Marcelo se le acerca y pone su cara a un palmo de la de Proto.
– ¿Qué has dicho? -dice Marcelo.
– Que los metalúrgicos han vuelto todos al trabajo -dice Proto.
– ¿Nos han dejado solos? -dice un minero.
Silencio, silencio grande, y eso que las afueras de la casa ya están llenas de mineros. Todos los mineros de La Arboleda están aquí.
– Vinieron con nosotros a la manifestación, gritamos juntos nuestras consignas -dice un minero, alto como un poste.
– Son unos cobardes -dice otro minero.
Todo el mundo se pone a hablar, los de dentro y los de fuera. Marcelo va ante Isidora y se miran.
– ¡Bajaremos a la ría a obligarles a que vuelvan a la huelga! -dice Marcelo.
– No, ya es tarde -dice Proto-. Os leeré el bando del general Loma.
Y abre el periódico que hoy también ha traído.
– ¿Quién es el general Loma? -dice un minero.
– El jefe de todas las fuerzas armadas que hay por ahí contra nosotros -dice Proto.
– ¡Todos a la calle! -dice de pronto Marcelo-. ¿Se os ha olvidado que en esta casa hay un compañero muerto? ¿Qué hacemos aquí dentro faltándole al respeto?
Se mueve como un ortigado cuando empieza a empujar a la gente hacia fuera, y todos agachan la cabeza y callan y se dejan sacar. Marcelo parece un loco. Y, de golpe, sé por qué: no quiere que José se entere de que la huelga se está hundiendo. A Isidora le basta mirarme para que yo sepa qué quiere: me agacho y la tomo en brazos.
– Yo creí que Marcelo no creía en el alma de los muertos -digo.
– ¿El alma? -dice Isidora.
– Marcelo nos saca a la calle para hablar de la huelga porque los muertos también se disgustan con las malas noticias -digo.
Isidora me mira con unos ojos ahora húmedos.
– Por hacer algo por su amigo, Marcelo es capaz de creer en el alma -dice.
Urbano me hace una seña para que me olvide de éclass="underline" no quiere salir. Cuando están todos fuera, Marcelo cierra la puerta de la casa. Me pongo en primera fila con Isidora en brazos.
– «Vizcaínos -lee Proto-: declarada la provincia en estado de guerra, vengo a restablecer el orden perturbado, resuelto a castigar con mano firme a los que, movidos por las bastardas pasiones, pretenden imponerse a este pueblo honrado y trabajador…»
– ¿Qué nos ha llamado? -dice el minero alto como un poste.
– Ahora resulta que comer, dormir y vivir decentemente son pasiones bastardas -dice Eduardo Varela.
– ¿Qué nos ha llamado? -dice el minero de antes.
– «Ya me conocéis -lee Proto, acercando el papel a sus ojos-, y espero ser escuchado por todos aquellos que no quieran mezclarse con criminales agitadores que, llamándose amigos, son verdaderos enemigos, los que más se alejan de vuestro ansiado bienestar. Abiertas tenéis las vías legales a toda justa y ordenada reclamación y es por tanto injustificada cualquiera actitud que tienda a alterar la paz pública…» – ¡Ésa es su paz pública! -dice Marcelo, señalando con el brazo tieso la casa de Urbano.
– «Los que vuelvan tranquilos a reanudar sus tareas -lee Proto-, encontrarán mi más decidido apoyo, y los que, por el contrario, ejerzan coacción en sus compañeros de trabajo, sufrirán los rigores de la ley. Espero que el noble pueblo vizcaíno y especialmente los obreros de las minas, observarán la cordura y sensatez necesarias para el inmediato restablecimiento de la tranquilidad en esta provincia, que tanto quiere vuestro general y paisano, José Loma.» Nadie habla, nadie se mueve, y es raro que este mar de mineros no haga ningún ruido, porque ahora están en su salsa, están en grupo, y yo nunca antes les había visto en grupo sin armar escándalo con sus ocho horas y demás. Y ahora dice Marcelo:
– Es como si nos hablasen los patronos: «Sed buenos, volved al trabajo, si sois niños malos os castigará Dios». ¡Así que Loma es Dios!
– Ésta es la situación -dice Eduardo Varela, dando un manotazo al periódico que tiene Proto-. Hemos de decidir los de La Arboleda si seguimos adelante o no.
– No estábamos preparados para ir tan lejos -dice un minero.
– Tienes razón…, ¡hemos ido muy lejos! -dice Proto-. ¡Nadie, aquí, había ido tan lejos! Y si hemos sido capaces de llegar tan lejos, ¿vamos a retroceder ahora?
El silencio del rebaño lo rompe un hombre con barba:
– ¡Es la primera vez que me siento orgulloso de ser minero!
– Más que eso -dice Eduardo Varela-: ¡de ser hombre! ¡Esta huelga os ha convertido a todos en hombres!
– Antes de un par de días, nuestras mujeres y nuestros hijos no tendrán qué comer -dice un minero tuerto-. Volvamos al trabajo. Los pobres nunca ganan.
– ¿Podemos seguir adelante sin los obreros de la ría? -dice otro minero.
– ¡La huelga es nuestra! -dice Marcelo-. ¡La huelga es de los mineros! ¡Nosotros la empezamos y nosotros solos la ganaremos! El trabajo en la mina nos obliga a ser duros, sólo un minero lo puede soportar. ¿Vamos a ser blandos en la huelga?
– ¡Resistid, resistid un poco más! -dice el socialista delgado y con bigote de Sestao.
– ¿Qué sería de vosotros si fracasara la huelga? -dice Eduardo Varela-. Los patronos os aplastarían más, se convencerían de que sois más despreciables que perros. ¡Ésta es la gran ocasión de empezar a tratarles de tú a tú!
– ¡Sólo muriendo podremos ganar! -dice otro minero-. Nos irán matando uno a uno, como han matado al compañero, o moriremos de hambre, y al final, cuando no quedemos ninguno, habremos ganado.
Isidora me dice por señas que la levante, y yo la levanto casi por encima de mi cabeza.
– ¿Es así como pensáis todos? -les dice.
– ¡No, no…! -se oye aquí y allá en el mar de mineros.
– ¡Vivimos un gran momento de la lucha de los trabajadores! -dice Isidora. ¿Cómo puede hablar con tanto empuje a punto de parir?-. Pronto esto nuestro se sabrá en todo el mundo, como se supo lo de Chicago, lo de Alemania, lo de otros sitios… ¡Nosotros seremos, y para siempre, los de la primera huelga general en Vizcaya! ¡Nunca hubo aquí un movimiento obrero digno de tal nombre y nosotros lo hemos creado, lo estamos creando con esta huelga! ¡Ved cómo reaccionan para combatirnos, cómo nos temen! Podrán comer manjares y acostarse en buenas camas, y discutir en magníficos salones su estrategia contra nosotros…, ellos, los dueños de minas y de fábricas, los militares, el gobernador, los obispos, los jesuitas…, ¡pero nunca nos podrán arrebatar el derecho a decidir lo que queramos que sea esta huelga, un derecho que ellos no tienen! ¡De nosotros depende el que los trabajadores de todo el mundo nos miren con admiración o con desprecio! ¡Todos los ojos están fijos en lo que estamos viviendo! Una derrota de los patronos significaría que no siempre pierden los pobres, que ha llegado nuestra hora de empezar a ganar, que si la clase trabajadora sigue luchando así por ese mundo futuro en el que no haya ni ricos ni pobres, ni explotadores ni explotados, entonces estaremos haciendo la revolución, ¡y esta huelga ganada será nuestro primer paso! ¡Resistid! ¡Resistid!
Es como tener en las manos una guadaña quemada por un rayo. Me pregunto qué hago yo ayudando a esta loca a que le salgan bien las cosas en esta parte de la ría. La bajo en el momento en que el rebaño dice:
– ¡Viva la huelga general! ¡Viva la huelga general!
Estaban muertos, los ha levantado y yo he tenido la culpa. Ahora está más lejos la marcha a Getxo con ella. Se estaban poniendo bien, casi cuerdos, tranquilos, como deben estar los hombres, pero les ha hablado Isidora… ¡y de nuevo todos locos! No se cansan de dar vivas a la huelga general ni de levantar el puño. Soy el tonto del pueblo.
– ¡Al colchón! -digo.
Isidora no protesta, y abro la puerta, entro y la pongo en el colchón.
– A ver si ya no te levantas sin haber parido -digo.
– A lo mejor, nunca ocurre -dice Isidora.
– Los mineros siempre hemos tenido que pagar más por las huelgas largas -dice Urbano.