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– ¿Que nunca vas a parir? -digo-. Todas las preñadas paren.

– Yo esperaré -dice Isidora.

– ¿Más? -digo-. ¿A qué vas a esperar?

– A ganar la huelga.

– ¿Qué tiene que ver la huelga con mi hijo?

– ¡No quiero que lo que primero vea al nacer sea la derrota de los suyos! -dice Isidora.

– ¡Los suyos no están aquí sino en Getxo! -digo.

– Estas discusiones a gritos siempre se oyen en las huelgas largas -dice Urbano.

– ¡Me niego a traer al pobrecito a un mundo sin esperanza! -dice Isidora.

– ¿Y si se pierde la huelga? -digo.

– Pues… ¡nada! -dice ella.

– ¿Cómo que nada?

– No doy a luz, no hay hijo, se me morirá de aburrimiento en la tripa -dice Isidora.

¡Dios mío, ya lo creo que es capaz de hacerlo! Se ha hecho un ovillo sobre el colchón, escondiendo la cara detrás de las rodillas. Entra Marcelo.

– Déjame darte un beso -dice, y besa a Isidora en el cachito de frente que se le ve. Marcelo está muy contento. Me mira-. Es una mujer única para los grandes momentos.

– Volved al trabajo antes de que caiga sobre vosotros el castigo -dice Urbano.

Me siento junto a Isidora y le hablo a la oreja:

– Tranquila, tranquila… ¿No te llegan de fuera los vivas a la huelga general? Esa gente te seguirá a donde tú quieras… Si quieres que ganen la huelga, pues la ganarán… De modo que ya puedes traer a nuestro hijo a que vea que vais a ganar la huelga.

– Han aguantado demasiado. En realidad, les estamos pidiendo un milagro -dice Isidora. Su voz sale como de una cueva y parece la de una muerta.

– ¿De modo que si no has parido hasta ahora era porque estabas esperando a que se ganase la huelga? -digo-. ¡Estas cosas sí que no pasan en Getxo!

Los de fuera se han callado. Isidora saca la cara de sus rodillas. Me mira y le digo:

– ¿Por qué no te desenrollas y te tumbas como Dios manda?

– Porque tengo miedo -dice.

– Tranquila, tranquila… Haréis más clavos que nadie -digo.

La muevo con cuidado y por fin la pongo tumbada de espaldas y la tapo con una manta. Acabo de tocar su tripa y he sentido a mi hijo, vivo y muy cerca. ¡Sólo la delgada piel de Isidora está entre mis dedos y mi hijo! Pero, no: ¡lo que está entre mis dedos y mi hijo es la huelga!

Isidora está nerviosa, se mueve, no para, y acabará por levantarse… Les hablaré yo, por si vale de algo, y así a lo mejor no tiene que hablarles ella… Que no se haya ido el rebaño de mineros: sólo pido eso.

– ¿Qué te pasa, Roque? -me dice alguien en la puerta, creo que Eduardo Varela.

El mar de mineros está moviéndose… ¿hacia dónde?

– ¡Aurrera mutilak! -digo. Todos se paran y se vuelven a mirarme-. ¡Si uno es hombre debe terminar bien lo que empieza! ¡Si el enemigo se pone duro, vosotros, ¡zas!, darle más duro todavía! ¡Aurrera hasta que ellos os vengan con las cabezas gachas! La madre dice que siempre se ha de acabar lo que se empieza… ¡pero acabarlo bien! Que no me entere, ¿eh?…, ¡que no me entere de que ni a uno solo le flojean las tripas y se le ocurre volver a la mina como un coitao! Si estos socialistas o socialistos dicen ¡viva la huelga general!, pues ¡viva!, y si no, no haberla empezado, y como todos sois hombres, pues ya sabéis, a acabarla bien. ¡Aurrera mutilak!

– ¡Cojones con el borono! -dice Marcelo.

Pienso en la madre y en Altubena. Tengo que ir. Ningún Altube ha hecho lo que yo estoy haciendo. ¿Quién cortará la yerba? ¿Quién sacará las patatas? ¿Quién bajará a la playa a por madera? ¿Quién ordeñará las vacas? ¿Quién limpiará la cuadra? El padre. Trabajará el doble. Él no protestará con una huelga. Tengo que ir.

– ¿Aún no te vienen los dolores? -digo.

– Perdóname -dice Isidora.

Hace que me incline para darme un beso en los labios. Me dice:

– Si no se gana la huelga, nuestro hijo perderá la gran ocasión de tener un buen padre.

– Déjate de adornos -digo.

Es la primera hora de la tarde. El grupo que dormita a la puerta de la casa se pone en pie de golpe y me llega una voz joven:

– ¡Loma está recorriendo las minas! ¡Loma está recorriendo las minas!

– Espera -digo a Isidora. Voy a la puerta. Un chico pasa corriendo por delante de la casa diciendo eso de Loma.

– ¿Por dónde está ahora? -le dice Eduardo Varela.

– ¡Por Matamoros! -dice el chico, sin dejar de correr, y desaparece.

– ¡El general Loma en las minas! -dice Marcelo, y echa a correr hacia donde vino el chico.

– Esto tiene que significar algo -dice el flaco y con bigote de Sestao.

– Sin duda, sin duda -dice Proto-. Pero es demasiado hermoso para pensarlo siquiera.

– Pues… piénsalo -dice Eduardo Varela-. Hemos obligado el enemigo a venir a nuestro terreno.

– Sólo es una broma, ¿verdad? -dice Isidora desde su colchón.

¿Por qué me tiemblan las piernas al correr a su lado?

– Ese Loma anda de visita por ahí -le digo-. ¡Los tenéis en el saco!

Me coge las maños entre las suyas y no puedo secarle las dos lágrimas que salen de sus ojos. Vienen Proto, Eduardo Varela y la docena que estaban en la puerta.

– Quieren parlamentar. La huelga les hace pupa -dice Eduardo Varela.

Isidora se apoya en mí para levantarse.

– ¿Qué haces? -digo.

Se levanta del todo, se suelta de mis manos, pero no va hacia la puerta sino hacia el muerto, arrastrando los pies. Mete media cara en la caja para decirle a José algo al oído.

Toda la tarde me la he pasado diciéndole a Isidora:

– ¿A qué vas a ir?, ¿a verle la cara a ese general? Lo que importa es la huelga, y es cosa hecha.

Pero si se ha quedado no es porque yo la haya convencido, sino porque no puede ni con su alma. Ni siquiera ha podido estar sentada para velar un rato al muerto con las demás mujeres, y ha vuelto al colchón.

Las pocas veces que Urbano va a abrir la boca, le corto para decirle por lo bajo: «Calle, que ella no le oiga que los mineros nunca han ganado una huelga, porque a lo mejor se queda sin nieto».

Aquí llegan mineros, con Marcelo a la cabeza. Está anocheciendo, el tiempo es seco. Sale a la puerta la poca gente que ha pasado la tarde en casa, esperando noticias. Salen, incluso, las mujeres de la vela. Esta vez Isidora no puede sentarse sin mi ayuda. La sostengo hasta la puerta. Una mujer le pone una banqueta.

– ¿Qué ha dicho?, ¿qué ha pasado? -dice Proto.

Todos miran a Marcelo, y Marcelo mete sus dedos en su pelo negro de zarza y se da manotazos en la cabeza y se la rasca. Está rabioso y no encuentra las palabras. Puede que se dé algo de importancia porque sabe que todos están esperando a que empiece.

– ¿Hemos ganado la huelga? -dice Isidora.

– ¡Maldita sea! -dice Marcelo.

Los hombres se miran entre sí y las mujeres de la vela dicen: «¡Pobres de nosotros!», y se quedan blancas.

– ¡Habla, habla! -dice Isidora.

– Tranquila, tranquila -le digo, dándole palmaditas en los hombros.

– Quería saber qué pasaba en la jaula de las fieras -dice Marcelo-. ¿Os dais cuenta? ¡El general no creía en nuestras quejas, quería ver por sí mismo si las minas eran tan malas como decíamos! ¿Os dais cuenta? ¡No se fiaba de nosotros! Sólo «él» podría decir lo que era bueno y lo que era malo. Sólo «él» diría si los mineros nos quejábamos de vicio y si los accidentes se producían porque nos gustaba morirnos o quedar sin piernas. ¡«Él» diría la última palabra, no los mineros! «Él» descubriría la verdad durante un paseo en una tarde de mayo… ¿No lo entendéis? ¡Estamos en sus manos! ¡Se ha saltado nuestra huelga y, si conseguimos algo, no será por nuestra huelga sino por «él»! ¡Hemos perdido nuestra fuerza, no podemos imponer nada y sólo podemos esperar su limosna!