú, pues lo mismo.

– Si no fueras tan tonto… -dice Isidora.

Me siento en una esquina del colchón y besaría a Isidora si no anduviera tanta gente arriba y abajo. Nos miramos. Está en su mirada que sabe que yo la besaría si no anduviera tanta gente arriba y abajo. Su mano sube hasta mi cuello, me lo ciñe y me baja la cabeza hasta su cara. Me besa en la boca.

– De modo que ya no puedes ni levantarte un palmo -digo-. ¿Estás bien?

– Tu hijo está bien -dice Isidora.

– Cuando pueda ver a mi hijo se lo preguntaré a él -digo-. Ahora te pregunto a ti cómo estás.

– Pues ya puedes oírle a tu hijo -dice Isidora-. Pon tu oreja aquí y apriétala contra mi carne.

Abre un poco su vestido y pone la punta de su dedo en lo alto de su tripa. Me agacho y aprieto mi oreja contra la carne de Isidora.

– Nuestro hijo habla como el ruido de la mar -digo.

Hiervo la leche y la sirvo en tazones al padre y a la hija.

Y aquí vienen los de Sestao, Proto y los demás.

– Se ha empezado a trabajar en algunas fábricas de la ría -dice Proto.

– Bueno, ¿y qué? -dice Marcelo-. La huelga es de los mineros. Los demás, si quieren, que se larguen.

– Éramos treinta mil y nos quedaremos en la mitad… ¿Y por cuánto tiempo? -dice Proto.

Ahora, la gente que entra a ver o a estar con José ya no sale, se queda, porque los socialistas se han sentado alrededor de la mesa a hablar. Lo más que le dejo a Isidora es sentarse en el colchón.

– Ninguno de nosotros está preparado para aguantar mucho tiempo -dice Eduardo Varela-. Algún día se crearán «fondos de resistencia» para que los huelguistas y sus familias puedan comer.

– ¡Maldita sea!, ¿es que os sentís ya derrotados? -dice Marcelo. Mira a los mineros que le están mirando-. ¿Os atreveríais a decir en la misma casa donde está el cuerpo muerto de nuestro compañero José que os rendís a sus asesinos?